EL ECO DE LOS PASOS. Juan García Oliver. El anarcosindicalismo en la calle, en el Comité de Milicias, en el gobierno, en el exilio.(/strong> eBook £1.50 (see eBookshelf)

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La autobiografía extraordinaria de Juan García Oliver, escrita a sus 71 años desde el exilio en México y publicada originalmente por Ruedo Ibérico. En ella se narran, con prosa ágil y hasta frenética en este extraordinario testimonio, los acontecimientos de su extraordinaria vida, desde sus precoces actividades sindicales, participaciones en huelgas y encarcelaciones, hasta su nombramiento como Ministro de Justicia y su doloroso periplo de exiliado por medio mundo.

Tras muchos años de silencio y de huir de todo tipo de protagonismo histórico, desde su exilio mexicano Juan García Oliver da a la publicidad sus Memorias. Anarcosindicalista de la primera hora, hombre bregado en huelgas y luchas revolucionarias, este antiguo camarero, huésped asiduo de los más duros penales de la dictadura primorriverista, había de convertirse en una de las figuras políticas claves del bando republicano. Su intervención resultó decisiva para la continuidad de la legalidad republiblicana en Catalunya tras la derrota de las fuerzas insurrectas y más tarde, siendo ya ministro de Justicia, había de convertirse en hombre-puente a quien confiar el allanamiento y suavización de los antagonismos que enfrentaban a las fuerzas en el seno de la República.

De sí mismo, Juan García Oliver ha dicho: “Mi muerte será gris y posiblemente llegue con demasiado retraso.” Más de medio siglo de actividad militante hacen imposible una biografía sucinta, a la manera clásica, que mar- que los hitos más importantes de su vida. Lo importante en García Oliver es el hilo conductor, la coherencia íntima de sus actos.

A modo de introducción

Este no será un libro completo. Tampoco será una obra lograda. Sobre la CNT -CNT igual a anarcosindicalismo- se ha escrito bastante. Y se ha escrito por haberse revelado como la única fuerza capaz de hacer frente a los militares españoles sublevados contra el pueblo. Fue la CNT -los anarcosindicalistas- la que impidió, por primera vez en la historia, que un ejército de casta se apoderase de una nación mediante el golpe de Estado militar. Hasta entonces, y aún después, nadie se opuso a los militares cuando en la calle y al frente de sus soldados asestaban a su pueblo un golpe de Estado. La sublevación de julio de 1936 era de carácter fascista y al fascismo europeo, en la calle y frente a frente, ningún partido ni organización había osado enfrentarlo. La CNT -los anarcosindicalistas- no logró hacer escuela en las formaciones proletarias del mundo entero. Otros golpes de Estado han sido realizados después por militares. El de Chile, por ejemplo, frente a casi los mismos componentes que en España -socialistas, comunistas, marxistas-, pero sin anarcosindicalistas, fue para los militares un paseo. Tal como se está explicando lo ocurrido en Chile, la lección para los trabajadores será nula. Porque no fueron los militares quienes mataron a Allende, sino la soledad en que lo dejaron. Algo muy parecido le ocurrió al presidente de la Generalidad de Cataluña, Luis Companys, en el movimiento de octubre de 1934. Entonces, como ahora, predominaba en Europa una manifestación del comunismo, gritón, llorón, dado a difamar a cuantos no se doblegan al peso de sus consignas. Bueno, sí, para organizar desfiles aparatosos en Madrid, en Barcelona, en Santiago, en Berlín. Pero, al trepar al poder Hitler en Alemania, solamente el anarquista individualista holandés Van der Lubbe tuvo el arranque de pegarle fuego al Parlamento, desafiando las iras de quien se creía más poderoso que los dioses. Aquel fuego purificador alumbró la sordidez del mundo comunista, pagado de sus periódicos, de sus desfiles, de sus manifestaciones, pero que, carente de la chispa insurreccional de los anarcos, siempre dejó libre el paso a los enemigos de la libertad. No amando la libertad, no son aptos para defenderla.

La CNT tuvo excelentes luchadores, hombres y mujeres capaces de llenar páginas de Historia. Pero careció de intelectuales capaces de describir y de teorizar nuestras gestas.

Durante años he vivido en la duda de si debía eternizarse nuestras luchas en narraciones veraces. El final de Allende, asesinado por la soledad en que lo dejaron sus partidarios, me ha convencido de que convenía que el mundo obrero conociera lo que éramos colectivamente, y no solamente a través de la imagen de un hombre y de un nombre. La CNT dio vida a muchos héroes. En la medida de lo posible deben irse aportando ya los materiales de la verdadera historia del anarcosindicalismo en su aspecto humano, más importante que las manifestaciones burocráticas, que tanto se han prodigado. Solamente la veracidad puede dar la verdadera dimensión de lo que fuimos.

La verdad, la bella verdad, sólo puede ser apreciada si, junto a ella, como parte de ella misma, está también la fea cara de la verdad. — Juan García Oliver

LOS PRIMEROS PASOS

GarciaOliverCapa
Garcia Oliver, 1937 (Frank Capa)

Nacido en Reus en 1902, en una familia de obreros del textil, sólo le será posible frecuentar breve tiempo la escuela primaria. En El eco de los pasos recordará con cariño a uno de sus maestros, el republicano Grau. Una huelga perdida que significará la miseria para su familia y los encuentros armados en Reus entre obreros y sol- dados durante la “Semana Trágica” serán sus primeras impresiones de las luchas sociales. Niño todavía, empezará a trabajar en la hostelería en Reus, en Tarragona y, finalmente, en Barcelona. Le conquista rápidamente la magia de la gran ciudad. Allí asiste a los enfrentamientos originados por la huelga general de 1917, y participa en la fundación del Sindicato único de camareros (CNT).

