¡TENIAMOS QUE PERDER! José García Pradas — eBook £1.50/€2.00 (see eBookshelf)

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TeniamosCoversmallORIGINES: Salí de España el 30 de marzo de 1939, por el puerto de Gandía, después de caer Madrid y Valencia en poder del fascismo y cuando ya se había retirado de todos los frentes el Ejército Popular. Estuve allí, pues, hasta que se acabó la guerra. Más puedo decir, y esto, con orgullo: que permanecí en Madrid, cara a todos los peligros de la heroica capital de la República, desde el principio al fin de la contienda. Durante el último mes de lucha, intervine en los importantes acontecimientos desarrollados allí, y al expatriarme adopté el propósito de no escribir ni una palabra acerca de lo ocurrido; mas, en París y en Londres, leyendo periódicos de diversos países y recibiendo cartas de compañeros antifascistas, he tenido ocasión de ver que habla y escribe sobre la terminación de la guerra de España todo aquel que desconoce cómo ocurrió, que quienes merecen ser acusados de traición se están convirtiendo en acusadores, que algunos compañeros entienden nuestro silencio como imposibilidad de réplica a las calumnias, y, en fin, que se atreven hoy a pedirnos responsabilidades por haber terminado la guerra en marzo quienes ya la dieron por extinguida en las últimas jornadas del mes de enero.

GarciaPradas
José García Pradas (1910-1988). Journalist, CNT militant and member of the CNT Defence Committee of the Centre Region (Comité de Defensa del Centro)

Tan insufrible es todo eso que, quiera o no quiera yo, me obliga a tomar la pluma, no sólo para defender mi dignidad personal, sino también para exaltar la del Movimiento en que milito y, sobre todo, para exigir respeto hacia aquellos millares de antifascistas que, por permanecer en su puesto de combate o de trabajo hasta el último día, por no haber querido salir de España cuando huían los cobardes que ahora alardean de heroísmo, se han quedado en Alicante o en cualquier otro lugar de lo que fue zona republicana, donde muchos son o serán fusilados, si no mueren »catando o se suicidan, al hallar su paradero los fascistas.

¡Cállense, pues, esos cobardes calumniadores! No acusa quien quiere, sino quien puede; y precisamente porque, además de poder, debo acusar, tomo ahora la pluma para decir verazmente, no lo que a mí me han contado, sino lo que hice o vi hacer en el más triste período de nuestra guerra civil.

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Fue en mayo de 1939 cuando escribí los párrafos precedentes, con que empecé a publicar en Cultura Proletaria, semanario anarquista de Nueva York, un reportaje al que yo, físicamente extenuado por la lucha, cuyo mero recuerdo volvía locos hasta a recios compañeros junto a mí, quería dar una extensión no superior a sesenta páginas. Mas, desde que hice el primer envío al semanario neoyorquino, su director se entusiasmó con el tema y aun conmigo. Con el tema, se explica, por su importancia, por el misterio que le envolvía, por las disputas que ocasionaba, por los intereses ideológicos, políticos y humanos tan vinculados a él; conmigo, no sé por qué, quizá por-que el director, llegado a la ancianidad en su remoto desfierro, veía en me juventud, tan maltrecha ya, pero apasionada aún, algo de la que añoraba, o acaso porque, siendo uno de los muchos anarquistas que ‘censuraron desde lejos los errores cometidos en España por quienes tuvimos que someter nuestros más altos anhelos libertarios a las más bajas necesidades de una guerra sin cuartel, creyó llegado el momento de probar con mis palabras sus precedentes reproches…

No fue cuestión de afinidad anarquista ni concordancia entre compañeros, aunque yo, a fuer de indignado con las actitudes de otros, le diera pie para creerlo. Por entonces, muchos que lo eran —si bien un tanto a su modo — se apartaban de uno cual si temieran responder de hechos que a ciegas aplaudieron, con los que un día se honraron presumiendo de ser sus instigadores, pero poco después, al condenarlos la más turbia propaganda, irrebatible para ellos por venir de quien les daba las lentejas de Esaú, no sólo se proclamaron exentos de toda culpa, sino que encima, olvidados de fé y solidaridad elementales entre nosotros, aun del honor que el Movimiento tenía en tela de juicio, para que no se les reprochara su aparente adhesión a los culpables se opusieron por todo medio a su alcance —cuantos el mismo Movimiento tenia fuera de España— a que se explicasen los falsamente inculpados.

