Autopsia de una impostura Jesús F. SALGADO AMOR NUÑO Y LA CNT Revisado por Freddy GÓMEZ

AmorNunoJesús F. SALGADO AMOR NUÑO Y LA CNT Crónicas de vida y muerte, Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo, 2014, ill., 624 p.

Si, en el campo de la historia, ninguna verdad queda jamás establecida – basta con que surja finalmente un documento para que las ópticas cambien –, la Guerra Civil española, sujeto de estudio inagotable por razones que vamos a tratar de dilucidar, sigue siendo un campo de batalla siempre fértil en reinterpretaciones. También es necesario que el tal documento sea autentificado e incuestionable. En el caso que nos interesa – y sobre el cual Jesús F. Salgado ha llevado a cabo una destacable investigación –, la utilización de un falso periodístico, legitimado por un representante notorio de la casta de los historiadores, ha sido finalmente suficiente para trastocar, de buenas a primeras, una perspectiva bastante ampliamente admitida hasta ahora sobre las prácticas represivas del bloque estalinista-socialista-republicano a cargo efectivo del control del orden público en un Madrid sitiado donde las fuerzas libertarias, lejos de ser mayoritarias, jugaron más bien un papel de elemento moderador.

El aire de la calumnia…

  En 2004, Jorge Martínez Reverte, periodista y escritor todo terreno[1], publica La batalla de Madrid (Crítica). El cuadro es arrebatador y el éxito del libro garantizado. Todos los relés mediáticos funcionan para que la obra se convierta en referencia. Reverte sabe como hacerlo, lo mismo que sabe lo que hizo: reescribir la historia repartiendo las culpas. Esta vez se trata de transferir a los anarquistas (buena) parte de responsabilidad en las ejecuciones sumarias que se cometieron en la villa sitiada, entre agosto y diciembre de 1936, y por lo tanto de revisar a la baja el papel que jugaron los que dieron la orden (gobierno mayoritariamente socialista, en un primer momento; Junta de Defensa, bajo influencia comunista, en un segundo momento) y sus verdugos estalinistas. El objetivo elegido por Reverte es un militante poco conocido de la CNT, Amor Nuño (1913-1940), secretario de la Federación Local de Madrid en los primeros meses de asedio, del cual dibuja un retrato condenatorio de asesino a la medida y al que transforma, de la nada, en deus ex machina de las sacas, en noviembre y diciembre de 1936, de los detenidos de las prisiones de Madrid y de su asesinato en masa en Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz y otras localidades próximas a la capital. La única pieza sobre la que se apoya el autor de La batalla de Madrid es un borrador informe [2]. El resto sigue naturalmente: no se comete nunca una falsedad sin intención de hacer uso de ella. De este modo, el traficante Reverte carga la barca de Nuño: no solo habría sellado para esta ocasión un pacto secreto con las estalinistas Juventudes Socialistas Unificadas dirigidas por Santiago Carrillo, sino que habría sido también expulsado de la CNT – en diciembre de 1936 – por haber colaborado con los franquistas y se habría pasado finalmente al enemigo por miedo a represalias. Está claro que, entregado a las garras de su verdugo, Nuño, del cual no se sabía gran cosa hasta ahora, más que algunos testimonios dispersos,[3] se ve convertido para la noche de los tiempos en asesino, en traidor y en cobarde. Y eso prende, como el fuego prende la llanura en periodo de gran sequía. Eso prende, porque el aire de la calumnia solo requiere para prender el que no haya ninguna voz que la descubra, y cuando, sobre todo, está apoyada por las confortables cátedras de la Universidad.

… y la superoferta del condecorado Británico

En España, como en otros lugares, la casta de los historiadores se inclina a la « izquierda », una « izquierda » de su tiempo, razonable, liberal, despejada de toda aspiración a transformar el mundo. Su papel consistió, durante años, en legitimar la « transición democrática » en curso mediante la limpieza de la historia de la guerra civil de sus « excesos » revolucionarios, reducidos a manifestaciones anticuadas de esas « locuras de España » que la modernidad capitalista exigía, para prosperar, ver desaparecer de la memoria. De donde el tratamiento particular que la Academia reserva, desde entonces, a los anarquistas, una especialidad local: los coloca sin vergüenza ni remordimientos, « objetivamente », en el campo de los promotores de guerra. Como los fascistas, e incluso sin cuestionarse sobre la evidente contradicción histórica en la que, al hacerlo, se sumerge cuando se sabe el papel decisivo que jugó, donde pudo, la CNT en la resistencia al golpe de Estado nacional-católico de julio de 1936[4]. Hasta el punto de que es razonable pensar que, sin su « locura » revolucionaria, el fascismo ibérico habría devorado la pila de mantequilla frente-populista con la misma celeridad que ha marchado sobre Roma en octubre de 1922 o destruyó la República de Weimar en 1933. A alto precio – el del deshonor infinito – para las izquierdas razonables.

