ANARCOSINDICALISMO Y REVOLUCIÓN EN ESPAÑA 1930-1937 por John Brademas. Prefacio de Pedro García-Guirao — eBook £1.50 (see eBookshelf)

£1.50Add to basket

El historiador y político norteamericano John Brademas (1927 –  2016), que se graduó en la Universidad de Harvard y se doctoró en la de Oxford, era desde 1959 miembro demócrata de la Cámara de Representantes del Congreso de su país. A pesar de la importancia de los grupos revolucionarios, en general, y del anarquismo, en particular, no abundan los estudios valiosos dedicados al tema. En tanto que la obra de Stanley Payne, La revolución española intenta presentar una óptica de conjunto, la de Brademas analiza concretamente el anarcosindicalismo español durante el período 1930-1937.

A lo largo de su estudio John Brademas mostró la evolución del más poderoso movimiento anarcosindicalista del mundo, la CNT, y sus relaciones con la UGT y la FAI. El libro comienza con un ‘análisis del tema “conspiración y colaboración bajo el régimen de Primo de Rivera”, sigue con la etapa inicial de la República y las huelgas de la Telefónica y del puerto de Barcelona; la declaración de los treinta; la sublevación del alto Llobregat y la consiguiente escisión de la CNT; la sublevación anarquista de enero de 1933; la Alianza Obrera; la revolución de octubre de 1934; y la formación y la efímera trayectoria del Frente formación de las milicias y de sus comités; la justicia revolucionaria; la organización económica de la revolución (las colectivizaciones en la industria, las colectividades agrícolas, etc.) y la participación de ministros anarquistas en el Consejo de la Generalidad y en el gobierno de la Republica. El libro concluye con los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona, que, entre otras cosas, significaron pare el anarquismo la pérdida de su predominio político en el campo republicano.

eBookshop, Kobo or Kindle   Check out other Christiebooks titles HERE

El 11 de julio de 2016 moría John Brademas en Manhattan a los 89 años. Destacó como miembro del Congreso de los Estados Unidos por el Partido Demócrata durante 22 años (1959–81), como colaborador de la Rockefeller Foundation, como fundador del King Juan Carlos of I Spain Center dentro de la New York University (de la que fue rector entre 1981 y 1992), como receptor de la Gran Cruz de Alfonso X, el Sabio de España (2011) entregada por el rey Juan Carlos I de España, y como beneficiario de otra treintena de premios.

Sin embargo, tal como describe su obituario en el New York Times (11 de julio de 2016), detrás de esa glamurosa vida repleta de premios había algo mucho más profundo. Hijo de un inmigrante griego propietario de un restaurante (atacado en reiteradas ocasiones por el Ku Klux Klan) y de una maestra de escuela de Indiana, John Brademas recuerda que su padre le dijo en varios momentos que lucharía no para dejarles una gran herencia (cosa poco probable siendo un inmigrante en Indiana y dueño de un modesto restaurante) sino una educación de primera clase. Brademas recogió ese proyecto pedagógico de su padre y nunca se olvidó de sus orígenes. De hecho, James Fernandez (New York University) destacó en su necrológica que “quizás, por encima de todo, esté la sabiduría, la decencia y la compasión de un hombre realmente excepcional que nunca olvidó de dónde venía”.1 Magnífico estudiante, Brademas pronto comenzó a ganar varias becas importantes (Harvard en 1949 y Oxford en 1954, entre otras). Simultáneamente trabajó en una fábrica de coches de su ciudad. De igual modo, pasó un mes en un campamento de verano trabajando codo con codo con las comunidades indígenas en México (país al que llegó desde Indiana haciendo autostop con un amigo) ya que, en un primer momento, estaba interesado en la arqueología maya; su experiencia mexicana le llevó a escribir un trabajo no sobre arqueología maya sino sobre el sinarquismo mexicano (un movimiento sindicalista y social de extrema derecha)2 para la Universidad de Harvard. En esa universidad continuó sus estudios sobre hispanismo hasta que cayó en sus manos el libro de Gerald Brenan, El laberinto español (1943);3 Brademas quedó fascinado con las partes del libro dedicadas a los movimientos anarquistas en España. Tanto es así que decidió escribirle al autor pidiéndole algunos consejos bibliográficos porque quería escribir una tesis basada en ese libro. Éste le contestó amable y extensamente sugiriéndole esencialmente dos cosas: En primer lugar, que viajara a Ámsterdam donde se encuentra el Instituto Internacional de Historia Social (IISG) con sus magníficos archivos. En segundo lugar, Brenan, en un acto de generosidad, le ofreció los contactos y las direcciones de varios anarquistas exiliados en Reino Unido y en Francia, y algunos otros que vivían clandestinamente en la Barcelona franquista. Y allí se presentó Brademas en 1952 buscando entrevistas y cartas para completar su tesis, cosa que hizo en tan sólo un par de años en Oxford.