Yo era uno de éstos, y criando, por acuerdo colectivo de otros, recurrí a quienes tenían el deber de publicar el relato —hecho por mi, pero al servicio de nuestra causa común, por ella misma dictado— de cómo acabó la guerra, mi apelación se hizo toque de rebato para ellos, que se aprestaron a impedir la aparición de mis «peligrosas indiscreciones«, por si daban al traste con el rey de oros a quien seguían, a quien aún le llevaban el tren del mamo, la larga cola de su responsabilidad, esperando la ocasión de recoger en el tango las lentejuelas que perdiera… Acaso por el deseo de darles su merecido se entusiasmó con mi reportaje el director de Cultura Proletaria, que, sin conocerme, tuvo confianza en mí y, sobre abrirme las páginas del remoto semanario, me instó a prolongar el texto, hasta darle una amplitud tres veces mayor que la proyectada.

Semana tras semana, el periódico fue publicando mis cuartillas, y, al ir pasando los meses, el éxito que tenían aconsejó recogerlas en un libro, que, por haber de salir poco después de escandalizar al mundo el Pacto Nazi-Soviético, llevó el título de La traición de Stalin, sobre el de Cómo terminó la guerra de España, con que fue apareciendo el reportaje. Mientras tanto, otro semanario anarquista, La Obra, de Buenos Aires, empezó a reproducirlo capitulo tras capítulo, y la Federación Anarco-Comunista Argentina decidió publicarlo después en un volumen. Por otra parte, mi compañero y amigo Rudolf Berner, que durante la guerra trabajó con nosotros en Madrid, lo tradujo al sueco, y la editorial de la S. A. C. lo lanzó en Estocolmo, pero con el titulo equivalente a ¡Rusia nos traicionó!; lo cual sirvió de pretexto para que la célebre Kollontay, embajadora entonces de la U.R.S.S. en Suecia, presentase una queja diplomática, tan temible a la sazón, que hubo que recoger oficialmente la tirada, sin perjuicio de ir vendiendo a hurtadillas la mayor parte de ella. Así es que, a los seis meses escasos de terminar yo la obra, se han hecho tres ediciones de ella, y aquí está la cuarta, dedicada, como todas las demás, a un pueblo crucificado en traiciones sobre el calvario de su heroísmo.

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Al pie de estos otros párrafos escribí: «Maidstone, Kent, enero de 1990». En conjunto, lo transcrito hasta ahora iba a ser el prólogo de la edición francesa que querían lanzar amigos míos refugiados en París, para la cual doblé el texto original recurriendo a mis recuerdos, a los de otros compañeros y a datos fidedignos, aunque poco abundantes, que habían aparecido en el período intermedio. Pero el hombre propone… Efectuada la movilización militar en Francia, las imprentas se encontraban con tal escasez de obreros, que resultaba dificil hacer cualquier edición, y la incertidumbre creada por la guerra aun en su primer período, que fue de amago, más bien que de ataque, embargó el ánimo de todos los editores, frustrándose así el proyecto. Y aquello mismo fue causa de que yo, con más tiempo, sin otras tareas que escribir cartas y artículos, volviera a ocuparme del mismo tema, mas no ya como mero narrador de cuanto vi en el último mes de la contienda.

Parecióme, al releer el texto para extranjeros, que les sería dificil entenderlo, por muchas notas explicativas que le pusiera al pie de sus páginas, pues para comprender los hechos narrados, y más aún los móviles de quienes en ellos intervinimos, era indispensable tener en cuenta sus precedentes, conocer el carácter de la guerra civil, saber cómo se había desarrollado desde el comienzo al final. Y esa noción me dio el anhelo de hacer la historia del conflicto. Mas, como tuve que admitir en pugna con mi entusiasmo, yo, sin archivos, sin dinero, sin salud, no podía lanzarme a tal aventura entonces; nadie, quizá, podría hacer tal historia hasta que pasasen algunos años. Todos tendríamos que esperar; y yo, en la incertidumbre de mi vida, quizá renunciar en absoluto al empeño. No obstante, el texto ampliado, que como documento sobre la guerra civil habría de adquirir mas interés y valor con el transcurso del tiempo, seguía exigiéndome alguna introducción —si no ya para extranjeros, quizá para españoles por venir o por llegar a la madurez—, y la copiosa correspondencia que mantenía me recalcaba también, a diario, la necesidad de hacer luz sobre el conflicto para que se viera bien cómo y por qué terminó. Como a eso vino a sumarse la necesidad de dar algunas conferencias acerca de él, tendí a resolver el problema con unos cuantos ensayos sobre las fuerzas participantes en la contienda, y el mismo furor de ella, que aún me ardía en cabeza y corazón, me hizo escribir demasiado: no ya ¡ni largo prólogo para el reportaje inicial, sino dos extensos libros, cada cual respecto a un bando de la lucha; lucha que en la Prensa de los vencedores pareció continuar sin tregua alguna durante el Año de la Victoria, dándome así, en sólo seis meses, tanta leña, que me cansé de cebar la hoguera cuando aún se encontraba a todo arder… Hasta lo concerniente a nuestro campo fue excesivo, y he llegado a convencerme de que su primera parte, sobre los mayores Partidos republicanos, resulta ya innecesaria; pues, como es notorio que Azaña y Martínez Barrio, tras haber contribuido enormemente al fracaso social de la República, se desvivieron por pactar con los alzados en armas contra ella, huelga recordar detalles que, aun sin ser tan elocuentes como los de La velada en Benicarlú, sólo podrían contribuir a confirmarles la fama con que han pasado a la historia… En consecuencia, aunque por amor a lo propio no destruyo unas cien páginas de texto, sigo dejándolas inéditas.

