PRISIONERO DE FRANCO Los anarquistas en la lucha contra la dictadura Miguel García García (Traducción y notas de José Ignacio Álvarez Fernández). eBook £1.50 (see eBookshelf)

MiguelCoverSpanishsmallPRISIONERO DE FRANCO Los anarquistas en la lucha contra la dictadura por Miguel García García (Traducción y notas de José Ignacio Álvarez Fernández)  eBook £1.50 (see eBookshelf)  Also available from Kobo    Check out other Christiebooks titles HERE 

El presente testimonio narra la aventura vital del joven libertario Miguel García, fallecido en Londres en 1981. Miguel García forma parte de una generación excepcional de combatientes que dedicaron su vida a luchar contra el fascismo y a lograr una sociedad más justa y libre. Este testimonio, aparecido en Inglaterra en 1972 bajo el título de Franco’s Prisoner, y nunca antes publicado en español. En él García rememora sus años de lucha durante la guerra civil, su internamiento en diferentes campos de concentración, y su participación en la resistencia antifranquista formando parte del grupo guerrillero Talión, motivo por el que será condenado a la pena de muerte en 1952 y que posteriormente le fue conmutada. En total veinte años de penalidades en las mazmorras de la dictadura hasta su excarcelación en 1969. El horror y la brutalidad del universo totalitario franquista que aparece retratado en este libro nos confronta con el destino de los perdedores, de los vencidos, tan alejado del fulgurante triunfo, y con la disyuntiva de cómo sobrevivir y mantener viva la esperanza después de una derrota que supuso el fin del sueño igualitario por el que habían luchado millones de liberales, republicanos, marxistas y libertarios españoles. — José Ignacio Álvarez Fernández

MiggersConocí a Miguel García a mediados de los años sesenta en la primera galería de la cárcel de Carabanchel, en Madrid. Estaba en tránsito hacia la séptima galería que era donde se cumplía lo que se conocía como «periodo», que consistía en dos semanas de aislamiento para, supuestamente, prevenir o limitar la propagación de enfermedades. Al ser el enfermero de la séptima galería me permitían desplazarme por casi toda la cárcel y hacer de enlace con otros compañeros que estaban en diferentes salas, especialmente con los presos que permanecían aislados por estar en tránsito o con los que permanecían en régimen de aislamiento. En Carabanchel, así como en Yeserías, el Hospital Penitenciario madrileño más importante de España, estuvo Miguel en diferentes ocasiones a lo largo de su peregrinaje por las cárceles españolas.

MigPress1952
Noticia de La Vanguardia que informa de lkas ejecuciones de anti-franquistas y la conmutación de la pena capital a Miguel García García.

Miguel y yo nos hicimos muy buenos amigos, una amistad que duraría hasta su muerte, ocurrida en 1981, década y media después de habernos conocido. Lo que más me impresionó de Miguel cuando nos vimos por primera vez fue la fuerza indudable de su carácter —forjado en la Resistencia y la guerrilla urbana, así como en su trabajo de «falsificador», y en sus experiencias en las cárceles de Franco— y la extraordinaria calidad de su inglés hablado, una lengua que había adquirido en su totalidad de los presos de habla inglesa. De los presos políticos que conocí durante mis tres años en las cárceles franquistas, ninguno demostró tener ni el dominio de la lengua ni las habilidades de comunicador de Miguel. Nuestras conversaciones se centraban en cómo exponer el carácter represivo del régimen franquista y elevar el perfil de los presos políticos de Franco en los medios de comunicación internacionales, algo que yo estaba en condiciones de lograr dada mi posición como preso político extranjero y la extensa red de amistades que tenía para entonces entre los funcionarios de Carabanchel.

En 1967 después de ser indultado por Franco, salí en libertad y, a mi regreso a Gran Bretaña, me comprometí con la resucitada Cruz Negra Anarquista, asociación que se dedicaba a ayudar a los presos. Aunque el foco de nuestras actividades estaba en el ámbito internacional los presos franquistas eran, como es natural si tenemos en cuenta mis experiencias y la continuación e intensificación de la represión en España, una parte fundamental de los temas que nos ocupaban y preocupaban. El caso de Miguel García, uno de los corresponsales más destacados de la Cruz Negra Anarquista, lo publicitamos con bastante asiduidad a través de la prensa internacional y también por medio de los canales diplomáticos.