Es una época agitada en la que menudean los enfrentamientos entre sindicalistas y pistoleros a sueldo de los patronos. Busca la compañía de sus compañeros más radicales. La figura más sobresaliente del sindicalismo es entonces Salvador Seguí, “el Noi del Sucre”, y García Oliver toma postura en contra de las tendencias reformistas que se atribuyen a este dirigente. La primera huelga de camareros dará lugar a sus primeras prisiones. Tiene 17 años. La cárcel será una experiencia rica para él y le permite conocer a anarquistas y sindicalistas ya notorios.

A su liberación será comisionado por el Comité regional de la CNT de Cataluña para organizar los sindicatos de su comarca natal, feudo entonces de la UGT y del lerrouxismo. En Reus existe industria textil, tenerías, serrerías, molinos de aceite, empresas de transporte y construcción. García Oliver trabaja como camarero. La oligarquía local, enriquecida por la primera guerra mundial, es dura y está influida por los jesuitas y el requeté. Hay pocos militantes anarquistas. Pero su labor de organizador tendrá inmediato éxito: ganará su primera huelga, la de transporte, aplicando la enseñanza del “Noi del Sucre”: si se plantea una huelga, hay que ganarla, cueste lo que cueste.

La consolidación del anarco-sindicalismo en la década de los veinte

Hace sus primeras armas como orador, junto a Salvador Seguí, a Manuel Buenacasa, a Juan Peiró; a Andrés Nin. Reus, Borjas, Falset, el Vendrell, Flix, Constantí, Tarragona, constituyen el cuadro de su actividad como propagandista y organizador. El año 1920, será de éxitos Cenetistas en Tarragona. Estos éxitos suscitan la escalada represiva de los patronos y de las autoridades, y el año 1921 será de gran dureza para los sindicalistas revolucionarios. Aparecen en la provincia los pistoleros del Sindicato Libre, se multiplican las detenciones, las recogidas de periódicos anarquistas, los consejos de guerra contra sindicalistas acusados de antimilitarismo. A los intentos de organización de los sindicatos católicos propiciados por los patronos, responderán los anarquistas con una violencia que costará vidas.

A finales de 1921 forma parte de una comisión de Cenetistas que visita en Madrid al Gobierno para intentar resolver la crisis textil, pero cuyo objeto oculto era preparar el atentado contra Eduardo Dato, jefe del Gobierno, el hombre que refiriéndose a los sindicalistas de la CNT dijo: “Sus y a ellos”. García Oliver obtendrá el dinero necesario para la empresa, pero en el momento del atentado estará de nuevo en la Cárcel Modelo de Barcelona. La muerte de Dato dará lugar a su liberación y podrá asistir en calidad de representante de los sindicatos de Reus a la Conferencia nacional de la CNT en Zaragoza, primera asamblea de carácter nacional a la que asiste.

En 1923, a petición de los “hombres de acción” que organizaron el atentado contra Dato, se instalará en Manresa, donde se opondrá violentamente a los pistoleros del Sindicato Libre. El asesinato del “Noi del Sucre” le sorprenderá en Barcelona. A petición de los órganos superiores de la CNT organizará el grupo “Los Solidarios” para responder al terrorismo del Sindicato Libre. “Los Solidarios” matarán al cardenal Soldevila en Zaragoza y a Reguera! en Toledo.

Condenado a raíz de un encuentro sangriento con los pistoleros del Libre es enviado al Penal de Burgos, donde permanecerá varios años.

En 1926 se exilia en Francia. Amante de las grandes ciudades, García Oliver recordará en sus Memorias un París insólito, en el que frecuenta a anarquistas franceses, rusos, italianos y españoles, algunos de ellos supervivientes del dispersado grupo “Los Solidarios”, y también a nacionalistas catalanes. Tiene trato frecuente con Maciá, pero no secunda sus proyectos de invasión armada de Cataluña. Los esfuerzos de García Oliver para unificar la acción de los sindicalistas y anarquistas españoles exiliados en Francia fracasarán.

Un anarquista italiano -Schiavina- le transmite una carta de Errico Malatesta en la que éste expresa la necesidad de ajusticiar a Mussolini. El atentado, que debía ser llevado a cabo por el propio García Oliver, junto con Durruti, Ascaso, Aurelio Fernández y Jover, no tendrá lugar porque los anarquistas italianos no pudieron aportar los medios materiales necesarios. Este grupo se propondrá, por sugerencia de Durruti, atentar en el propio París contra Alfonso XIII. Delatados antes de pasar a la acción, el grupo se dispersará: Durruti, Ascaso y Jover serán encarcelados; Aurelio Fernández y García Oliver vuelven clandestinamente a España y son detenidos en Pamplona. García Oliver será condenado y enviado de nuevo al Penal de Burgos. Tiene entonces 25 años. El 13 de abril de 1931, sublevará la población reclusa y proclamará la República en el propio penal

El nacimiento de la Federación Anarquista Ibérica (F.A.I.)

En Barcelona encuentra una CNT en pleno proceso de reorganización tras los años de clandestinidad impuesta por la dictadura de Primo de Rivera y dominada por la tendencia reformista que inspira Ángel Pestaña. Prácticamente solo, García Oliver expone en el Congreso nacional de la CNT de 1931, el embrión de lo que pronto serán las posiciones “faístas”: la táctica de la “gimnasia revolucionaria” encaminada a impedir que la Segunda República se estabilice y que la CNT caiga en el reformismo, el llamado “treintismo”, posiciones que simbolizará la bandera rojinegra, creada por el propio García Oliver y que se enarbola por primera vez el 1.° de mayo de 1931 en una manifestación que acabará en tiroteo en la plaza de San Jaime de Barcelona. Ese mismo verano, se constituye de manera informal el grupo “Nosotros” integrado por Durruti, Ascaso, García Oliver, Ricardo Sanz, Aurelio Fernán- dez, Gregorio Jover, Antonio Ortiz y Antonio Martínez. El Comité de Defensa Confederal, integrado por miembros de este grupo, organizará, en aplicación de la táctica de hostigamiento a la República, los hechos del 8 de enero de 1933, cuyo más notorio acontecimiento fue la matanza de Casas Viejas. García Oliver será detenido y apaleado cruelmente por los guardias de Asalto en la Jefatura de Policía de Barcelona.