Lo que aqui ofrezco es una serie de ensayos híbridos —narrativos a la vez que ideológicos o críticos— sobre los principales causantes de la derrota antifascista, y en ellos recojo la información con que Krivitsky, Araquistáin, Largo Caballero, Prieto y el mismo Negrín revelaron tardíamente al mundo lo esencial de muchos males que atirante la guerra civil tuvimos que sufrir sin saber real-mente en qué consistían, cómo nos baldaban, cuáles eran sus causas y propósitos, o sin tener la oportunidad de denunciarlos a tiempo, de atacarlos celando era menester. Tal información, de enorme interés entonces, en los primeros quince meses siguientes a nuestra lucha, ya no tiene tanto; pues, aunque intrínsecamente lo conserva, sólo se cuenta en el enorme acervo de la que luego ha venido a corroborarla, no a desmentirla. De ahí que, como en esa información y en mis propias observaciones durante la guerra basé mis juicios, tenga la impresión de que estos ensayos siguen siendo válidos, especialmente para una nueva generación de españoles que, aunque mucho ha podido leer sobre el conflicto, raramente habrá tenido la ocasión de juzgarlo desde mi punto de vista, que fue el de muchos, o conocerlo siquiera.

Escrito en trágicos tiempos, en penosas circunstancias personales, este libro es parcial y apasionado —aunque no tanto ahora, puesto en limpio, como lo fue en su borrón original—, por ser un acto de guerra el escribirlo. Tan harto de comunistas salí de España, tan criminal partidismo desplegaron hasta en los campos de concentración, con tal descoco elogiaron el Pacto Nazi-Soviético, tan dispuestos se mostraron a hacer el Judas por doquier, y tal turbión de calumnias seguían lanzando contra nosotros —los libertarios en general, y especialmente quienes les deshicimos en Madrid—, que hube de ser duro con ellos. Pero ahora, al cabo de tantos años —dirá algún lector ingenuo—, no hay por qué ni para qué… Discrepo. Porque los comunistas salieron de la Segunda Guerra Mundial poco menos que ungidos por la necia propaganda de Occidente, porque siguen siendo lo que siempre fueron —sobre todo, al fingir lo que no son—, porque no es posible comprender el desarrollo de nuestra guerra civil sin darse cuenta de lo que hicieron en ella, y porque toda acusación que se les lanza en esta obra, justa aun siendo parcial y apasionada, tiene ya el refrendo de sus apóstatas: Enrique Castro, Jesús Hernández, el Campesino, etc. Si uno de ellos, Hernández, escribiendo en Moscú cuando yo escribía en Londres, pudo hacerme chantajista periodístico, al par que niño prodigio, a la temprana edad de entre cuatro y ocho años —durante la Primera Guerra Mundial—, nadie dirá que me excedo echando en cara a los comunistas lo que ellos proclaman al hallar la libertad…

Naturalmente, al juzgar a los comunistas y a otros muchos que les hicieron el juego, revelo mi criterio, mis ideas, tan coincidentes entonces con las de todo el Movimiento Libertario. Pero ahora no planteo el caso de si obramos bien o mal, de si acertamos o erramos al juzgar la situación, de si es válido o no lo es lo que entonces nos dictaron ideales e intereses, pasiones y sentimientos, temores y aspiraciones o las mismas circunstancias; lo que planteo es nuestro modo de sentir y de pensar, nuestra manera de ser, como parte del conflicto, como factor operante en él, para que el lector, por su propia cuenta, sin atenerse a nuestro criterio, la juzgue a su entender. No se halle un brindis ni un reto en mis comentarios, pues con ellos me limito a dar fe de lo que fuimos; tómense tan sólo por lo que son, testimonios, realidades en activo, móviles de combatientes, factores de lo que fue. Por eso no los actualizo, no los pongo al dia, sino que, enmendándolos lo menos posible, y aun renunciando a enriquecerlos con datos aparecidos posteriormente, los dejo como quedaron a mediados de 1940.