Miguel vino a vivir conmigo a Londres cuando salió en libertad en 1969, después de haber cumplido veinte años de los treinta a los que había sido condenado tras la conmutación de su pena de muerte. Una vez libre, le llevó algún tiempo acostumbrarse a las profundas transformaciones sociales y tecnológicas que habían ocurrido en el mundo desde su detención a temprana edad en la Barcelona de 1949, transformaciones y cambios que eran si cabe más profundos en la «tolerante» y «permisiva» sociedad londinense de 1969. De hecho, su experiencia había sido tan traumática que, literalmente, fue incapaz de articular palabra durante meses. El choque de su puesta en libertad había provocado una parálisis en alguno de los músculos de su garganta. A través de Octavio Alberola, que vivía entonces bajo arresto domiciliario en Lieja, hicimos una cita para que Miguel pudiera consultar sobre su estado a un especialista en Bélgica. Octavio aprovechó la ocasión para poner al tanto a nuestro amigo de los cambios ocurridos dentro del movimiento europeo. También le informó del papel jugado por el Movimiento Revolucionario de Solidaridad Internacional, compuesto por los miembros del Grupo Primero de Mayo, continuación del grupo clandestino anarquista Defensa Interior (DI), en el intento de asesinato de Franco.

El Grupo Primero de Mayo había surgido recientemente del movimiento español y nacía como una organización con vocación internacionalista, anticapitalista, antiimperialista y revolucionaria, preparada para llevar a cabo acciones directas y espectaculares. Su nombre procedía de la primera operación llevada a cabo por el grupo el 1 de mayo de 1966, cuando miembros de esta organización secuestraron al consejero eclesiástico de la Embajada española en el Vaticano, monseñor Marcos Ussía. El grupo comenzó muy pronto a ampliar su área de acción atacando, especialmente, a Estados Unidos y a los gobiernos europeos por su complicidad en la guerra imperialista contra Vietnam.

De vuelta a Londres, principalmente con el apoyo moral y financiero del compañero Albert Meltzer, mi coeditor de Bandera Negra y la fuerza motriz detrás de la resucitada Cruz Negra Anarquista, Miguel entró en una nueva y activa fase de su vida como Secretario Internacional de la CAN y como figura central de la resistencia libertaria al régimen de Franco. Viajó por toda Europa en compañía de Albert Meltzer para hablar sobre el anarquismo y sobre la solidaridad internacional a una nueva generación de jóvenes europeos radicalizados y, por supuesto, para explicarles la necesidad de luchar contra la tiranía a través de la acción directa y la unidad de acción.

Se puede argumentar que las iniciales charlas de Miguel —en una atestada sala de reuniones en las oficinas de Freedom Press en la Whitechapel High Street de Londres en febrero de 1970, poco después de su llegada a Gran Bretaña— favorecieron el nacimiento de la llamada «Angry Brigade» (Brigada de la Cólera), la primera guerrilla urbana nacida en Inglaterra. Aunque me correspondió a mí llevar el peso de las charlas, ya que Miguel no podía por problemas con la voz, estaba claro que el relato de sus aventuras y privaciones a manos de las autoridades franquistas, unido al hecho de que mostraba un espíritu revolucionario y una determinación a prueba de bomba, había causado una profunda conmoción en la audiencia formada aproximadamente por medio centenar de jóvenes. Aquella inexperta audiencia tenía enfrente a una persona que había pagado un alto precio por rebelarse y luchar abiertamente contra el poder fascista. La lucha de la que Miguel hablaba no era una batalla anacrónica ya que Franco aún estaba en el poder, razón por la cual se creó el nuevo grupo anarquista Primero de Mayo, coordinado a nivel internacional, y encargado de continuar la lucha en favor del pueblo español.

Aquella noche de febrero de 1970, en Freedom Press, no podía pasar desapercibida para las personas que estaban amontonadas en una pequeña habitación para escuchar la historia de Miguel García, la importante tradición de lucha de la que surgía tanto el Grupo Primero de Mayo como el propio Miguel. Alguno de los asistentes, como John Barker, Hilary Creek, Jim Greenfield, Anna Mendelson, pertenecían al núcleo de activistas que serían más tarde condenados en el histórico juicio contra la «Angry Brigade».

En su apartamento de Upper Tollington Park, cercano a Finsbury Park, en el norte de Londres, Miguel empezó muy pronto a recibir visitas de anarquistas procedentes de todas partes del mundo. También comenzó a llamar la atención de la policía, una vez que puso en marcha en Londres, con la ayuda de Albert Meltzer, el Centro Ibérico y el Centro Libertario Internacional, lugares de encuentro a los que acudían anarquistas de todos los lugares; hacía muchos años que no tenía Londres un club internacional anarquista. El éxito de estos centros se debió enteramente a la poderosa personalidad de Miguel.