Defensor de la independencia y de la hegemonía obrera de la CNT, García Oliver encabezará la oposición a la huelga general de octubre de 1934 y será duramente criticado en el propio seno de la CNT, especialmente por los sindicalistas asturianos. A fines de 1935, en unión de Durruti y Ascaso, negociará con delegados de Esquerra de Cataluña, que representan también al Frente Popular, la no abstención electoral de la CNT a cambio de la amnistía y de la entrega a los anarco-sindicalistas de armas, base material para su plan defensivo ante el previsible golpe de Estado derechista en caso de victoria electoral de las izquierdas. Esquerra y el Frente Popular no cumplirían la segunda parte de su compro- miso y ello será una de las causas de la debilidad de la respuesta de los anarco-sindicalistas andaluces y gallegos frente al golpe de Estado de julio de 1936.

En el Congreso de Zaragoza de mayo de 1936, su papel será determinante en la reunificación de los sindicatos “treintistas” y de la CNT. Pero es duramente atacado por su propuesta de creación de milicias sindicales y el texto de su ponencia sobre el comunismo libertario será sustancialmente alterado.

Los días 18, 19 y 20 de julio de 1936 dirigirá los cuadros de Defensa de la CNT en la batalla barcelonesa contra los militares sublevados, pero en el Pleno regional de la CNT del 23 del mismo mes su propuesta de proclamar el comunismo libertario, de “ir a por el todo”, será combatida por Abad de Santillán y Federica Montseny y derro- tada. Este acató la decisión del Pleno y pasó a dirigir de hecho el Comité Cen- tral de Milicias de Cataluña, organismo en el que Companys y los partidos del Frente Popular contaban canalizar las energías revolucionarias hacia meras tareas de orden público, pero que, compuesto por representantes de todas las fuerzas antifascistas organizadas, se convierte en verdadero gobierno catalán, responsable no sólo del mantenimiento del orden, sino también de la industria (cuya colectivización alienta) de la defensa del territorio, organizando milicias y Consejos de Obreros y Soldados y formando oficiales. Nunca había gozado Cataluña de instituciones propias tan completas desde su anexión a la corona española.

El Comité de Milicias tropezó con la enemiga del Gobierno de la Generalidad, con las maniobras de los partidos del Frente Popular y con la oposición del Gobierno central y halló escaso calor en las instancias dirigentes de la CNT y de la FAI, que hicieron suya la frase de Durruti (“Renunciamos a todo menos a la victoria”) que coincidía con la consigna comunista de “primero ganar la guerra, después hacer la revolución”. Las conversaciones que García Oliver inicia con el Comité de Acción marroquí no llegarán a resultados a causa del desinterés del Gobierno central, temeroso de crearse conflictos con Francia e Inglaterra si contribuía a modificar el equilibrio colonial en el Magreb.

La columna “Los Aguiluchos” organizada por García Oliver será un fracaso: los 15.000 hombres previstos serían reducidos por los organismos de la CNT a unos escasos 2.000. La correlación de fuerzas, materialmente a favor de la CNT, será modificada políticamente por la indecisión y la falta de perspectivas revolucionarias de sus propios dirigentes.

“Un ex-presidiario Ministro de Justicia”

El Comité de Milicias es disuelto y los Cenetistas entran en el Gobierno de la Generalidad, primero, y en el Gobierno de Largo Caballero poco después. Opuesto a la disolución del Comité de Milicias y a la participación gubernamental de la CNT, García Oliver será, sin embargo, ministro de Largo Caballero, junto con sus compañeros de organización, Federica Montseny, Juan Peiró y Juan López. Rasgo típico en él, una vez se ha plegado a la decisión de la CNT, García Oliver lleva a cabo su labor con la mayor eficacia posible: pone fin a los asesinatos que llevan a cabo en Madrid las Juventudes Socialistas Unificadas, disuelve el “Tribunal de la Sangre” en Valencia, ordena la destrucción de los archivos de antecedentes penales y dicta una serie de leyes de inspiración revolucionaria: creación de Tribunales Populares, reforma penitenciaria, igualdad de derechos para ambos sexos, redención de penas por el trabajo. Gobierna mediante una política de hechos consumados, frente al ala más reaccionaria del Gobierno y con el apoyo táctico de Largo Caballero, oponiéndose a la creciente influencia del Partido Comunista y de la URSS, a pesar de las amistosas relaciones que mantiene con los diplomáticos y consejeros militares soviéticos. Propone la constitución del Consejo de Defensa, supremo organismo para la dirección de la guerra, del que será miembro encargado particularmente de la organización de las Escuelas de Guerra.

Largo Caballero perderá el poder, víctima de la confluencia de diversos intereses contradictorios sostenidos por el Gobierno soviético, todos ellos opuestos al predominio del ala socialista izquierdista y del anarcosindicalismo.

La lectura de las Memorias de García Oliver, El eco de los pasos, hace plausible la hipótesis de que los agentes soviéticos en España estaban divididos y que durante algún tiempo se sopesó la conveniencia de apoyar la línea política que representaba García Oliver.

A partir de junio de 1937, contemplará en Barcelona la degradación de la situación republicana y tratará de oponerse al influjo creciente del Partido Comunista. A comienzos de 1939, se ofrecerá, sin ser escuchado, a defender la ciudad y tendrá que pasar a Francia. Desde allí, perdida Cataluña para la República, propone volver a la zona Centro-Sur para proseguir la guerra. Tampoco será esta vez seguido. Acepta y justifica la constitución de la Junta del coronel Casado, considerándola como la única solución para llegar a una paz pactada con Franco.