Después de eso volvió a Indiana y comenzó su carrera política —al principio sin mucho éxito. Mientras tanto trabajó como profesor de ciencias políticas en St. Mary’s College (University of Notre Dame) hasta que en 1958 fue elegido para formar parte del Comité sobre Educación y Trabajo de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Fue reelegido diez veces y trabajó bajo las órdenes de seis presidentes, tres Republicanos (Eisenhower, Nixon y Ford) y tres Demócratas (Kennedy, Johnson, y Carter). Tal como reconocería en diversas ocasiones, a pesar de haber estudiado el anarquismo, nunca lo practicó sino que canalizó su compromiso político/pedagógico a través de la democracia parlamentaria y dirigiendo una de las universidades más prestigiosas del mundo: la New York University. 4

II

Aquella tesis que John Brademas escribió en 1953 en Oxford tenía por título Revolution and social revolution; a contribution to the history of the anarcho-syndicalist movement in Spain, 1930-1937 y fue dirigida por Gerald Brenan y Raymond Carr —profesor en esos días en el New College, Oxford. La tesis no llegó a publicarse en forma de libro en inglés. La presente traducción al castellano titulada Anarcosindicalismo y revolución en España (1930-1937), corrió a cargo de Joaquín Romero Maura (amigo y colega de Brademas en el St. Antony’s College de Oxford) y fue publicada por la Editorial Ariel (Barcelona) en 19745 y ya no volvió a ser reeditada en España. El libro curiosamente apenas recibió atención dentro del contexto académico6 ni del ambiente anarcosindicalista.7 Esto quizás se pueda explicar esencialmente por tres motivos. En primer lugar, era una tesis escrita en la década de 1950 por un autor que hacía tiempo que no ejercía como historiador (su doctorado fue en ciencias sociales). El propio autor nunca renegó de su obra pero tampoco le prestó la atención requerida. En segundo lugar, el libro se publicó a mediados de la década de 1970 y en esa época hubo un boom bibliográfico sobre el papel del anarquismo en España, muchas veces contado por sus propios protagonistas (todavía en el exilio), es decir, el libro pudo pasar desapercibido entre tanta publicación sobre el tema. Y, en último lugar, la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975 supuso un cambio radical de mirada y de temas de interés en España. Ahora bien, aunque el libro no tuviera la relevancia esperada en esos días, ello no quiere decir en absoluto que deba ignorarse o que se trate de un libro impreciso o menor.

Lo que sí resultará, sin lugar a dudas, es un libro polémico para quienes profesen una creencia rígida en los famosos “principios, tácticas y finalidades” de la CNT —que el historiador Herrerín López describe como la “trilogía sagrada” del anarquismo.8 Y es que Brademas muestra en su estudio una insistencia particular en el tema del “colaboracionismo” de los anarquistas en diversos gobiernos y ayuntamientos durante la Segunda República, la Guerra Civil pero también con anterioridad, esto es, conspirando con partidos políticos de izquierdas y sindicatos durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Es más, el autor habla del “problema crónico del colaboracionismo” y del posibilismo libertario. No obstante, rechazar esas pequeñas o grandes (según la opinión de cada uno) “traiciones” ideológicas, es caer en el triunfalismo y en una historia del anarquismo ibérico edulcorada o sesgada. Brademas afirma al respecto:

El hecho de que se tuviera que hablar de colaboracionismos cuando se procuraba discutir cosas ajenas a él es de por sí significativo, porque refleja cuáles eran dentro del anarquismo y para los anarquistas las categorías fundamentales de su credo. Pero el problema mismo del colaboracionismo toca a algo más que al pilar fundamental de la filosofía revolucionaria ácrata. Se trata, claro, de la estabilidad de la ideología como factor político; pero se trata también del punto vital donde incide la necesidad de ajustar esa ideología a las exigencias de la práctica: tanto o más que filósofos convencidos, los jefes anarquistas fueron revolucionarios de corazón poco aficionados a grilletes, aunque fueran ideológicos.

Aunque la periodización de los acontecimientos sea muy diferente, esas palabras nos recuerdan a las expresadas en el libro Los Anarquistas españoles y el poder: 1868-1969 de César M. Lorenzo cuando éste afirma:

Al convertirse en la primera fuerza en España, la CNT deberá ocuparse de todos los asuntos que conciernen a la nación: es siempre muy fácil para minorías sin influencia hacer alarde de una magnífica pureza revolucionaria; les es fácil condenar y criticar; pero todo cambia cuando centenares de miles de hombres se ponen en marcha y cuando es necesario tomar iniciativas serias.9

A pesar del colaboracionismo, no hay que olvidar que ni la CNT ni los anarquistas en general propugnaban el reformismo sino una manera de entender la política de un modo revolucionario. No es de extrañar que el autor sostenga que la CNT tuviera un sinfín de frentes abiertos contra los elementos tradicionalistas y burgueses (incluida la patronal) de la Segunda República, contra los otros sindicatos y partidos políticos, y contra algunas corrientes internas de su propio movimiento (heterodoxos/ortodoxos, entre muchas otros grupúsculos). Esto bien se podría resumir con lo que el filósofo inglés Thomas Hobbes describió como Bellum omnium contra omnes, esto es, como una guerra de todos contra todos. En este ambiente, Brademas no trata de justificar esas “traiciones” ideológicas pero sí de explicarlas y entenderlas. Dentro de esa diversidad y crisol de ideas, de prácticas y simplemente de maneras diferentes de pensar y vivir el anarquismo, el autor señala al menos cinco motivos por los que el anarquismo usó la estrategia colaboracionista. A saber:

1) Sin ir más lejos, durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) la CNT sufrió severas persecuciones —fue prohibida en 1924, sus locales fueron clausurados, su prensa fue prohibida o censurada y cientos de sus militantes fueron castigados y encerrados. Eso supuso una espiral de huelgas y una nueva represión por parte de la dictadura. Era una especie de círculo vicioso en el que la represión provocaba detenciones en las protestas y se volvían a convocar nuevas protestas pidiendo la liberación de los presos. Por su parte, tanto el PSOE como su rama sindical, la UGT, se libraron de la represión y permanecieron en la legalidad gracias a la colaboración directa con la dictadura. La CNT no colaboró con la dictadura, sin embargo, algunos respetables anarquistas obtuvieron cierta tregua de la dictadura gracias a sus amistades con algunos militares. Por ejemplo, Federica Montseny nos cuenta en sus memorias cómo la publicación familiar, la Revista Blanca, siguió publicándose gracias a que su padre, Federico Urales (pseudónimo de Joan Montseny), entabló amistad con un capitán que se dejó sobornar:

Mi padre iba personalmente a llevar cada semana las pruebas de la revista a Capitanía General, al servicio de la censura militar. Urales era un hombre cordial y de aspecto respetable, con su gran barba y su porte distinguido. Pronto se hizo amigo de uno de los censores, el capitán Porras, que, en más de una ocasión, apuradillo de fondos, le pedía prestados cinco duros. Cinco duros que mi padre daba, seguro de que no le serían devueltos. La relación de Porras llegó a tal grado de confianza, que incluso algunas veces tuvimos el sello de la censura en nuestras manos, censurando, para hacer quedar bien a Porras, ciertos textos puestos adrede para ello. Parece increíble, pero cuanto digo es cierto.10