«Cuando abramos un libro de historia, decía Edward H. Carr, no deberemos considerar en primer lugar los hechos que contiene, sino el autor que los relata[5]  » La lección se aplica por supuesto a Jorge M. Reverte, pero aún más a Paul Preston, hispanista británico premiado por el conjunto de su obra, que en la publicación, en 2011, de El holocausto español, publicado casi simultáneamente – en versiones ligeramente diferentes, sin embargo – en España[6] y Gran Bretaña, no sólo da crédito a las tesis de Reverte sobre esta « rutina de la muerte » que, de sacas en paseos, se habría apoderado de los anarquistas de Madrid, sino que exagera en la distorsión de los hechos alargando considerablemente el campo de las supuestas exacciones de Nuño deducidas por Reverte (las de noviembre y diciembre de 1936) para endosarle, además y de paso, el asalto a la cárcel Modelo en agosto de 1936 y el asesinato, el 11 y 12 del mismo mes, de los prisioneros que venían en el tren de Jaén. El premiado Preston no aporta más pruebas de lo que añade que las del ex novelista de suspense Reverte. Le basta, para el caso, con aplicar su extremadamente simple clave de lectura ideológica al sitio de Madrid – la República de los « socialistas moderados » habría sido muy bella desembarazada de sus « extremistas » – apropiándose, a su manera, el principio establecido por el gran maestro de la Historia Antigua Henri Marrou, según el cual « el historiador lo utiliza todo para trabajar, incluso la basura ».

Un silencio tan turbador

En el origen de la meticulosa y fascinante investigación que nos proporciona Jesús F. Salgado, científico de formación, académico de profesión y libertario de corazón, hay, sin duda, un sentimiento de profunda indignación contra las manipulaciones de la historia de las que son capaces de aquí en adelante los pequeños maestros ignorantes a lo Reverte – que sintetiza, en él mismo y todo en uno, la arrogancia y la incompetencia – y los historiadores de la « subordinación contrarrevolucionaria »[7] a lo Preston, cuya complicidad con la prensa del consentimiento social-liberal, donde ofician precisamente muchos de estos maestros ignorantes, ya no es un misterio para nadie. A esta indignación de base, inmensamente justificada, es preciso sin duda adjuntar otro elemento, más íntimo, que lleva, en el caso de Jesús F. Salgado, a la constatación que, en estos tiempos postmodernos donde la disidencia está más inclinada a deconstruir que a instruir, el combate por la historia ha cesado seguramente de ser una prioridad – ni incluso una necesidad – en el campo libertario. De ahí su silencio tan total como abrumador ante las calumnias de Reverte y las reiteraciones de Preston. Como si esta historia del anarquismo de guerra no tuviera nada que decir sobre si mismo. Jesús F. Salgado no insiste sobre ese silencio. Se contenta con señalar, incidentalmente, en la presentación de su obra, que, « en los medios libertarios, nadie ha osado defender a Amor Nuño de una acusación tan grave ». Porque todo el mundo creyó, al menos un instante, en su culpabilidad. En el mejor de los casos, se le disoció de la CNT. En el peor, se pasó la página. Sin siquiera tratar de entender lo que se jugaba detrás de la deconstrucción revertiana y, aún más, detrás de su integración como avanzada metodológica, a la supuesta ciencia histórica de Preston: una clara transferencia de las responsabilidades ejercidas por el bloque de la izquierda razonable (socialista y republicana), institucionalmente aliada a los estalinistas, frente a la CNT-FAI (cómplice ella misma de dichos estalinistas) en la eliminación de los « fascistas » detenidos en las cárceles de Madrid durante la primera temporada de su asedio (agosto-diciembre de 1936).