Empieza entonces para él un exilio que durará hasta nuestros días. Primero en Francia. Luego en Suecia. Al comienzo de la segunda guerra mundial, obtiene un visado de tránsito de la URSS y, a través de la Siberia, se embarcará para llegar a México, donde todavía reside. Allí, reorganizará a la CNT, de la que será secretario nacional en 1944, sosteniendo la postura de que los exiliados españoles deben reconstruir las instituciones gubernamentales, se declaren beligerantes en el conflicto mundial, para proseguir una guerra que él no considera terminada, y contribuir a la derrota del Eje, única manera de acabar en España con el régimen franquista. Esta postura no hallará el asentimiento general del exilio republicano español.

Al final de sus Memorias, El eco de los pasos, García Oliver afirma: “Ni antes, ni durante mi gestión de ministro, ni durante el tiempo que vegeté en Barcelona, me arrepentí de lo que hice siendo ministro, ni de haber propuesto ir a por el todo. Jamás dejé de esperar la oportunidad de poder hacerlo.”

José Martínez Publicado en Nueva Historia, nº 24, enero 1979

Juan García Oliver visto por su editor

El eco de los pasos ha sido escrito lejos de los archivos, excepción hecha del periodo mejicano de la vida militante del autor. A mi juicio hay serias lagunas documentales en El eco de los pasos: la ausencia de un folleto de los años treinta sobre defensa confederal, el texto de la conferencia «Hoy», la versión original de la ponencia de García Oliver sobre comunismo libertario, discutida y profundamente modificada en el Congreso de Zaragoza de 1936, y el informe sobre el «Plan Camborios» de 1937, encaminado a organizar una amplia guerrilla en la retaguardia franquista. Esto en lo que respecta a documentos del propio autor. Hay que lamentar también la ausencia del informe del Comité nacional de la CNT sobre el complot contra el gobierno de Largo Caballero y sus ramificaciones. Algunos de esos documentos terminarán por ser de fácil acceso. Otros, me temo que se hayan perdido definitivamente. La prodigiosa memoria del autor ha colmado en cierta medida esas ausencia.

A partir de 1931, García Oliver es combatido ásperamente en el seno de la CNT. La historia prueba que la mayor parte de los esquemas teóricos y políticos de García Oliver eran correctos. Algunos, y no de los menos importantes, fueron adoptados por las organizaciones confederales y llevados a la práctica: Otros fueron desechados. No conozco ninguna crítica global de esos esquemas a pesar de su coherencia íntima. Pero las críticas parciales coetáneas dirigidas contra García Oliver siguen siendo mantenidas, de manera dispersa, como esencialmente válidas. Esas críticas, formuladas por historiadores vinculados a la CNT, inspiran el sentimiento de que lo que se combatía eran las finalidades ocultas que en sus diáfanas y públicas proposiciones se creía descubrir.

La crítica destructora del criticado ha tenido ejemplos en la CNT. No se puede afirmar, sin embargo, que ello fuera mera manifestación del talante iconoclasta del anarquismo. Hubo militantes destacados que gozaron en vida y después de muertos de un respeto casi absoluto. Sus errores, si errores eran, se imputaban a deficiencias, pero no provocaban procesos de intención. En nombre de los intereses del grupo, también la CNT ha corrido un velo púdico sobre graves desfallecimientos de algún notorio militante. La crítica apasionada, mendaz, que motivó García Oliver, sólo tiene parangón con la que se ensañó en vida con el Noi del Sucre. El eco de los pasos está esmaltado de reacciones contra esa circunstancia, que nos ponen en presencia de una sensibilidad profundamente herida. ¿Cuándo transcribe la bella defensa que de si hizo el Noi del Sucre en 1921, en la Conferencia Nacional de Sindicatos de Zaragoza, no se está defendiendo el propio García Oliver contra la calumnia que lo ha perseguido? En esas páginas, como en tantas otras, está advirtiendo a la CNT de los peligros que para ella entraña la calumnia de sus militantes por sus propios compañeros. La calumnia, porque está inspirada por finalidades políticas y tiene consecuencias políticas, al igual que las tiene el ocultamiento de hechos desfavorables en nombre de los intereses supremos de una organización que se pretende libertaria, ocultamiento que García Oliver tampoco considera saluble. El interés por estos aspectos de la vida orgánica se manifiesta en muchas de las páginas de El eco de los pasos. En ningún otro texto ha hallado una mejor exposición de los mecanismos internos que permitían a la CNT juzgar a sus militantes y a éstos defenderse contra la arbitrariedad: la propia defensa de García Oliver frente a las acusaciones de González Mallada y la descripción del procedimiento que hubiera debido seguir Manuel Buenacasa para enfrentarse, sí la consideró injusta, con la condena que le infligió la CNT.

Sólo me puedo permitir en estas páginas analizar cinco procesos de la vida de la CNT en los que la personalidad militante de García Oliver se halla directamente involucrada por sus historiadores, no necesariamente de manera correcta: el terrorismo confederal, la «gimnasia revolucionaria», las relaciones entre la CNT y la FAI, el Comité de Milicias y el gubernamentalismo de la CNT.

Es bastante frecuente hoy oír y leer que anarquismo no es violencia, que la CNT, en tanto que organización, no recurrió nunca a la violencia individual, y que ésta fue obra de marginales, de incontrolados, de hombres que con su acción comprometían a la verdadera CNT contra la voluntad de ésta. El eco de pasos pone de relieve que la respuesta violenta a la violencia del Estado y de la patronal era un fenómeno «orgánico» en el sentido muy estricto de la palabra. Fue «orgánica» la decisión de ajusticiar al primer ministro Eduardo Dato. La generalización de la respuesta violenta a la violencia que se expresó en el asesinato de Salvador Seguí y de Paronas fue decidida por el conjunto de la militancia barcelonesa, por entonces ampliamente mayoritaria en la CNT. La creación del grupo «Los Solidarios», con la función de golpear en los vértices de la represión, fue encomendada a García Oliver -entonces militante de veinte años- por el comité de acción nombrado en la reunión del Besos e integrado por cuatro miembros de los dos órganos superiores confederales, hombres que se distinguieron a lo largo de su vida pública por su moderantismo: Pestaña, Peiró, Piñón y Marcó. Sin embargo, la posición de García Oliver ante la violencia individual aparecía formulada desde la época en que organizaba, en un clima de áspera violencia, la Comarcal confederal de Reus: «Cuando una organización no puede defender la vida de sus militantes en el plano individual, debe hacerlo en la acción colectiva », dice en la página 57, y antes de su primer exilio en Francia (1926) desarrollará esta idea ante instancias orgánicas.