La única condición del capitán era la siguiente: “No había que atacar al rey, ni al Ejército, ni a la Iglesia. No se debían publicar caricaturas alusivas al rey, a la familia real y al general Primo de Rivera”.11

Asimismo, es de resaltar que pese a que los principios anarquistas rechazaran —y sigan rechazando— por completo la coloración política y el juego electoral, a la CNT le resultaba más fácil actuar a la luz pública dentro de la legalidad y eliminar la posibilidad de pérdidas humanas por culpa de la dictadura. Después de todo, no todos los regímenes políticos eran iguales y a la CNT le resultaba más sencillo desenvolverse en un régimen no-autoritario. De ahí que la sección posibilista de la CNT conspirara con algunos partidos políticos para derrocar a la dictadura. En cualquier caso, para Brademas la CNT no era por ello un sindicato reformista sino esencialmente pragmático sabedor de que no era lo mismo lidiar con una dictadura que con una república, por ejemplo. El plan era unir todas las fuerzas políticas y sindicales, y conspirar para acabar con los enemigos comunes por vías violentas en caso de necesidad, no a través del juego electoral. Pese a las divisiones internas en la CNT, la finalidad era la misma —la consecución de una sociedad libertaria sin Estado— pero los medios y las tácticas variaban significativamente, esto es, los objetivos eran los mismos pero había diferentes vías para alcanzarlos. Pese a que la CNT no fue invitada al “Pacto de San Sebastián” (1930) por ser demasiado radical, la confederación no veía con malos ojos una república pero sí una burguesa y centralista como la Segunda.

2) Por añadidura, pese a que Brademas generaliza el tema de las colaboraciones afirmando que tanto la CNT como la FAI cooperaron en varios momentos con el Estado y la Segunda República, lo cierto es que semejante afirmación necesita algunos matices aclaratorios. El autor parece olvidar de alguna manera que tanto la CNT como la FAI estaban formadas por algo más que sus líderes más visibles —quienes realmente fueron los que colaboraron. En ese sentido se podría decir que las bases, esto es, los militantes, de hecho, no colaboraron con el Estado y permanecieron en gran medida ajenos a las “traiciones” ideológicas de sus líderes. La realidad es que a título personal cada militante era libre para decidir colaborar con los políticos o no, o votar o no, o asistir a actos de tipo “parlamentario” o no. Nunca hubo una postura oficial en forma de decretos que dijera que la CNT en su conjunto apoyaba a tal partido político o a tal otro.

3) Para el autor, una vez que la Segunda República se puso en marcha, la CNT tuvo que cambiar sus planes revolucionarios no sólo por la represión iniciado con Ley de Defensa de la República (1931)12 sino también por el contexto internacional. La colaboración con otros partidos políticos y sindicatos se explicaría, según Brademas, debido a la contagiosa amenaza fascista. Y es que el 6 de noviembre de 1932 el partido de Adolf Hitler obtuvo la mayoría de votos en las elecciones. El miedo a que pudiera pasar algo parecido en España, a través de unas elecciones “legales” hizo que los principios ideológicos anarcosindicalistas se relajaran. La neutralidad política, el cruzarse de brazos ante la amenaza real fascista hubieran sido interpretados como un acto insolidario de cobardía, casi como un favor a las fuerzas reaccionarias. Si bien para los anarquistas la República merecía perder las elecciones, la alternativa parlamentaria daba todavía más miedo. Brademas nos explica que: “La postura trentista ante la amenaza fascista era la del frente común proletario: la Alianza Obrera”. Para Peiró, por ejemplo, esa Alianza Obrera no tenía nada que ver con las elecciones (era algo diferente al Frente Popular), esto es, con una alianza electoral sino más bien se presentaba como el primer paso para hacer frente al fascismo y, en segundo lugar, para crear una república federal donde cada comunidad se organizara políticamente como mejor lo creyera. Después de eso, se creía que la revolución anarquista sería mucho más fácil de desplegar.