En el espíritu de Jesús F. Salgado, un silencio tan turbador equivalía forzosamente a aquiescencia. Por pasividad, por prudencia o por incapacidad de comprender la verdadera intención de los dos difamadores. Años durante, pues, investiga sobre el proceso de brujería de que fue victima Amor Nuño, sobre sus causas, sobre sus efectos, sobre esta manera insidiosa que han adoptado, después de otros, Reverte y Preston de revisar la historia con la mira puesta únicamente en descargar a la izquierda razonable de sus imperfecciones y transfiriendo la carga, toda la carga, sobre la mula anarquista de los « incontrolados » que, como todo el mundo sabe, tiene buen lomo y desde hace mucho tiempo. En el caso que nos ocupa, la agravante novedad proviene evidentemente del hecho de que nuestros dos jueces de instrucción no se contentan con sobrepasar las fronteras de la interpretación, que es libre, sino que practican, sin vacilación ni restricción moral, la falsificación y el uso de la falsificación.

Elogio del método

A finales del año 2005, Jesús F. salgado descubre en el Instituto de Historia Social de Ámsterdam, en los archivos de la CNT, la famosa pieza sobre la cual Reverte construyó su historia. Se trata, escribe, de « una chapuza, llena de tachaduras, enmiendas, correcciones y añadidos […], un borrador de acta que no había sido aprobada, ni aparecía firmada por nadie » (p. 26). Lo peor está por llegar. Al comparar el documento – que no establece en absoluto la implicación de Amor Nuño, y más ampliamente de la CNT, en la represión de noviembre y diciembre de 1936 – con la trascripción hecha por Reverte en La batalla de Madrid, Jesús F. salgado detecta una anomalía de talla: Reverte ha suprimido ciertas frases, que atestiguan que, contrariamente a lo que él dice y sobre todo a lo que justifica su carga, el comité nacional de la CNT no tenía nada que ver con esta reunión, que por tanto no podía ser, señala Jesús F. Salgado, de ratificación de un acuerdo entre el comité nacional de la CNT y la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid relativo a la « ejecución inmediata, en toda responsabilidad, de los fascistas y elementos peligrosos », como lo pretende el falsario Reverte. « La manipulación histórica era evidente », apunta Jesús F. salgado. Quedaba seguir el hilo de esta maquinaria de mentiras, fundada sobre un bricolaje de baja estofa, investigando del modo más preciso sobre el personaje que había sido la victima principal: Amor Nuño.

Es preciso alabar el método de Jesús F. Salgado. Porque no descarta ninguna hipótesis, porque explora todas las pistas, porque no procede con ningún apego definitivo a verdades primeras. Reconociendo, en materia de historia, una cierta inclinación por el « relativismo moral » defendido por Tomás Ibáñez[8], Jesús F. Salgado busca para encontrar, a riesgo de encontrar lo que moleste a lo que, como libertario, le gustaría creer. Esto es importante precisarlo porque, en el enfoque de su autor, la búsqueda implica, exige, no poner el manto sobre su propio campo, llevando tan lejos como sea posible el examen de la cuestión de la violencia indiscriminada que ejercieron, en retaguardia y bajo cubierta de radicalidad antifascista, algunos militantes anarquistas – descarriados o conscientes, de reciente extracción o de larga trayectoria militante – que la revolución transformó, del día a la mañana, en policías, en carceleros y en ejecutores de la peor especie.

Es el caso, por ejemplo, de un Felipe Sandoval, de un Manuel Rascón, de un Benigno Mancebo, de un Manuel Ramos, cuyas bajas obras fueron numerosas, pero sin enlace orgánico directo con la CNT, porque estos cuatro ejecutores anarquistas ejercieron sus talentos por la única cuenta del Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP), organismo del Estado creado, en agosto de 1936 en Madrid, por el Ministerio del Interior (dirigido por el socialista Ángel Galarza) y la Dirección General de Seguridad (dirigida por Manuel Muñoz, miembro de Izquierda Republicana). Este detalle es tanto menos desdeñable como que el CPIP – cuya existencia dura tres meses, ¡pero que meses! – tomó a cargo, de agosto a noviembre de 1936, lo esencial de las tareas ligadas a la represión de los « fascistas » en el Madrid sitiado (arrestos, juicios, detenciones, depuraciones, ejecuciones sumarias), tuvo representantes de todos los partidos y organizaciones de la izquierda institucional – además de la CNT y la FAI –, que no recibió más orden que del Gobierno del Frente Popular, sin ministros anarquistas en esa fecha, y que pagó a sus funcionarios. Insistiendo en el carácter legal, estatal, de la represión, Jesús F. Salgado repone los péndulos a la hora: es en tanto que asalariados de una institución del Estado que actúan los susodichos ejecutores. Por mandato de sus superiores, que no eran anarquistas (lejos de tal) y cubiertos por ellos. No fueron los únicos. Cada partido y organización representada en el CPIP tuvo su cuota de esbirros, que actuaron, todos, en nombre de los intereses superiores antifascistas de la República y de su Gobierno. El caso es oído y probado. Aquí se lleva la palma Salgado.