El convencimiento de la relativa ineficacia de la violencia individual le llevará a teorizar y a defender la aplicación de la «gimnasia revolucionaria» desde los primeros años de la Segunda República. Es éste otro de los aspectos controvertidos de la trayectoria de García Oliver, tachado de aventurerismo por muchos sindicalistas de la época, para buen número de los cuales la «gimnasia revolucionaria» debilitó a la CNT. Esta táctica no era sólo un arma interna contra la fracción confederal treintista. Como método de lucha tuvo su ensayo general en los sucesos del 8 de enero de 1933, movimiento preparado en lo esencial por el Comité de Defensa confederal de Cataluña, integrado entonces por casi todos los militantes que constituirán el grupo «Nosotros», sucesor sólo de alguna manera del grupo «Los Solidarios». La significación y los resultados del aparente fracaso que constituyó lo que fue calificado de putsch, fueron ampliamente discu- tidos en las organizaciones confederales en los meses posteriores. La organización, el desarrollo y las consecuencias de esa manifestación de la «gimnasia revolucionaria» constituyen uno de los capítulos más importantes de la historia de la CNT porque en él convergieron problemas de táctica y estrategia, pero también problemas de estructura orgánica y de finalidad última de la CNT; capítulo que todavía presenta muchos puntos oscuros y sobre el que, a mi criterio, se detiene poco El eco de los pasos.

Los acontecimientos posteriores demostrarán que la « gimnasia revolucionaria» había hecho de la CNT la primera fuerza obrera de España y que hizo posible que sus organizaciones respondieran victoriosamente al golpe de Estado militar en 1936. La «gimnasia revolucionaria» era la manifestación práctica del análisis global que hacía García Oliver de la situación política española. Transcribiendo una conversacion suya con Durruti y Ascaso en 1931, dice García Oliver: «La República, asentada en un punto neutro, sin sufrir vaivenes de derecha ni de izquierda, se consolidará y sería la paz. Un espejismo de paz, pues seria una república gobernada en defensa de los mismos intereses que defendió la monarquía. España necesita hacer su revolución. Y porque la necesita, la hará. Y prefiero que sea una revolución anarcosindicalista, siquiera sea porque, alejados de toda influencia histórica, tendría el sello de la originalidad».

Este es el hilo conductor de la acción de García Oliver. Hilo conductor que tiene que defender incluso dentro del núcleo de sus más Íntimos, dentro del grupo «Nosotros», pues el putsch de finales de 1933, cuyo objetivo es apoyar a las izquierdas políticas frente a la derecha victoriosa electoralmente, representa un triple fracaso para García Oliver, porque rompe la línea de conducta política que él defiende en la CNT, porque se hace en contra del acuerdo del grupo «Nosotros» y porque la figura de proa de ese movimiento será el propio Durruti, saltando por encima de los acuerdos del grupo. Dejo la palabra al propio García Oliver:

«Me decía que mi concepción del péndulo para impedir la consolidación de la República burguesa iba a entrar en una fase decisiva. Ahora, me decía, las izquierdas tendrán que acudir a la sublevación. Y habría que estar prevenidos, para no ser arrastrados por ellas. Nosotros no debíamos hacer el juego insurreccional a nadie. Opinaba que los acontecimientos se producirían de manera que nos permitiría hacernos con la dirección revolucionaria de España. Los motivos alegados para la insurrección -impedir la entrega del gobierno a las derechas- no tenían por qué afectar a los trabajadores de la CNT, porque si los derechistas triunfaron se debía a que por nuestra propaganda antielectoral los trabajadores no habían votado. Nuestra propugnada “gimnasia revolucionaria” alcanzaba solamente a la práctica insurreccional de la clase obrera al servicio del comunismo libertario, pero, nunca para derribar ni colocar gobiernos burgueses, fuesen de derecha o de izquierda».

La preparación y el desarrollo de la sublevación de octubre de 1934 demostró la validez del punto de vista defendido por García Oliver. El movimiento fue el resultado de un pacto entre Largo Caballero y Companys, a espaldas de la CNT; lo que equivale a decir contra la CNT, y en Cataluña lo fue descaradamente desde que el movimiento se inició. Dice García Oliver: «En Asturias existía la Alianza Obrera, a la que estaba adherida la Regional de la CNT. La única que secundó dicha consigna, erróneamente o no. Pero la orden del movimiento revolucionario fue dada por el Comité del Frente Popular, sin conocimiento previo de la CNT. En concreto, por socialistas y comunistas. No obstante, los militantes confederales, generosos, secundaron enérgicamente el movimiento y le dieron profundidad revolucionaria. En Barcelona lo acontecido fue de comedia. Dencás, cabecilla máximo de Estat Cátala, dirigía el movimiento desde el edificio de Gobernación. Badía, segundo que aspiraba a primero, acompañado de policías catalanes, de guardias de asalto y de algunos “escamots”, paseaba con descaro, Thompson en mano, deteniendo a anarquistas y a militantes de la CNT. Asaltó los locales de Solidaridad Obrera y algunos otros locales de la CNT»,

Serios tratadistas condenan todavía hoy la inercia de la CNT en la circunstancia.