Y, si el texto es político porque a lo público se refiere, ya me doy cuenta de que, a menudo, tiene carácter personal, aunque no anecdótico. ¡Por fuerza! Tan de lleno intervine en la contienda, que a nada de ella, ni siquiera a lo ignorado por mí entonces, me pude sentir ajeno; tan al dictado de mi conciencia estuve siempre en la guerra, que no podria entender ésta sin acordarme de aquélla. Pero, a la vez, tanta semejanza tuve con otros jóvenes de mi tiempo, con otros hombres de mi tendencia, que creí verme espejado en muchos, como algunos creerán ver su propia imagen en mí, y así, al hablar de lo público, mi personal modo de hacerlo es típico y colectivo, más bien que raro y particular, aun en estos ensayos conducentes al reportaje sobre el final de la guerra, que dejo archivado aún.

Desde luego, al acabar el año 73, no ve uno todas las cosas como las vio en el 40. Yo, sin llegar a decir que «fui loco y ya soy cuerdo», confieso, y no por vez primera, que en ciertos nidos de antaño no tengo pájaros hogaño… Tiempo hace que se me fue el de la fe en la revolución, si ésta es entendida como se suele entender desde los tiempor de Danton y Marat, de Robespierre y Saint Just, quienes, en vez de lograr con ella libertad, igualdad y fraternidad, engendraron el Estado terrorista. La violencia politica, que innegablemente es la violación del derecho ajeno por la fuerza de la ley o por la ley de la fuerza, bien puede ser revolucionaria, siendo a la vez regresiva en su aparente progreso, y a menudo será también anárquica, pero jamás anarquista, pues el anarquismo puro, el único practicable, sin sofismas que lo nieguen, sin crímenes que lo maten, es la oposición a ella, venga de donde viniere. Y eso fue causa de que, en 1951, fracasado mi empeño de reorientar su gran anhelo renovador, me apartase, con angustia, del Movimiento Libertario, que, a mi ver, sólo tiene un error grave, pero, ¡ay!, se niega a salir de él, pese a que un gran anarquista le brindó por lema y definición esta clave de la vida: Somos un error que aspira a rectificarse…

Finalmente, aun arriesgándome a que esto se tome por petulancia, por algo peor quizá, yo no puedo enviar un libro a España, tras tantos años de ausencia, sin expresar en él el deseo de una firme paz civil que ampare a todos los españoles.

J. GARCÍA PRADAS, Londres, Navidad, 1973.

EL TRÁGICO FINAL DE LA GUERRA PARA UNOS INCOMPRENDIDOS ANARQUISTAS

Cuando hace unas semanas Stuart Christie me propuso escribir unas letras como prefacio de la re-edición del libro de ¡Teníamos que perder!, de García Pradas, no dudé en aceptar el guante para dicho trabajo. Una re-edición necesaria para seguir desentrañando, con todos los protagonistas y agentes en la mano, lo que fue la historia de la España republicana en los últimos días de la guerra.

Y el libro viene en un momento importante. En los últimos años hemos asistido a la publicación de valiosos trabajos que han tratado de acercar el final de la República. Cabría destacar la obra que en 2009 publicaron los historiadores Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez El desplome de la República (Crítica, Barcelona, 2009), coincidiendo con el 70 aniversario del final de la contienda. Un libro completo y muy documentado sobre el significado del final de la Guerra. Cuando se alcanzó el 75 aniversario del final de la Guerra aparecieron otros dos importantes trabajos. El catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid, Ángel Bahamonde, publicó el libro Madrid, 1939. La conjura del coronel Casado (Cátedra, Madrid, 2014), centrado básicamente en los aspectos militares y la figura de Segismundo Casado. El profesor Paul Preston publicó El final de la Guerra. La última puñalda a la República (Debate, Barcelona, 2014), donde hace un pormenorizado análisis de las figuras fundamentales del final de la cotienda y del posicionamiento de las distintas organizaciones al conflicto. El libro de Preston tiene dos grandes virtudes. En primer lugar analiza los antecedentes que llevaron al final de la Guerra Civil, las fuertes disputas en el interior del bando republicano y los diversos focos de conflicto que se dieron en la débil España republicana en marzo de 1939. Por otra parte, Preston traza su libro en un análisis de tres figuras de aquel final: Juan Negrín, presidente del Gobierno de la Segunda República, Segismundo Casado, militar leal a la República pero ambicioso, y Julián Besteiro, una de las figuras más importantes del socialismo español en la década de 1910, 1920 y 1930.