El Centro Ibérico, situado a partir de 1971 en un amplio sótano de Haverstock Hill, recibió a gente de extraordinaria valía, incluidos sobrevivientes de numerosas convulsiones políticas. Entre los visitantes cabe destacar el militante anarquista e historiador José Peirats y Emilienne Durruti, compañera de Buenaventura Durruti. Otro asiduo al Centro Ibérico fue Pedro Ignacio Pérez Beotegui, alias Wilson, que había participado en los preparativos del atentado contra el amigo y segundo de a bordo de Franco, el jefe de gobierno y almirante Luis Carrero Blanco, realizado por ETA en diciembre de 1973. El nuevo centro fue enteramente una creación de Miguel, a cuya atención se dedicó en cuerpo y alma, hasta el punto de rechazar cualquier otro trabajo que pudiera reportarle algún beneficio económico nada desdeñable en un momento en que por su edad ya debería estar retirado y disfrutando de su jubilación. No obstante, Miguel no se quedó enteramente desprotegido ya que gracias a la ayuda de Albert obtuvo una pequeña pensión del gobierno británico. Phil Ruff, el dibujante de Bandera Negra que compartía el apartamento de Upper Tollington Park con Miguel después de que Albert se mudara a Lewisham, recuerda haber acompañado a Miguel durante la década de los setenta casi todas las noche en sus interminables caminatas de Finsbury Park a Haverstock Hill con el único fin de que el centro estuviera abierto y listo para recibir a cualquier persona que se dejara caer por allí. Normalmente, Phil y Miguel estaban más solos que la una, pero si por casualidad alguien aparecía por el centro, Miguel le daba inmediatamente la bienvenida, le preparaba una paella y comenzaba a ejercer sus dotes de embrujador con el recién llegado. Sin duda era un gran comunicador y habría sido un gran mediador en casos de secuestros. Todas las personas que lo conocían abandonaban el centro pensando que eran sus amigos más íntimos y habrían estado dispuestos a hacer lo que fuera por ayudarle. Miguel tenía esa rara cualidad de hacerte creer que eras su mejor amigo, incluso aunque acabara de conocerte. Convirtió aquel sótano en un sitio internacionalmente conocido al que era necesario acudir si se necesitaba ayuda en Londres; un lugar para ser bien recibido, para encontrar comida y cobijarse temporalmente. Allí reunió a gente de todo el mundo, convirtiendo el centro en el origen del trabajo en común de muchos grupos afines que operaban en América Central, América del Sur y Europa.

En 1970-1971, mientras trabajaba en Fleet Street haciendo reportajes por teléfono y tomando notas para el periódico británico de extrema derecha The Daily Sketch, Albert Meltzer, después de muchas razones y argumentos —y hay que decir que Miguel podía ser tremendamente polémico y agresivo en sus discusiones— convenció finalmente a Miguel para que escribiera sus memorias. Y así fue como la Asociación de Prensa ayudó, sin saberlo, con su tiempo y dinero a la preparación de lo que iba a ser Franco’s Prisoner manuscrito elaborado y pasado al ordenador por Miguel y Albert en uno de los cuartos traseros en desuso de The Daily Sketch, uno de los periódicos conservadores y populistas más importantes de Gran Bretaña. Franco’s Prisoner fue publicado en 1972 por Rupert Hart-Davis, que originalmente se iba a encargar de la publicación de mi libro The Christie Files. En el último minuto la editorial rechazó la publicación por considerarlo demasiado polémico.

Además de proporcionar amplio asesoramiento en temas que iban desde el aborto a la asistencia jurídica para los okupas, Miguel jugó un papel clave en aquel entonces en muchas de las campañas internacionales iniciadas por la organización Cruz Negra Anarquista. Participó en diferentes campañas, entre las que cabe citar las de apoyo a Julián Millán Hernández y Salvador Puig Antich en España, y las de Noel y Marie Murray, miembros del Grupo Anarquista de Dublín que habían sido condenados a muerte en Irlanda por su presunta participación en el asesinato de un oficial de Garda —fuera de servicio en ese momento— durante un atraco a mano armada perpetrado en Dublín en 1975. Salvador Puig Antich había acompañado con regularidad a Albert y Miguel en algunas de sus giras por Gran Bretaña. De vuelta a Francia, en agosto de 1973 para participar en una conferencia de jóvenes activistas que iban a crear el grupo de defensa anarquista conocido como MIL (Movimiento Ibérico de Liberación), Salvador Puig Antich se vio envuelto en una serie de espectaculares expropiaciones bancarias ocurridas en Cataluña y el sur de Francia. En septiembre de 1973, sin embargo, Puig Antich cayó en una emboscada de la policía en la barcelonesa calle Gerona, Antich resultó herido y un policía franquista cayó muerto en el tiroteo. Puig Antich, de 25 años de edad, murió a garrote vil en la prisión Modelo de Barcelona el 2 de marzo de 1974.