Entre los historiadores no simpatizantes con el anarquismo es lugar común una CNT dominada por la FAI. Las relaciones entre una y otra fueron siempre origen de polémicas en la propia CNT. Hoy esas polémicas vuelven a tener actualidad. En El eco de los pasos se habla mucho de la FAI, pero de forma poco convencional. Peirats ha podido decir: «Algunas personalidades que hablaban constantemente en nombre de la FAI tuvieron más influencia que nosotros mismos, que la representábamos oficialmente. Me refiero a Francisco Ascaso, Buenaventura Durruti y Juan García Oliver. Estos hombres tenían su pequeña FAI». Las relaciones entre ambas organizaciones siempre fueron ambiguas y ello es lo que hace posible la afirmación de Peirats y otras afirmaciones de García Oliver formalmente contradictorias entre sí. Dice García Oliver: «La FAI había encontrado el gran camino. Vigía de la revolución anarquista y proletaria, tuvo una voz fuerte -la mía- en el Congreso nacional de 1931». El hecho es que el grupo «Nosotros» no ingresa en la FAI hasta finales de 1933, y ello contra la opinión de García Oliver, que aun siendo el más brillante orador de la tendencia «faísta», siempre manifestará una reacción negativa ante la FAI en tanto que organización. El «faísmo» para García Oliver es una actitud vital, una adscripción ideológica y no una adscripción formal a una organización llamada FAI: «Ser “faísta” equivalía a ser anarcosindicalista revolucionario; ser “treintista” a ser anarcosindicalista reformista, perteneciesen o no unos u otros a la FAI o al grupo de los Treinta», se dice en la página 123 de El eco de los pasos.

Viene al caso citar la opinión que esa FAI- organización le merece a García Oliver en el momento en que el grupo «Nosotros» ingresa formalmente en ella: «Los que ya la dominaban constituían, en potencia, la contrarrevolución. Aquellos “faístas” terminarían por dedicarse al estrangulamiento de la revolución proletaria, de la que los miembros del grupo “Nosotros” aparecíamos como adelantados. Todos ellos eran fugitivos de la clase obrera que, como periodistas, maestros racionalistas o escritores, habían logrado el milagro de eludir las restricciones que imponía el acuerdo de no tolerar la duración de más de un año en los cargos retribuidos. Disponían de mucho tiempo para conspirar contra el grupo “Nosotros”, cuyos componentes tenían que repartir su vida entre el trabajo en la fábrica o el taller, el agobio de la asistencia a las reuniones, los mítines y las conferencias y la responsabilidad de los cuadros de defensa. A la larga, teníamos que ser dominados y eliminados. Eran más peligrosos que los llamados “treintistas”. Nosotros casi siempre estábamos presos o perseguidos. En cambio, la mayor parte de la pléyade de lidercillos que aspiraban a sucedernos, ninguno de ellos estuvo nunca preso».

Sus memorias presentan a García Oliver como un hombre de la CNT, como organizador, como hombre de grupo, de asamblea, de pleno, de congreso, como orador, como hombre de acción, pero no como burócrata. Hay una evidente repugnancia en García Oliver por la política comiteril y en ello puede residir la causa de lo que cabría considerar como fracaso personal en un hombre acusado reiteradamente de aspirar al poder personal a partir de una organización obrera.

Lo que pone en evidencia la lectura de El eco de los pasos es que los esfuerzos de García Oliver tendían a hacer de la CNT una fuerza revolucionaria independiente y hegemónica. En vísperas de la sublevación militar, en una reunión del grupo «Nosotros», García Oliver veía asi la situación: «Estamos determinando que derechas e izquierdas republicanas se incorporen a la táctica “faísta” de sacudir el régimen republicano. La actitud de las izquierdas gubernamentales hasta el día anterior ha sido francamente suicida. Si por haber perdido unas elecciones se lanzaban a la sedicente revolución de octubre, ¿qué harían las derechas si, desgastadas por las inícuas represiones que han desencadenado, perdiesen ahora las elecciones dando paso a un gobierno de izquierdas revanchistas? Pues secundarían el ritmo “faísta” y se lanzarían también a la revolución, una revolución de signo militar fascista. ¿Hay quienes pretenden utilizarnos para sacarnos de prisión y darnos después un puntapié salva sea la parte? Los escuchamos y les damos un no. Rotundo no, pero no definitivo que nos permita ir cediendo cuando se comprometan a entregarnos, antes o inmediatamente después de las elecciones, tres partidas de armas y municiones para ser depositadas en Zaragoza, en Sevilla y en La Coruña».

También en esta ocasión manifestó Durruti disconformidad, adhiriéndose después, tras una intervención de Ascaso, a las tesis de García Oliver. La estrategia triangular de García Oliver iba a fracasar -Zaragoza se perdió, Sevilla se perdió, La Coruña se perdió-, y entre las razones del fracaso el autor señala con razón el que la burguesía del Frente Popular recogió los votos de los Cenetistas pero no cumplió sus compromisos.

El Comité de Milicias fue, parece ser, consecuencia de la victoria de los anarcosindicalistas barceloneses sobre los militares sublevados -hay que insistir, gracias a la organización paramilitar, a los cuadros de defensa, a los militantes confederales y a la experiencia conseguida por la práctica de la «gimnasia revolucionaria». Nadie desde la izquierda pretendidamente revolucionaria ha combatido seriamente a posteriori al Comité de Milicias. El eco de los pasos demuestra que no fue una creación de la CNT ni tampoco el instrumento revolucionario que pudo haber añorado García Oliver. Pero éste se ha mostrado siempre como un hombre pragmático que ha sopesado la relación de fuerzas en cada momento, y como el Comité de Milicias fue atacado incluso antes de nacer, sobre todo desde la Generalidad, pero también desde los Comités superiores de la propia CNT, García Oliver se aplicó a defenderlo con todas sus fuerzas. Estas fuerzas eran las que le daban la confianza de la militancia anarcosindicalista catalana. He aquí la opinión que el Comité de Milicias y la situación general merecían a García Oliver el 23 de julio de 1936, expresada en el Pleno regional de Locales y Comarcales de la CNT y de la FAI celebrado en Barcelona: «Expliqué que el Comité de Milicias se había tenido que constituir cuando ya Companys se había arrepentido de haber sugerido su creación. Que los demás partidos y organizaciones no creían -al igual que Companys- que el Comité de Milicias pudiese servir de algo más que de Comisaría de policía de segunda clase. Afirmé que los errores podían y debían ser anulados, tenida cuenta de que estábamos en los inicios de un proceso revolucionario que podría ser largo en su desenvolvimiento y durante el cual seguramente tendríamos que ir modificando algunas actitudes y no pocos acuerdos. Expliqué también que la marcha revolucionaria estaba adquiriendo tal profundidad que obligaba a la CNT a tener en cuenta que por ser la pieza mayoritaria del complejo revolucionario no podría dejar la revolución sin control y sin guia, porque ello crearía un gran vacío, que, igual que en Rusia en 1917, sería aprovechado por los marxistas de todas las tendencias para hacerse con la dirección revolucionaria aplastándonos. Opinaba que había llegado el momento de que, con toda responsabilidad, terminásemos lo empezado el 18 de julio, desechando el Comité de Milicias y forzando los acontecimientos de manera que, por primera vez en la historia, los sindicatos anarcosindicalistas fueran a por el todo, esto es, a organizar la vida comunista libertaria en toda España».