4) Tal como el autor demuestra a lo largo del libro, los anarquistas no regalaron jamás su colaboración política. Se nos dice que a los líderes no les movía el afán de protagonismo13 sino que buscaban lo que supuestamente era mejor para los trabajadores y para los anarquistas en su conjunto. Las continuas huelgas y la encarcelación de algunos líderes anarquistas (Buenaventura Durruti, entre otros) no dejan lugar a dudas sobre ello. La CNT aceptó colaborar en la Segunda República a cambio de al menos cuatro puntos: a) Libertad para los presos anarcosindicalistas (se les había prometido una amnistía general si colaboraban con la República); b) Acabar con los llamados jurados mixtos; c) Reapertura de los sindicatos y sedes clausuradas; y d) Libertad de Prensa. Además de ello, Largo Caballero pasó de ser un ferviente colaborador de la dictadura de Primo de Rivera mientras era el líder de la UGT14 a defender en febrero de 1936 una revolución proletaria en su etapa como presidente de la República (1936 y 1937),15 o en palabras de Brademas:

“Largo Caballero se había convertido de veras a la revolución. No quería saber nada de colaboraciones socialistas con los partidos burgueses y tendía la mano a los anarcosindicalistas para la formación de un auténtico frente revolucionario”.

El autor, llega aún más lejos, y afirma que probablemente se pueda hablar de revolución anarquista únicamente durante el periodo en que Largo Caballero fue presidente de la República:

“En julio de 1936 se inició la revolución social, junto con la lucha fratricida. Ésta duraría tres años; la revolución social, mucho menos que eso: hasta la caída de Largo Caballero, en mayo de 1937”.

5) Para el autor la guerra fue precisamente uno de los mayores motivos por los que los anarquistas colaboraran con otras fuerzas en la defensa de la República. Ante la disyuntiva entre hacer la revolución y contrarrestar el fascismo, la decisión se tomó sola: si el fascismo triunfaba no habría revolución ni siquiera República. Todas las conquistas anarquistas revolucionarias (por ejemplo las colectivizaciones) dejaron paso a una economía de guerra. Tal como Brademas menciona, “las necesidades de la guerra garantizaban la intangibilidad de las conquistas realizadas”. Igualmente, los anarquistas colaboraron con otras fuerzas para evitar los excesos comunistas. De ahí que los ministros comunistas del nuevo gobierno republicano se encargaran de que a los anarquistas les llegara el menor apoyo económico posible: “los ministros de Hacienda (Juan Negrín) y de Asuntos Exteriores (Julio Álvarez del Vayo), aunque oficialmente miembros del PSOE, estuvieron desde el primer momento a las órdenes del PCE”. Para el autor, las órdenes venían directamente de la URSS y eran claras: “Por lo que hacía a España, la consigna del día era la de entorpecer, primero, y paralizar, luego, la revolución. Los comunistas se lanzaron a su nueva tarea contrarrevolucionaria con todo el ímpetu y toda la eficacia y disciplina de que eran conocidamente capaces” y poco después en el libro:

“La guerra, decían el PCE y el PSUC, consistía exclusivamente en acabar con el enemigo, con los militares alzados. El lema a seguir era la defensa de la república y nada de hablar de revoluciones sociales”.

Por si fuera poco, también se exigió desarmar a la CNT y a la FAI una vez que las milicias se militarizaron y es que

“El problema de la adquisición de armamentos fue, desde el inicio, la pesadilla de los revolucionarios”.

Ante semejante panorama Brademas termina su libro con una frase lapidaria:

“La guerra civil continuaba. Pero la revolución española había muerto”.