Después del golpe militar argentino el 24 de marzo de 1976, Miguel convenció a un gran número de personas para que «perdieran» voluntariamente su pasaporte para que pudieran ser utilizados por aquellos que los necesitaran para poder escapar de la Junta Militar. En julio de 1976 instaló una imprenta en el sótano del Upper Tollington Park e imprimió una serie de libros anarquistas en español, entre los que estaban Anarquismo y lucha de clases (traducción al español de The Floodgates of Anarchy, escrito por Albert Meltzer y yo mismo) que luego distribuyó en España. Además de imprimir documentos de identidad también reunió a un grupo de jóvenes compañeros españoles en Londres para producir su propio periódico anarquista Colectivo Anarquista.

Al final de 1970 Miguel regresó a su Barcelona natal donde, financiado por el escritor español y ex diplomático José Martín Artajo, hijo anarquista del ministro de Asuntos Exteriores de Franco Alberto Martín-Artajo, cumplió una de las ambiciones de su vida: abrir su propio bar. «La Fragua» —antigua forja situada en el número 15 de la calle de la Cadena en el distrito del Rabal, no lejos de donde los pistoleros de la patronal catalana abatieron a tiros al conocido líder de la CNT Salvador Seguí y a su amigo Francesc Comes— abrió sus puertas en 1979. Como ocurrió con el Centro Ibérico, «La Fragua» se convirtió en una meca para los anarquistas y libertarios de todo el mundo, y un importante punto de encuentro para los grupos activistas anarquistas del denominado «sector Apache», centrado alrededor de la figura de Luis Andrés Edo en Barcelona.

La humanidad de Miguel era lo más característico de él, eso y su tenacidad y capacidad para continuar sobreviviendo en contra de todos los pronósticos. Miguel fue, sin duda, una figura muy importante para la radicalizada generación de los años sesenta y setenta. Los años de riñas y peleas internas que caracterizaron la vida del Movimiento Libertario Español en el exilio no le hicieron mella, pues salió de la cárcel con el mismo espíritu de lucha con el que fue encerrado. La respuesta de Miguel ante cualquier situación extrema era siempre la misma, «¡debemos hacer algo!». Su trabajo en la Cruz Negra —proporcionando ayuda práctica a los presos libertarios de todo el mundo y haciendo de la solidaridad un trampolín eficaz para la acción militante— influyó en una nueva generación de anarquistas no sólo en España sino en muchas otras partes del mundo, como Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Italia y Alemania Occidental.

Miguel se estableció en Barcelona cuando yo estaba viviendo en la parte norte de la isla de Sanday, pero nos encontrábamos siempre que podíamos. En 1980, mi compañera Brenda fue invitada por Miguel a trabajar con él en «La Fragua» durante seis meses para ayudarle a mejorar el menú del bar. Las habilidades culinarias de Miguel, adquiridas en las cárceles franquistas durante un periodo histórico de grandes necesidades, dejaban mucho que desear. Fue un domingo, una tarde de diciembre de 1981, cuando recibí una inesperada llamada telefónica de Miguel anunciándome que estaba de vuelta en Londres, y que se encontraba en una casa de reposo recibiendo tratamiento para su avanzada tuberculosis. Me alegró saber de él y charlamos de diferentes cosas, pero de nada en particular, razón por la que me extrañó su llamada ya que, normalmente, cuando Miguel llamaba era para cosas bien concretas, hacer arreglos, gestionar algún asunto, etc. Pero en esta ocasión se trataba simplemente de hablar, nada más. También habló con Brenda, una vez más sobre nada en particular, y ella le prometió que le escribiría una de sus largas y prolijas cartas, lo que hizo al día siguiente. Por desgracia, Miguel no la llegó a recibir nunca ya que murió durante las primeras horas de la mañana siguiente.

La vida de Miguel García es un buen ejemplo de lo que debe ser la praxis anarquista. Ni una teoría dictada por los «hombres de ideas», ni una estrategia ideológica, sino la actividad de la gente común adoptando, en igualdad con los demás, todas las medidas que puedan para liberarse de las relaciones sociales que constituyen y constriñen nuestra vida. La vida de Miguel García fue tal vez muy dura, pero valió la pena ya que fue una inspiración para todos nosotros.

STUART CHRISTIE

Londres, 12 junio de 2010