Esta argumentación sólo fue apoyada por el delegado de una Comarcal y fue impugnada por Federica Montseny en nombre de los más puros principios ácratas y por Abad de Santillán, que alegó el peligro de una intervención extranjera. García Oliver volvió a hablar y dijo: «No podemos marcharnos tranquilamente a nuestras casas después de que terminen las tareas del Pleno. No importa lo que el Pleno acuerde; ya no podremos dormir en mucho tiempo, pues si nosotros, que somos mayoritarios, no damos una dirección a la revolución, otros, que todavía hoy son minoritarios, con sus artes y mañas de corrupción y eliminación, sacarán del vacío en que habremos dejado a las masas. Y afirmo que el sindicalismo, en España y en el mundo entero, está urgido de un acto de afirmación de sus valores constructivos ante la historia de la humanidad, porque sin esa demostración de capacidad de edificación de un socialismo libre, el porvenir seguiría siendo patrimonio de las formas políticas surgidas en la revolución francesa, con la pluralidad de partidos al empezar y con partido único al final. Y puesto que estoy sostenido por una Comarcal, presento en firme la proposición de que la CNT vaya a por el todo e implante el comunismo libertario».

García Oliver fue vencido por la totalidad menos uno. Fue vencido -herida profunda- ante el silencio de Durruti, presente en el Pleno. Y con él era vencido a más o menos largo plazo el recién nacido Comité de Milicias. Y lo que es más grave, era vencida la propia organización anarcosindicalista. «No salía de mi asombro», dice. «Acababa de celebrarse el Pleno de Locales y Comarcales más insólito. Unos delegados, convocados urgentemente, desconocedores de lo que iba a tratarse en aquel Pleno, acababan de adoptar acuerdos que tiraban por la borda todos los acuerdos fundamentales de la CNT, ignorando de paso lo más elemental de su historia de organización fuertemente influida por los radicalismos del anarquismo. Y habían sido elementos de la FAI los que la impulsaban a posiciones tan reformistas que ni siquiera los “treintistas” se hubieran atrevido a enunciar, quienes, por cierto, no habían intervenido en la discusión ni adoptado posición».

Todo el contexto de sus memorias pone de manifiesto que para García Oliver el Pleno que tendría mayor influencia en la historia de la CNT no tenía otra validez que la formal, porque ese Pleno estaba en contradicción con aquella historia. La militancia anarcosindicalista barcelonesa había sido sangrada los días precedentes: 400 muertos y miles de heridos. Y se quejará reiteradamente por la no publicación de las actas de ese Pleno.

En algún lugar de El eco de los pasos, dice García Oliver que no tiene vocación de Trotski. En la ocasión, ni dio un portazo ni conspiró en los pasillos de los Comités orgánicos por los que apenas se le vio mientras estuvo en funciones el Comité de Milicias. Esperó un nuevo flujo del impulso revolucionario, tratando de conversar y crear instrumentos para ese momento: «En el Comité de Milicias actué como querían los militantes de base y los Comités de sindicatos, de secciones, de taller y de fábrica; esto es, que se iniciase la revolución en lo político anulando al gobierno de la Generalidad, y en lo social y económico impulsando las incautaciones y colectivizaciones de la industria y la agricultura en los pueblos de Cataluña y en los que liberaron en Aragón las milicias anarcosindicalistas».

García Oliver sería acusado copiosamente esas semanas de aspirar al poder personal. El eco de los pasos subraya que en ciertos círculos de la CNT y de la FAI se vivía en el temor de un golpe de mano de García Oliver contra las instituciones gubernamentales tambaleantes pero todavía en pie. También revela sin tapujos el libro que ello fue proyecto de García Oliver. Pero con la militancia anarcosindicalista. ¿Podían temer los dirigentes de la FAI a un hombre solo? Estas fueron sus palabras ante el grupo «Nosotros» pocos días después del Pleno: «Debemos aprovechar la concentración de las fuerzas que mañana se pondrán a las órdenes de Durruti y proceder al asalto de los principales centros de gobierno, Generalidad y Ayuntamiento, con una rama de la columna que podríamos dirigir Marcos Alcón y yo. Teléfonos y Plaza de Cataluña, con otra rama dirigida por Jover y Ortiz. Y Gobernación y Dirección de Seguridad con otra rama dirigida por Durruti y Sanz, pudiendo sumarse a cualquiera de ellas los Ascaso y García Vivancos, siempre que estéis de acuerdo.

Habló Durruti. Siquiera ahora romperíamos la incógnita de su actitud. «La argumentación de García Oliver, ahora y durante el Pleno, me parece magnifica. Su plan de realizar el golpe es perfecto. Pero a mí no me parece que sea éste el momento oportuno. Opino que debería ser realizado después de la toma de Zaragoza, cosa que no puede tardar más de diez días. Insisto en que debemos dejar esos planes para después de tomar Zaragoza». Zaragoza no fue tomada.