Lo que autor expone no son necesariamente sus opiniones sobre el tema sino que, como hemos dicho anteriormente, son conclusiones extraídas de diversas fuentes: materiales del Instituto Internacional de Historia Social (IISG) de Ámsterdam, cartas y documentos inéditos que los exiliados anarquistas especialmente de Francia y Reino Unido pusieron a disposición de Brademas, y entrevistas con algunos de los protagonistas (José Peirats, Germinal Esgleas, Federica Montseny, Arthur M. Lehning, Joan P. Fábregas y Juan López Sánchez). Además, el libro cuenta con casi 600 notas a pie de página con aclaraciones y sugerencias bibliográficas, y dos apéndices o anexos con el Manifiesto de los Treinta (agosto de 1931) y la Memoria: los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona. Informe presentado por el comité nacional de la CNT sobre lo ocurrido en Cataluña, que intentan arrojar luz sobre esos años a la par tan heroicos para el anarquismo como ideológicamente incongruentes.

Después de todo, si el anarquismo consiguió desplegarse tan extensamente en España teniendo tantos problemas internos y externos, podemos imaginarnos hasta dónde habría llegado si hubiera actuado unido y fiel a sus principios ideológicos y, sobre todo, si la plaga del fascismo no se hubiera cernido sobre Europa.     

III

Otras aproximaciones de este libro son un poco menos acertadas o quizás no tan investigadas en detalle como las anteriores. Por ejemplo, apenas hay referencias al indiscutible papel de las mujeres en la revolución. Cuando el autor las menciona es en lo referente a reivindicaciones sindicales tales como exigir que las mujeres y los menores de 16 años no trabajaran en el turno de noche, o que las costureras se adueñaran de las máquinas de coser de los patronos. Lo que sí muestra el autor es que incluso con las colectivizaciones industriales, las mujeres seguían ganando igual que antes o incluso menor sueldo ante labores similares a las de sus compañeros. Pese a este “olvido” en cuestiones femeninas, el autor recoge —por lo menos— el papel y el testimonio de Federica Montseny.  

De igual forma, el autor no trata el delicado tema de la violencia revolucionaria con el rigor bibliográfico adecuado, especialmente en lo que concierne a la violencia anticlerical16 y a los ajustes de cuentas personales durante la Segunda República y, especialmente durante la Guerra Civil. Por ejemplo, afirma que “El clero, en cambio, sufrió una persecución sistemática por parte de los revolucionarios” sin ofrecer pruebas ante semejante afirmación y despachándola con una mínima nota a pie de página. Cuando de hecho, las cifras de clérigos ejecutados durante la Guerra Civil ascendieron a unos 7000 en manos del llamado bando republicano (donde los anarquistas eran una minoría).17 Y es que, como toda revolución, la anarquista pasó por una primera etapa de destrucción y después por otra más positiva o constructiva.

En la misma línea, Brademas le achaca a la CNT y al anarquismo español en general su debilidad frente a la represión estatal con afirmaciones de este tipo:

La facilidad asombrosa con que el anarquismo español, aun en momentos de real florecimiento, se derrumba virtualmente ante el empuje de la represión gubernamental y pierde casi toda eficacia como la fuerza clandestina, es consecuencia de sus formas de organización fragmentaria descentralizada.

Dicho de otro modo, para el autor, la raíz de esa debilidad estribaba en que ni la CNT ni FAI llegaron a ser organismos especialmente disciplinados o bien estructurados: “la falta de unión era tanto como la garantía de un fracaso ruidoso”. El razonamiento que se esconde detrás de esta opinión está basado en la vieja frase hecha que dice “divide y vencerás” y esa manera tan particular de dividir las diferentes secciones sindicales de la CNT, según él, no era nada buena cuando había que presentarse de una manera organizada ante el enemigo. No obstante, es un razonamiento poco acertado o incluso equivocado porque, de hecho, la fuerza de la CNT/FAI radicaba precisamente en su aparente “desorganización” y “diversidad”. La propia estructura federal y local de las secciones de la CNT facilitó sus actividades y esto porque, por ejemplo, a los miembros les permitía escapar de las persecuciones policiales o cuanto menos dificultaba enormemente la labor policial en materia represiva.