Sin embargo, lo que no se ha aboradado en ningún estudio monográfico o se deja en segundo plano subsidiario es el papel que los anarquistas jugaron en aquellos momentos. Quiza porque la complejidad del tema daría para un solo libro. Quiza porque algunos de los personajes que fueron protagonistas de aquellos sucesos en el campo libertario han quedado desdibujados con el paso del tiempo. José García Pradas fue uno de ellos.

Antes de entrar en desentrañar algunas claves de los anarquistas en el golpe de Casado, hay que hacer notar que lo que aquí se re-edita son unas memorias. Y como todas las memorias son autojustificativas del personaje. A pesar de ello, las memorias son importantes para establecer un estado de la cuestión. Como punto de partida para nuevas investigaciones. Y para tener encima de la mesa todas las cartas. Luego, a partir de esas memorias, hay que recomponer a partir de la documentación la actuación del movimiento libertario.

En este prefacio vamos a tratar de acercanos a lo que fue la actitud de los libertarios ante el golpe de Casado. Y tambieén acercaros biográficamente a algunas de sus figuras, como José García Pradas, Eduardo Val, González Marín o Cipriano Mera, con la idea de no desfigurarlos y analizarlos en su todo y no en una parte.

 

EL ‘ANTICOMUNISMO’ EN EL MOVIMIENTO LIBERTARIO

 

Una de las máximas que se extiende en cualquier historiografía es simplificar los acontecimientos. Hacer bloques cerrados y monolíticos con la idea de ajustar una historia más cómoda. Pero la realidad es muy distinta y, sobre todo, muy compleja. Ciertamente existió un fuerte anticomunismo en algunos sectores anarquistas. Pero más que anticomunismo deberíamos de hablar de anti-PCE. Las razones son variadas pero se pueden resumir de forma simple. El PCE había sido desde su nacimiento en 1921 una fuerza minoritaria en el campo del obrerismo español. Incluso durante la República, el Partido Comunista no pasó de ser una fuerza testimonial, que solo consiguió un diputado en 1933 y diecisiete en 1936 gracias a la coalición del Frente Popular. Sin embargo la estrategia de los comunistas españoles poco a poco iba dando sus frutos. Lejos de los primeros años de ortodoxia, el PCE paulatinamente se fue abriendo a otras capas de la sociedad y cuando se produjo se el golpe de Estado de 1936 era un partido cohesionado, que aglutinaba en su seno a sectores obreros disconformes con la política del PSOE y de los libertarios, pero también a algunas capas de la burguesía que veía en el PCE un partido de orden y de Estado. De hecho las únicas organizaciones que llegan al inicio de la Guerra Civil unidas fueron el PCE y la CNT, que había conseguido reunificarse en el Congreso de Zaragoza de mayo de 1936. Comunistas y anarquistas se veían reforzados frente a sus rivales socialistas y republicanos que cada vez estaban más divididos. La estrategia comunista de unificación salió triunfante en el caso de la juventudes con la fusión de las juventudes socialistas y comunistas, naciendo las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), o en Cataluña con la fundación del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC). Esto provocó una lucha por el control del movimiento obrero. Comunistas y libertarios rivalizaron para que la mayoría del proletariado español estuviese adscrito a sus posiciones. Mientras la gran asignatura pendiente de los comunistas fue el sindicalismo, al no llegar a articular un sindicato de carácter comunista y fracasar en su intento de control de la CNT a inicio de la década de 1930, los militantes comunistas se volcaron sindicalmente en la UGT con el objetivo de hacerse con el control de la organización sindical. Tarea complicada pues tuvieron que rivalizar con caballeristas y besteiristas. La CNT, por el contrario, si que aglutinó a una parte importante de la clase obrera sindicada.