Se ha acusado a García Oliver de militarismo. Lo que revelan sus memorias es que le obsesiona una frase que oye a los 7 años a unos obreros fugitivos en el Reus de la «Semana trágica»: «¡No se puede con el ejército!». El Ejército, el ejército burgués y la manera de enfrentarse a él será una preocupación constante en García Oliver y su grito de victoria en julio de 1936 será: «¡Sí se puede con el ejército!».

Su propuesta de creación de milicias sindicalistas confederales -que en realidad eran un hecho en la Regional catalana- fue combatida en el Congreso de Zaragoza e interpelada irónicamente por Cipriano Mera. Los hechos son tozudos. La mayor parte de sus más íntimos compañeros de lucha -Sanz, Jover, García Vivancos, Ortiz, por no mentar a Mera- terminaron la guerra como oficiales superiores. El no. Sin embargo, como abundan sus memorias y como prueba la historia, ningún otro militante anarcosindicalista inspiró más respeto a los oficiales profesionales afectos a la República y surje automáticamente la pregunta de cómo no se hizo nombrar jefe del frente de Aragón en vez de nombrar, de manera que los timoratos pueden calificar de autocrática, al coronel Villalba.

Las páginas de El eco de los pasos que tratan de la entrada de la CNT en el gobierno, de la aventura -podemos decir grotesca- de Durruti yendo a morir inútilmente a Madrid, son de las más instructivas de la obra. Una verdad hiriente, insultante, brota de ellas: la debilidad política de los órganos supremos de la Confederación que, en virtud de las excepcionales circunstancias, tenían -quisieran o no, y ése es otro problema- que adoptar medidas urgentes y graves, tan graves que comprometian irreversiblemente el futuro.

La disolución del Comité de Milicias es una triste página de la historia de la CNT: «El Comité de Milicias se constituyó para soslayar ir a por el todo. El Comité de Milicias se disolvió por haber ido demasiado lejos. Se disolvía para dar paso a un Consejo de la Generalidad de Cataluña. La Generalidad acabaría por ser absorbida en sus funciones por el gobierno de Madrid, que no tenía ni apariencia de gobierno revolucionario. Un pequeño salto atrás más y la CNT llegaría al final de su cuesta abajo».

También fue una triste página el acuerdo de un Pleno nacional de Regionales de la CNT de dar ministros al gobierno de Largo Caballero. El haber sido ministro de un gobierno burgués es el reproche mayor que se ha formulado contra García Oliver desde meridianos anarquistas. En El eco de los pasos expone los argumentos que opuso ante Horacio M. Prieto, antes secretario del Comité Nacional, contra la participación gubernamental y contra su designación como ministro, en la que veía una maniobra para alejarlo de Cataluña de quienes temían sus proyectos de «ir a por el todo» en la ocasión propicia. García Oliver era consciente de que la fuerza de la CNT estaba en Cataluña y de que allí se jugaba la posible imposible revolución. Es difícil acusar a García Oliver de indisciplina orgánica, una vez se ha manifestado su organización: fue ministro y, según los cánones establecidos, fue un buen ministro. Es decir, defendió los intereses más inmediatos de una organización que había decidido que participara en el gobierno. Pero no se manifiesta cómodamente instalado en su sillón. Sabe que es precario. Su discurso en el Coliseo de Barcelona, a finales del invierno de 1936, hace un balance sin concesiones de la guerra y apunta claramente hacia la liquidación del gobierno burgués a que pertenece y a la instauración del poder sindical.

Las memorias de García Oliver resuelven problemas de la historia contemporánea de España. También plantean sobre bases nuevas muchos otros. Se podría preferir, quizá, que fuesen sacrificados no sólo «excursos y extravagancias», sino también algunas páginas consagradas al penal de Burgos o al viaje a través de la URSS, en provecho de una amplia exposición de los entresijos del Congreso de Zaragoza o de las negociaciones para participar en el gobierno de la Generalidad o en el gobierno central. Si de García Oliver se espera que lo diga todo es porque se supone que lo sabe todo. Lo cual es inverosímil. Por ejemplo, la decisión de participación gubernamental de la CNT es un proceso que se desarrolla al margen de García Oliver. En tanto que testigo, es plausible que no pueda decir más de lo que dice. Algo semejante sucede con las páginas de sus memorias dedicadas a los sucesos de mayo de 1937. Ni sus mayores enemigos le han atribuido a García Oliver el don de ubicuidad.

Mi exposición de los procesos confederales en que García Oliver juega un papel relevante, y generalmente deformado, ha de quedarse coja por imperativos de espacio. Sería necesario analizar su acción en las postrimerías de la guerra civil -Plan Camborios y Comité ejecutivo del Movimiento libertario de Cataluña- y en el exilio -Consejo general del Movimiento libertario, Partido Obrero del Trabajo, la «Ponencia» y gobierno republicano en el exilio- para que la exposición de la coherencia política que creo ver en la práctica de García Oliver y en El eco de los pasos no quedara amputada.

Libro amargo, lo es El eco de los pasos, pero no es un libro pesimista. No significan una renuncia ni son pesimistas estas palabras de García Oliver que bien podrían ser el colofón de sus memorias: «Ni antes, ni durante mi gestión de ministro, ni durante el tiempo que vegeté en Barcelona, me arrepentí de lo que hice siendo ministro, ni de haber propuesto ir a por el todo. Este es el momento de aclarar la enorme distancia que separa al anarquista del anarcosindicalista: aquél, siempre en vela por las esencias puras del libertarismo, y éste enfrentado con las realidades del complejo mundo social. Aquél, el anarquista, es una actitud ante la vida; y el anarcosindicalismo es una actuación en la vida. Desde que un día propusiera ir a por el todo, jamás dejé de esperar la oportunidad de poder hacerlo».

José Martínez, en Tiempo de Historia (1978)