En cuanto a los « incontrolados », que se revelan de otra calaña y continúan alimentando cantidad de fantasmas anti-anarquistas de los historiadores « de la subordinación contra-revolucionaria », no tuvieron ningún enlace, por lo que concierne a Madrid, nos dice Jesús F. Salgado, con el Movimiento libertario organizado, sino que mantenían relaciones, a menudo estrechas aunque discretas, con la Dirección General de Seguridad – las Brigadas Atadell, Terry, del Amanecer, de los Linces de la República –, con la Agrupación socialista madrileña de la calle Fuencarral o con la Brigada Motorizada del PSOE y, más todavía, con los diversos centros estalinistas de operación, como el de la calle San Bernardo. En comparación con los « incontrolados » bajo estrecho control – que Preston conoce, pero para los que encuentra siempre excusas cuando quien da la orden es socialista –, los « incontrolados » de la anarquía delincuente, esos « asesinos sin piedad » trabajando por su cuenta, de los cuales se conoce la identidad de algunos – Antonio Ariño, Antonio Rodríguez o Victoriano Buitrago – fueron evidentemente demasiados, precisa Jesús F. Salgado, pero en un número mucho más reducido que los primeros. Le guste o no le guste a la historiografía acusadora que señala el crimen solo cuando acredita sus presupuestos ideológicos.

Del falso caso Amor Nuño…

¿Por qué Reverte ha elegido, a sabiendas, manchar el honor de Amor Nuño superponiendo a la realidad de su trayectoria de militante serio, responsable y más bien ejemplar en el plano humano – trayectoria que Jesús F. Salgado relata en detalle y da pruebas para apoyarla – la imagen de un alter ego monstruoso que no existe más que en su sola imaginación? Esta cuestión se plantea de manera cuanto más evidente que el dispositivo revertiano reenvía necesariamente a prácticas de reescritura biográfica que, ingenuamente, pensábamos caducas: las que fueron especialmente florecientes en la época del estalinismo triunfante, cuando las circunstancias, y solo ellas, decidían la verdad del día. ¿En nombre de que puede librarse a tal juego de masacre? ¿Con que necesidad? Para el grafómano Reverte, la historia, más que una disciplina, compete a un pugilato, a una pelea de sospechas donde todos los golpes son permitidos, incluso los más bajos, cuando sacuden a los que se desea abatir o comprometer. Por simple antipatía o por puro odio político. La misma antipatía (o aborrecimiento) que muestra un comentario de Preston a un periodista de El País: « La lectura de los libros donde los anarquistas son descritos como todos buenos me pone fuera de mí.[9] » Fuera de él hasta retomar, en su malévolo libro, las alegaciones falsas – pero sobre todo históricamente grotescas – de un foliculario cualquiera mediáticamente reconocido, dándole así valor. Este « Amor Nuño » que se ha inventado Reverte y que ha reutilizado Preston no ha existido jamás, ni siquiera en estado de esbozo. Fundado en una repulsión compartida, no es más que una construcción imaginaria dirigida a disponer de un « caso » arquetípico de un anarquista perverso (Reverte) o « mentalmente perturbado » (Preston) atestiguando, por su misma negatividad, el carácter forzosamente criminal de toda revolución libertaria.