Pese a estas pequeñas imprecisiones, el libro sigue teniendo una validez espléndida y sigue aportando fuentes primarias inéditas sobre el tema aquí tratado.

Una vez dicho todo lo anterior, que el lector o lectora ponga a prueba sus prejuicios sobre un autor claramente no-anarquista escribiendo sobre temas polémicamente anarquistas. Y es que, al final, este trabajo presenta todas las ventajas y sólo unos pocos inconvenientes propios de un libro escrito por un outsider.

Dr. Pedro García-Guirao

  1. “Memories of John Brademas, NYU’s 13th President” (18/Julio/2016). [Mi traducción]
  2. Véase: Jean A. Meyer (1979): El sinarquismo: ¿un fascismo mexicano? 1937-1947. México: Editorial J. Mortiz. Y en inglés: Michaels, Albert L. “Fascism and Sinarquismo: Popular Nationalisms Against the Mexican Revolution.” Journal of Church and State, vol. 8, no. 2, 1966, pp. 234–250.
  3. The Spanish labyrinth: an account of the social and political background of the Civil War. Cambridge: Cambridge University Press.
  4. La información biográfica previa procede principalmente de un texto autobiográfico (de 22 páginas) depositado en los archivos de la Biblioteca de Illinois.
  5. Conviene recordar aquí que España todavía vivía bajo una moribunda dictadura franquista. El Ministro de Información y Turismo en aquel momento era Pío Cabanillas y no opuso ningún reparo en la publicación del libro.
  6. Una de las pocas reseñas académicas la encontramos en: Brey, Gérard. Revue d’Histoire Moderne Et Contemporaine (1954-), vol. 24, no. 4, 1977, pp. 667–670.
  7. Una de las pocas reseñas dentro del contexto anarcosindicalista la encontramos en: Mintz, Frank (http://raforum.info/spip.php?article394)
  8. Herrerín López, Ángel.  La CNT durante el franquismo. Clandestinidad y exilio (1939-1975): Clandestinidad y exilio (1939-1975). Madrid: Siglo XXI, 2004, pp. 68, 77, 98, 301, 345, 415 y 418.
  9. Lorenzo, César M. Los anarquistas españoles y el poder: 1868-1969. París: Ruedo Ibérico, 1972, p.40.
  10. Montseny, Federica. Mis primeros cuarenta años. Barcelona: Plaza & Janés, 1987, p.40
  11. Montseny, Federica. Mis primeros cuarenta años. Barcelona: Plaza & Janés, 1987, p.41
  12. Gaceta de Madrid, número 295, 22 de octubre de 1931.
  13. Este punto va completamente en contra de las tesis expuestas por Michael Seidman en su libro Republic of egos: a social history of the Spanish civil war. Wisconsin, Univeristy of Wisconsin Press, 2002.
  14. Véase: Heywood, Paul. Marxism and the failure of organised socialism in Spain, 1879-1936. Cambridge University Press, 2003.
  15. Véase: Fuentes Aragonés, Juan Francisco. Francisco Largo Caballero: el Lenin español. Madrid: Síntesis, 2005.
  16. Dos buenas fuentes sobre anticlericalismo en España: Manuel Pérez Ledesma, ‘Studies on Anticlericalism in Contemporary Spain’, International Review of Social History, 46 (2001), 227-255; y Julio Caro Baroja, Introducción a una historia contemporánea del anticlericalismo español (Madrid: ISTMO, 1980).
  17. “En conjunto, unos siete mil miembros del clero fueron asesinados, incluyendo 13 obispos, 4184 sacerdotes, 2365 monjes y 283 monjas durante la Guerra Civil en España” [Mi traducción]. “On the whole, about seven thousand members of the clergy were killed, including 13 bishops, 4184 priests, 2365 monks, and 283 nuns during the Civil War in Spain” en: Miłkowski, Tadeusz, ‘The Spanish Church and the Vatican during the Spanish Civil War’, The Polish Foreign Affairs Digest, 3 (2004), p.210.