Esta situación provocó irremediablemente un choque de posiciones entre los libertarios y los comunistas. Un choque se plasmó de forma muy clara durante la Guerra Civil. Se rivalizó en el campo político, se rivalizó en campo militar, se rivalizó en el campo económico, en la visión de Guerra, etc. Una rivalidad que en tiempo de normalidad habría llevado a enfrentamiento político pleno, pero que en el contexto de guerra alcanzó posiciones criminales. Se sucedieron episodios de enfrentamientos entre comunistas y anarquistas que cristalizaron en los suceso de mayo de 1937. Y en toda esta cuestión la peor parte la recibieron, en un primer momento, los libertarios. Los sucesos de Mayo significaron una quiebra en los proyectos libertarios lo se aprovechó para desalojarlos de los órganos de gobierno y debilitar su posición revolucionaria. Algo que el movimiento libertario tuvo muy en cuenta al producirse el golpe de Casado en marzo de 1939.

Aquí conviene hacer una aclaración. La posición de los anarquistas respecto a su participación gubernamental y en el Ejército no es monolítica. Hubo un sector del anarquismo que estuvo en contra de esa colaboración. Pero hubo una amplia mayoría del movimiento libertario que lo aceptó, haciendo una concesión histórica en sus planteamiento antiestatistas y antimilitaristas. Porque esa colaboración continuó tras los sucesos de Mayo y llegaron a tener un quinto ministro en el gabinete de Juan Negrín: Segundo Blanco al frente del Ministerio del Instrucción Pública.

Aun así los anarquistas consideraron que la responsabilidad de su situación la tenían los comunistas. A lo mismo que los comunistas consideraban que los anarquistas estaban boicoteando la marcha de la guerra por sus posiciones. Una actitud irreconliable que llevó a nuevos enfrentamientos.

 

CASADO Y LOS ‘CASADISTAS’

 

Los Hechos de Mayo de 1937 no fue el colofón ni el final a los enfrentamientos. Si los comunistas en aquel momento se sintieron más cómodos el gobierno de Negrín lo cierto es que a nivel militar y del comisariado comenzaron a perder influencia de forma paulatina. Por su parte, la CNT intentó contrarrestar el creciente poder comunista en el sindicalismo aproximándose al sector caballeristas de la UGT para crear un comité de enlace entre ambas sindicales que reformazara la posición del obrerismo. Un sector caballerista que también se vio perjudicado después de Mayo de 1937, al ser desalojado Largo Caballero como presidente del gobierno y sustituido por Negrín. Este acercamiento entre CNT y UGT para recuperar un poder que habían perdido no fue bien visto por algunos sectores del propio anarcosindicalismo, como el de su secretario general Mariano Rodríguez Vázquez que si bien se mostraba partidario de la unión con la UGT también apoyaba al gobierno de Negrín.

Sin embargo la diversidad geografica fue nuevamente determinante en la posición de los libertarios. Y la CNT madrileña siempre se había visto subordinada frente a los comunistas. Cuando en los días previos al golpe de Estado de Casado, círculos cercanos a militar toman contacto con los libertarios, muchos de ellos ven en ese movimiento contra el gobierno de Negrín una oportunidad para desquitar cuentas de los sucedido en el pasado.

Contrastando la información queda claro que los objetivos de Casado diferían mucho de los planteamientos de los libertarios y de los caballeristas. De hecho, nadie creía en una rendición incondicional. Los libertarios desconfiaban de un personaje militar como Casado, que lo que pretendía era hacer una especie de “abrazo de Vergara” y pasar a la historia como aquel militar que había acabado con la guerra de forma “honrosa”. Una “honra” que los anarquistas no concedían a Franco ni a ninguno de los militares rebeldes. Eran conscientes que la Quinta Columna estaba en el interior del propio círculo militar de Casado, como el caso de José Centaño de la Paz. Pero también consideraron los anarquistas que el gobierno de Negrín estaba liquidado, que las promesas de armas de Francia e Inglaterra quedaban enterradas cuando esos países reconocieron en febrero la legitimidad del gobierno de Franco. Para los anarquistas la posición de Negrín era insostenible. Consideraban que los comunistas estaban haciendo una labor de presión sobre Negrín y éste estaba completamente entregado a ellos. Tal y como Cipriano Mera muestra en sus memorias, la idea era apoyar Casado, desalojar a los comunistas de los órganos de dirección y poder, dar una tregua mínima a Casado para ver que planteaba y cuando las cosas no fuesen que como establecían seguir resistiendo la embestida de los rebeldes. Sin embargo, esos cálculos no le salieron bien a los libertarios ni a los caballeristas, que finalmente se vieron desbordados y el golpe de Casado precipitó el final de la Guerra como nadie hubiese querido que acabase.