¿Quién fue, pues, Amor Nuño? Al término del largo estudio que le dedica, Jesús F. Salgado está no sólo en condiciones de desmontar una por una las escandalosas acusaciones que le han cargado Reverte y Preston – volveremos a ellas –, sino de trazar el retrato de un militante anarcosindicalista sinceramente convencido, como muchos otros, finalmente bastante numerosos en el campo libertario, de que todo proceso de ruptura revolucionaria triunfante debe inmediatamente fijar límites, los que impone la condición humana: el rechazo de la violencia indiscriminada y de las ejecuciones sumarias. Este hombre, que han arrastrado por el barro con esa delectación tan particular que utilizan los policías para humillar a sus adversarios, no tenía nada del ejecutor desequilibrado que se le ha hecho. Nada de nada. Al contrario, fue un militante de la CNT de Madrid reconocido y respetado por su talento de organizador por sus compañeros del Sindicato del Transporte, del cual fue miembro desde 1934, fecha en la cual este asturiano se instala en Madrid, hasta mayo de 1939, fecha en la que fue arrestado por los franquistas. Su anteguerra fue del mismo tipo, anarcosindicalista, que la que vivieron numerosos militantes de la CNT de esta época prometedora: luchas, victorias, derrotas, afinidades, y la idea de que llegarían los tiempos de una revolución inédita. Llegaron y con ella las complicaciones. La principal entre ellas estuvo indisolublemente ligada a las circunstancias y, sobre todo, a la lógica confusión que surge, en un espíritu revolucionario, cuando la idea (ofensiva) que se hace de la revolución – un asalto contra el orden del mundo – se confunde repentinamente, y por necesidad, con las realidades de una guerra antifascista cuya salida impone, por fuerza, que los revolucionarios maticen sus aspiraciones de transformación radical del orden social para defender una República que ellos no llevan en su corazón. Esta guerra, que fue civil pero también social, Amor Nuño la vivió, en su lugar, en Madrid, villa donde la CNT estaba lejos de ser la fuerza dominante, como secretario de la Federación Local de sindicatos – y por este título como Consejero de Industrias de Guerra en la Junta de Defensa – y como secretario del Sindicato del Transporte – y, por este título, Consejero de Transportes en la Junta Delegada de Defensa. Finalmente, y a propuesta de su sindicato, termina la guerra como comisario de compañía en el frente del Centro.

El 29 de marzo de 1939, detenido por la Falange, es transferido al campo de Alicante, después al de Albatera. Liberado el 17 de abril, es de nuevo detenido en Madrid el 15 de mayo y pasa el 5 de junio a consejo de guerra, que le condena a muerte. El 5 de agosto, desde la prisión de Porlier, dirige, como dispone el procedimiento, una petición detallada de gracia a Franco. La gracia no llegará nunca, y entretanto Amor Nuño ha rehusado aceptar las propuestas de « colaboración » de sus jueces[10]. El 17 de julio de 1940, es fusilado con otros veinte compañeros contra el muro acribillado de balas del madrileño cementerio del Este. Tenía veintisiete años.

… al verdadero caso Reverte-Preston

El principal interés del libro – uno de los mejores que conozco sobre esta temática en la copiosa producción editorial existente – reside en la muy precisa lección de historia que Jesús F. Salgado administra al dúo Reverte-Preston y a sus fulgurantes concomitancias en la impostura. Para el no basta presumir de historia teniendo página abierta en El País, como Reverte, u ostentar sus títulos de historiador patentado, como Preston, para poder permitirse, sin riesgo, ofender a un muerto sin tener nada para probar las terribles acusaciones que le profieren. Retomándolas una a una, sobre la base de una investigación profunda y de un trabajo archivístico impresionante, Jesús F. Salgado hace, él, obra de historiador: separa los hechos de las presunciones; comprueba los testimonios; elimina la parte de ficción o ideología de las hipótesis planteadas por adelantado, sin pruebas, por Reverte y Preston; señala las falsedades groseras, tan localizables que forman un montón revelando, para quien sabe leer, las intenciones mismas de sus autores; tira de todos los hilos de esta historia para conservar los que no ceden; descubre, como experto de la falsa palabra, los documentos traficados, las versiones inventadas, las fotos retocadas, los episodios olvidados, las mentiras maquilladas de verdad. Hace su trabajo, en suma, lo único que cuenta – o debería contar – para un historiador: « Recuperar los hechos bajo las palabras, la realidad bajo los recuerdos, la verdad bajo la mentira y la fabulación.[11] »

En resumidas cuentas, el trabajo hecho, caen todas las insinuaciones, las descalificaciones, las invenciones, las aproximaciones, las difamaciones acumuladas – bajo dos aproximaciones diferentes pero que se complementan en un mismo deseo de perjudicar – por Reverte y Preston. Al punto de que, después de haber leído el libro de Jesús F. Salgado, no queda nada de sus infamias, excepto el sentimiento persistente de una impostura bastante largamente continuada por un sistema político-mediático donde los ignorantes de la crítica no tienen más existencia en estos tiempos que la que les confiere su mediocre estatuto de ser los valedores de algunas supuestas autoridades del « saber » dominante. Así los mismos que han glosado sobre La batalla de Madrid y El holocausto español no han encontrado tiempo para inclinarse sobre Amor Nuño y la CNT, trabajo ejemplar de contra investigación, del cual el resalta, con pruebas en apoyo (y ellas son extraordinariamente numerosas), que las acusaciones traídas por Reverte y repetidas por Preston en cuanto al rol que habría jugado Amor Nuño – y el de la CNT madrileña en tanto que organización – en el desencadenamiento de la violencia represiva que se apodera del campo republicano durante el asedio de Madrid entre agosto y diciembre de 1936, no se apoyan sobre ningún fundamento.