Lo que si es evidente es que las motivaciones de Casado y su círculo era muy distinta de muchos de aquellos que le apoyaron. En el caso de los libertarios, por lo que se ha podido ver en muchas memorias y documentos, fue un apoyo circunstancial pero nunca de objetivos. Otra cuestión es como terminaron los acontecimientos ante un conflicto que pintaba muy complicado para la España antifascista.

A tiempo pasado hay quien platea que la resistencia a ultranza que defendían los comunistas habría sido efectiva porque seis meses después estalló la Segunda Guerra Mundial. La pregunta tiene ida y vuelta. Porque si bien nadie sabía en marzo de 1939 que la Guerra Mundial iba a estallar ese mismo año cabría preguntar: ¿Cúal habría sido la posición del PCE ante ese conflicto una vez que Stalin y Hitler cerraron el pacto germano-soviético? En cualquier caso no merece la pena hacer historia ficción ni ucronías. Más que nada porque quizá Casado si era un entreguista, pero el movimiento libertario también creía en la resistencia. El problema venía de una querellas históricas que precipitaron los acontecimientos. Entonces, no es lo mismo Casado que los ‘casadistas’

 

ALGUNOS PROTAGONISTAS LIBERTARIOS

 

Un último eje a tratar es los protagonistas del acontecimiento. Porque, normalmente, hay personajes que salen mal parados. La razón de ellos es porque se juzga su actuación en marzo de 1939 pero se olvida todo un pasado de militancia obrera y de represión posterior. Siendo ecuánimes, me voy centrar en alguno de esos personajes: José García Pradas, Eduardo Val, Manuel González Marín, Cipriano Mera y Melchor Rodríguez.

García Pradas, autor del texto que presentamos, nació en un pueblo de Burgos en 1910. Su procedencia era de familia acomodada lo que le permitió estudiar. Traslado en la década de 1930 a Valencia, Garcñia Pradas comienza tomar contacto con circulos libertarios y escribe para el diario La Tierra, acabando por trasladarse a Madrid como redactor de dicho diario. Abadona el periódico y comienza a trabajar de albañil inscribiendose en el poderoso Sindicato Único de la Cosntrucción de la CNT. Igualmente forma parte de la FAI madrileña. Al estallar la Guerra su posición dentro de la CNT adquiere carisma y se llega a convertir en el director de diario CNT y Frente Libertario. Estuvo en los frente de batalla y su posición fue claramente frentepopulista y de unidad de acción con la UGT. Aunque en sus texto hacía una fuerte crítica al comunismo soviético. Tras la Guerra se exilia en Francia y acabó en Londres, donde trabajó de camarero, peón y entregado a las tareas literiarias, haciendo de García Pradas uno de los escritores más prolíficos del movimiento libertario, por la gran cantidad de textos que escribió. Aunque parece que se fue alejando de la CNT nunca dejó los ideales libertarios.

Eduardo Val Bescós, nació en Jaca en 1908 y es uno de los grandes desconocidos del anarquismo madrileño. Participó en la sublevación de Galán y García Hernández en 1930 pasando posteriormente a Madrid donde se convirtió en el máximo organizador del Sindicato Único Gastronómico de la CNT madrileña, siendo protagonista de multitud de huelgas donde se pedían condiciones dignas a los camareros. Junto con la construcción fue el otro gran sector del anarcosindicalismo madrileño. Perteneciente a los Comités de Defensa de la CNT, su actuación en la defensa de Madrid fue fundamental así como su participación en distintos frentes de batalla. Los datos de Val son escasos pero parece que fue organizador de la retaguardia y vigilancia de la quinta columna. Val apoyó el Golpe de Casado y al final de la guerra se tuvo que exiliar recalando en Gran Bretaña. Mantuvo desde allí contactos con Garcia Oliver y también con Largo Caballero, al que al parecer le unía una gran amistad. Fue detenido en Francia y encarcelado en Toulouse. Logro evadirse cuando iba camino de un campo de concentración nazi. Al acabar la guerra mundial participó en la recomposición de la CNT pero acabó alejandose por la desazón que le produjo las divisiones internas. La vida de Val es todo un misterio por la escasez de datos que tenemos de él.