Y más precisamente:

  • Que Amor Nuño no juega ningún papel directo o indirecto en la detención y asesinato, el 11 y 12 de agosto, de casi 200 prisioneros transferidos de Jaén a Alcalá de Henares. Esta masacre atribuida por Preston a los « anarquistas incontrolados » – y más precisamente a los miembros del Ateneo Libertario de Vallecas – fue, de hecho, dirigida y organizada por los responsables locales del PSOE y del PCE, con la complicidad al menos pasiva del Gobierno republicano, y ejecutada por milicianos socialistas y comunistas ostentando, además, durante la masacre sus rojos emblemas
  • Que Amor Nuño no fue, de ninguna manera, parte activa, ni de cerca ni de lejos, del asalto del 22 y 23 de agosto contra la prisión Modelo y las ejecuciones que se sucedieron. Al contrario, intentó interceder ante las autoridades gubernamentales y judiciales para pararlas. En cuanto a los anarquistas que participan allí, miembros de la FAI especialmente, actuaron más como pacificadores que como ejecutores, como atestiguan numerosos testimonios de prisioneros « fascistas », sistemáticamente ignorados por Reverte y Preston.
  • Que Amor Nuño no estuvo nunca implicado en los paseos y en las ejecuciones sumarias de noviembre y diciembre (Paracuellos y Torrejón de Ardoz). Ningún documento insinúa que haya participado. Además, él no ha participado en la en adelante celebre reunión del 8 de noviembre donde la matanza habría sido decidida y sobre la cual Reverte ha hilvanado su siniestro cargo.
  • Que Amor Nuño usó discretamente sus funciones para proteger, amparar y salvar de la muerte durante toda la guerra a « sospechosos » del otro campo, que a sus ojos no tenían otra culpa que ser curas, monjas, o parientes de militares nacionalistas. La única condición que les exigía era que no llevasen a cabo ninguna actividad contra la República. Numerosos « protegidos » testimoniaron a su favor, pero sin éxito, cuando fue llevado a consejo de guerra, en 1940, por los vencedores.
  • Que Amor Nuño no fue expulsado de la CNT en diciembre de 1936, que no desertó nunca, que no colaboró de ninguna manera con el enemigo, como le imputa Reverte. Después de haber abandonado la Junta de Defensa el 27 de diciembre de 1936, se consagra enteramente a las actividades de su sindicato (el de Transporte), del cual llegará a ser secretario. El 1º de marzo de 1937 fue encargado de representarlo en la Federación Nacional de la Industria del Transporte. Su militancia fue incesante hasta el 5 de marzo de 1939, cuando todos presentían que la guerra estaba perdida.

Se señalará, finalmente, un punto sobre el cual el estudio de Jesús F. Salgado marca un indiscutible avance historiográfico. A través de los datos estadísticos que pone al día – fundados sobre un escrutinio sistemático de querellas y denuncias registradas después de la victoria franquista por las « víctimas » de la « barbarie roja » –, indica que, sobre un total de 4103 casos de ejecuciones o desapariciones que habían tenido lugar en Madrid antes del 7 de noviembre de 1936, en un tercio de los casos, los denunciantes (en general miembros de la familia o amigos de las « víctimas ») son incapaces de identificar a los autores, en otro tercio, las responsabilidades incumben directamente a la Dirección General de Seguridad (policía del Estado) y, en otro tercio, a los grupos ligados a las organizaciones políticas y sindicales identificadas como tales: el 70,97% de los casos proceden de la izquierda marxista (PSOE, UGT, PCE y JSU) y el 27,95% de los anarquistas (CNT, FAI, FIJL y ateneos libertarios). Muy expresivas, estas cifras deberían bastar para reducir a la nada los fantasmas de Reverte y Preston sobre la actividad de los anarquistas de Madrid en materia de depuración, pero es dudoso. Como se duda en general de su predisposición a juzgar solo sobre hechos. Si tal fuera el caso, habrían sentido la obligación de señalar que, tan pronto como fue nombrado delegado general de las prisiones de la provincia de Madrid, el 4 de diciembre de 1936, por el muy anarquista Juan García Oliver, nuevo ministro de Justicia del Gobierno de la República, el libertario Melchor Rodríguez recibió el mandato, y lo aplicó sin faltar a su deber hasta marzo de 1937, de poner fin a toda petición de extracción de prisioneros, viniese de donde viniese[12].