Manuel González Marín nació en Cieza (Murcia). Participó desde muy temprano en el movimiento obrero, con su implicación en huelgas y movilizaciones que le llevó en más de una ocasión a la prisión. Cuando el golpe de Estado de julio de 1936 se encontraba preso y tardó unas semanas en salir, participando de un motín en la cárcel. Una vez fuera, González Marín participa del Consejo Municipal (Ayuntamiento) y de la Junta de Defensa de Madrid junto a Amor Nuño (acusado en los últimos tiempos, injustamente, de ser el organizador de las matazas de Paracuellos del Jarama). Su enfrentamiento con José Carzorla fue mas que evidente. González Marín perteneciío a los comités de defensa confederal. Tras la guerra civil marchó al exilio y participó de la resistencia, acabando preso en Toulouse. Logró llegar a París antes de que los nazis le mandase a un campo de concentración. Participó en la recomposición de la CNT, siendo de los sectores colaboracionistas. Parece que acabó expulsado de la CNT aunque siguió participando en la prensa libertaria.

La gran figura del anarcosindicalismo madrileño fue, sin duda, Cipriano Mera. Nacido en 1897 en Madrid, Mera desde muy pronto se vinculó al obrerismo, primero en la UGT y luego en la CNT. Fue el organizador y dinamizador del Sindicato Único de la Construcción de la CNT que rivalizó con la poderosa Federación de Edificacion de la UGT de Edmundo Domínguez. Al estallar la Guerra, Mera esta en prisión. Salió y rápidamente participó de las milicias que vencen la sublevación militar en Alcalá de Henares y Guadalajara. Mera, desde ese momento, se convierte en el perfecto ejemplo de reconversión de obrero en militar procedente de milicias. Llegó a dirigir la 14 División y a ser el Jefe del IV Cuerpo de Ejército, participando en la Batalla de Guadalajara. Sus unidades fueron fundamentales para vencer a las unidades comunistas tras el golpe de Casado. Al finalizar la Guerra, Mera parte al exilio a Orán. Detenido es deportado a España donde es juzgado y condenado a muerte. Se le conmutó la pena por la de treinta años. Al salir de prisión participó de la reconstrucción clandestina de la CNT y finalmente va al exilio. Allí siguió vinculado al movimiento libertario y trabajando como albañil. Llegó incluso a participar en las jornadas de Mayo del 68. Falleció en su exilio parisino, en la modestía, en 1975.

Por último destacaríamos a Melchor Rodríguez. Nacido en Sevilla en 1893, se trasladó a Madrid y adquirió desde muy temprano las ideas anarquistas. Afiliado a la CNT e impulsor de la FAI, Melchor pasa por ser una de las grandes figuras del anarquismo madrileño. Participó de numerosas huelgas que le llevaron a prisión. También fue protagonista en el levantamietno de Jaca de 1930. Durante la República criticó las medidas laborales y políticas de la misma y participó en huelgas y manifestaciones junto a su inseparable Celedonio Pérez. No estuvo exento de polémica al ser una persona dialogante que intentó al libertad de los presos en cualquier momento, lo que llevó a negociar con el Ministro de Gobernación Eloy Vaquero, siendo criticado y hasta expulsado de la FAI durante unos meses. Al estallar la Guerra, Melchor se rebeló como el mejor ejemplo del anarquismo humanista. Al frente de la Dirección General de Prisiones frenó las sacas de presos que estaban siendo ejecutado de forma arbitraria en Paracuellos, lo que le valió entre los derechistas el sobrenombre de “El Ángel Rojo”. Labor humanitaria que no paró durante toda la guerra. Al finalizar el conflicto se quedó al frente del Ayuntamiento de Madrid como último alcalde la ciudad y entregar la misma a las tropas sublevadas. Tras la Guerra fue detenido y condenado a treinta años de prisión. Salió y entró en carcel de forma ininterrumpida, participando en la reconstrucción libertaria en la clandestinidad. Hasta en 34 ocasiones fue detenido y encarcelado. Sin embargo su actuación en la guerra le valió el respeto de muchos vencedores que salvaron su vida gracias a la actuación de Melchor. Falleció en Madrid en 1972.

Hubo muchos más personajes, como Mauro Bajatierra, Eduardo de Guzmán, etc., pero estos son suficientemente representativos para comprobar que fueron vidas dedicadas a la militancia obrera y libertaria. Que ser ‘casadistas’ no les libró de nada y que la represión y el exilio fue lo que les esperó al finalizar la guerra. Algunos nunca más volvieron a España. En el caso de Mauro Bajatierra fue asesinado en la puerta de su casa el 28 de marzo de 1939. Y Feliciano Benito fusilado en el cementerio de Guadalajara en 1940. La venganza de Franco no tuvo piedad con los vencidos.

La historia del anarquismo en la jornadas de marzo de 1939 aun está por escribir. Este libro solo es una mota de arena en un gran desierto por explorar.

Julián Vadillo Muñoz, Doctor en Historia, Universidad Complutense de Madrid