Administrado por ciertos historiadores o cronistas de hoy en día, el pasado se cubre a veces de anatemas que conviene deshacer. Para separar lo verdadero de los falso y, llegado el caso, para lavar la afrenta de los que, objetos de sospecha y sujetos de injuria, acaban por perder, arrojados a esta red de insinuación calculada, lo único que les importaba: el respeto de los demás, de los que se habían creído – y en cierto modo de los que siguen creyendo, incluso fugazmente – que se puede ser anarquista (o haberlo sido) sin tener nada de un asesino. Es a esta tarea difícil pero inmensamente útil a la que se ha dedicado Jesús F. Salgado enfrentándose a la fuerza de la mentira, destejiendo todo sus hilos y, de este modo, reestableciendo en su honor el pasado muy recomendable de un militante anarcosindicalista madrileño de los tiempo de guerra, Amor Nuño, que los fascistas mataron en 1940 y que las indignas prácticas de dos histriones de la historia y de la crónica han tratado de reducir a una siniestra caricatura.

Si la Historia, con mayúscula, se parece a menudo, como decía Walter Benjamín, al « relato apologético del poder » contado por los vencedores, la « realidad histórica », incluso en la «contra-historia» de los vencidos, se aparenta también a una creación humana donde la ideología siempre tiene su parte, parte importante en general, incluso cuando se la esconde bajo pretensiones objetivistas. Reverte y Preston son, cada uno en su registro y a su modo, dos sostenedores del viejo mito antifascista de la guerra justa descarriada por incultos revolucionarios – los anarquistas y algunos otros – cuya radicalidad habría hecho el juego al fascismo contra la democracia. La cantinela es tan antigua como la historiografía de la guerra de España. Ha sido susurrada por la antigua escuela liberal anglo-sajona de los años 1960, berreada por la cuadra eurocomunista de los años 1970, salmodiada por los creadores de opinión mediática de la « transición democrática », arrullada por los neo-mandamases social-liberales de la Alma Mater y acompasada por los teóricos post-modernos de la muerte del sujeto. Con la misma arrogancia satisfecha y olvidando, para citar a Bourdieu, que « los intelectuales se encuentran siempre de acuerdo en dejar fuera del juego su propio juego y sus propios objetivos »[13], Reverte y Preston han tomado finalmente su lugar en esta amable cohorte. Añadiendo más bajeza, solo eso.

Esto es lo que prueba ampliamente, y de una vez por todas, la investigación, excelente de principio a fin, de Jesús F. Salgado, que además nadie en nuestro conocimiento ha contradicho. Lo que, en verdad, no quiere decir nada quedando entendido que se le ha aplicado « la almohada del silencio »[14] mediático, la que ahoga la crítica para que no que no sea audible. Se puede apostar, pues, que Reverte y Preston continuaran aumentando sus cuentas con sus cuentos, incluso si, desde el fondo de una oscura sala de redacción o desde las gradas de un luminoso anfiteatro, en lo sucesivo, se arriesgan a oír ciertas injurias o risas burlonas.

Freddy GÓMEZ, Septiembre 2015 [Traducido del francés por Ángel Rojo]

http://www.contretemps.org/spip.php?article576

[1] Nacido en 1948, Jorge Reverte, un ex comunista, inició su carrera en la literatura policíaca en los primeros años de la « transición democrática » y el neo-marxismo cajón de sastre de una época tan mediocre que no produjo nada… Posteriormente, ha compaginado a gusto sus actividades de comentarista periodístico y de ensayista aproximativo, asegurado que, un pie en cada mundo, los reenvíos de ascensores no faltarían. Sobre la guerra de España, el personaje ha escrito una trilogía, ensalzada por sus pares, pero igualmente elogiada por historiadores de renombre: La batalla del Ebro (2003), La batalla de Madrid (2004), La caída de Barcelona (2006). Golpe ganador, y en todos los frentes.

[2] Sobre este extraño documento, Jorge M. Reverte se bastó con afirmar, sin indicación que permita localizarlo, que el documento que establece la culpabilidad de Amor Nuño se encontraría en los archivos de la CNT conservados en la Fundación Anselmo Lorenzo (Madrid), cuyo fondos contienen … varios cientos de miles de otros.

[3] Amor Nuño aparece en un lugar muy modesto en las « memorias » de militantes libertarios más conocidos y algunos ensayos o estudios históricos: Madrid, corazón que se desangra (Gregorio Gallego); Nosotros los asesinos y La muerte de la esperanza (Eduardo de Guzmán); Memorias de un condenado a muerte (José E. Leiva); Memorias de guerra, cárcel exilio de un anarcosindicalista (Cipriano Mera); La CNT en el revolución española (José Peirats); Los anarquistas españoles y el poder (César M. Lorenzo); Esbozo de una enciclopedia histórica del anarquismo español (Miguel Iñiguez).

[4] Remitimos, en este tema, a « Guerre civile : les soubresauts d’une histoire sans fin » (Freddy Gómez) – À contretemps, No. 25, enero 2007, pp. 3-6 – y « Mai 37 et l’Alma Mater : du néo-mandarinat stalino-liberal » (José Fergo) – À contretemps, No. 32, octubre 2008, pp. 8-10. En el caso más específico del tratamiento biográfico, propiamente escandaloso, de José Peirats por el universitario Enric Ucelay-Da Cal, se remite al lector a  « La segunda muerte de José Peirats » (Freddy Gómez) – À contretemps, No. 38, septiembre de 2010, pp. 9-15: http://acontretemps.org/spip.php?article312

[5] Edward H. Carr, Qu’est-ce que l’histoire ?, La Découverte, 1988.

[6] Paul Preston, El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después, Madrid, Debate, 2011.

[7] Esta calificación fue empleada en 1968 por Chomsky para definir una tradición historiográfica de la que Gabriel Jackson, autor de La República española y la Guerra Civil (1965), era entonces una de las principales figuras. Ver Noam Chomsky, « Objetividad y cultura liberal », extracto de American Power and New Mandarins (1969), El Movimiento libertario español, suplemento de Cuadernos de Ruedo ibérico, París, Ruedo ibérico, 1974, pp. 47-80.

[8] Tomás Ibáñez, Contra la dominación. Variaciones sobre la salvaje exigencia de libertad que brota del relativismo y de las consonancias entre Castoriadis, Foucault, Rorty y Serres, Barcelona, 2005, Gedisa. Sobre Tomás Ibáñez, se remite al artículo « Una salvaje exigencia de libertad » (Patricia Amigot, Libre Pensamiento, n° 50, invierno 2006), al dossier del número 24, septiembre 2006, de À contretemps – especialmente al artículo « De l’hétérodoxie comme méthode » (Freddy Gómez), p. 5 – y al número 39 de la misma revista, enero 2011, que le está enteramente dedicado. Los textos de À contretemps son consultables en http://www.acontretemps.org/

[9] Paul Preston, entrevista con Juan Cruz en El País Semanal, 17 de julio de 2011. Nótese, de paso, que en una larga y pertinente recensión de El holocausto español publicada en línea (en español) en la web « RdL » (Revista de Libros), el historiador escocés-español Julius Ruiz subraya que « Preston utiliza de una manera vaga términos como “sádicos” y se utilizan casi siempre para describir a los anarquistas. Las antipatías de Preston hacia el movimiento anarquista (CNT-FAI) se ponen muy claramente de manifiesto en El holocausto español ».

http://www.revistadelibros.com/discusion/historia-militante-y-guerra-civil-el-holocausto-espanolde-paul-preston

[10] Como señala justamente Jesús F. Salgado, esta actitud – que fue también la de Juan Peiró que preferirá, en las mismas circunstancias, la muerte a la traición – califica el valor de un hombre que se juzga por sus obras. Salvo cuando el juez se llama Reverte.

[11] Pierre Vidal-Naquet, Les Juifs, la mémoire et le présent, La Découverte, 1991, tome 1, p. 11

[12] Lo que permite a Preston, insinuar, retomando una antigua cantinela estalinista, que el ejemplar Melchor Rodríguez – apodado el « Ángel Rojo » – debía tener connivencia con la « quinta columna »! Como sea, ejecutores o pacificadores, los anarquistas son siempre perros para el so british historiador.

[13] Pierre Bourdieu, Questions de sociologie, 1984.

[14] Se le debe la expresión al honorable Pierre Vidal-Naquet.