MELCHOR RODRÍGUEZ (‘El Ángel Rojo’) and ‘Los Libertos’ by Alfonso Domingo. Translated by Paul Sharkey. eBook £1.50 (see eBookshelf)

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‘You can die for an idea, but never kill’: Madrid City Council has approved the naming of a street after Melchor Rodriguez García (1893, —February 14, 1972) anarchist militant, former bullfighter, Director-General of Prisons in Madrid during the early part of the Spanish Civil War, and the last Republican Mayor of Madrid. Also known as El Ángel Rojo (‘The Red Angel’) he was responsible not only for the prisoners’ security and prevention of escapes, but – more importantly – for preventing their extra-judicial murder by political opponents and vigilante lynch mobs. The most notable of such incidents occurred following an air raid on Alcalá de Henares air base when a group of protesters, some them armed, arrived at the prison, stormed the gates demanding that the cells be opened and the nationalist (fascist) prisoners be handed to the crowd. Melchor Rodríguez rushed from Madrid to the prison and confronted the crowd, ordering them to disperse, telling them he would rather arm the prisoners than hand them over to the mob. Among the saved prisoners were rightist General Valentín Gallarza, notable football player Ricardo Zamora, politician Ramón Serrano Súñer, Rafael Sánchez Mazas and Raimundo Fernández-Cuesta. During his term as DG of Prisons, Melchor Rodríguez García also revealed that José Cazorla Maure, a counsellor of state security of the Council of Defence of Madrid was running a network of private, illegal prisons (chekas) under the control of the Communist Party of Spain. Later in the war he became one of Madrid’s counsellors, on behalf of the Iberian Anarchist Federation. After the fall of Madrid in 1939 it fell to him, as Mayor, to officially pass the city administration over to the Francoist victors.

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Melchor Rodríguez nació en el sevillano barrio de Triana en 1893. Tempranamente se quedó huérfano de padre al fallecer éste en un accidente en los muelles del Guadalquivir.
Envuelto en la pobreza, ve en los ruedos un camino para sacudirse la miseria, y movido por su afán abandona su casa y empieza una gira de capea en capea. En la enciclopedia taurina Cossio, se cita a Melchor como el único que alternó la lidia de reses bravas con las actividades políticas.

En Madrid, trabajando como chapista, entra en contacto con los círculos libertarios, teniendo el carné nº 3 de la Agrupación Anarquista de la Región Centro, y llegando a ser el presidente del sindicato de carroceros. En las filas de la CNT comienza una lucha a favor de los derechos de los presos, incluso de los presos de ideologías contrarias. Lo que le hace merecedor de encontrarse tras las rejas en multitud de ocasiones a lo largo de la monarquía incluso durante la República.

Comenzada la Guerra Civil española, es nombrado director general de prisiones, pues conocía a los funcionarios de prisiones y las cárceles como su propia casa. Tomó posesión el 17 de noviembre de 1936.

Su valentía y humanidad van a ser decisivos para atajar los crímenes masivos que en nombre de las organizaciones obreras y de la llamada Revolución se estaban cometiendo en el bando republicano. Hasta el 1 de marzo de 1937, en el que el nuevo gobierno socialista títere de los comunistas, Negrín, lo destituye.

Apenas había durado tres meses en el cargo, pero ese tiempo había bastado para salvar miles de vidas, que desde entonces lo conocerían con el apelativo cariñoso del “ángel rojo”. Muchos de sus correligionarios, sin embargo, le acusaban de ser el ángel traidor, pues incluso en esos terribles años de ceguera sectaria, para Melchor, toda vida humana era sagrada. No le perdonaron que salvara a Fernández Cuesta (nº 2 de Falange), a Muñoz Grandes (el general de la División Azul), a Javier Martín Artajo (diputado de la CEDA), a los hermanos Quintero (famosos comediógrafos)…

Pero el episodio, por el cual hasta la Asamblea de las Naciones Unidas le ha distinguido, sucedió el 8 de diciembre de 1936, en la cárcel de Alcalá de Henares: dos días antes de había asesinado a los 319 presos de la cárcel de Guadalajara. Tras un bombardeo del ejército nacional en Alcalá, de nuevo la consigna se apoderó de las masas enfervorecidas: “¡A la prisión, a no dejar un preso con vida!”. El alcalde y el director d ela prisión se consideraron impotentes para frenar a la milicia de obreros. Cuando ya estaban a punto de abrir las celdas, se presentó Melchor dispuesto a parar esa locura. Se interpuso con su cuerpo, y gritando que si alguien quería matar a un solo preso, primero tenía que acabar con él. Tras horas de discusión, amenazas de muerte contra él, y apuntándole todos los fusiles, consiguió disolver a los violentos. Ese día salvó la vida de 1.532 personas. Recibió el reconocimiento de multitud de embajadas de países europeos e iberoamericanos, e incluso de D. Juan de Borbón.

Tras su destitución por los comunistas fue nombrado delegado de cementerios, trabajó como todos los suyos, se tomó muy en serio. Él mismo revisaba los nichos y sepulturas. Con la entrada de las tropas de Franco, y a pesar de disponer de coche, por su cargo oficial, se quedó en Madrid. En noviembre de 1939 fue juzgado por un consejo de guerra. Incluso el fiscal destacó sus grandes virtudes cristianas. Pero la injusticia franquista fue implacable. Seis años de cárcel. Después vivió modestamente como empleado de seguros, rechazando toda ayuda económica. En una ocasión quisieron remunerarle por el acierto de Melchor en un slogan que anunciaba anís. No aceptó ningún cheque. Acogió en su modesto piso a un banderillero y su mujer, amigos de juventud que se habían quedado en la ruina.

Un día, al volver a casa, encontraron a Melchor desmayado y caído en el suelo, con una herida en la cabeza. Lo trasladaron al Hospital Francisco Franco y allí fue a verle su íntimo amigo Javier Martín Artajo (Ministro de asuntos exteriores). Cuando Melchor recobró la lucidez charlaron largo rato. Martín Artajo llevaba una corbata con los colores anarquistas, y también un crucifijo. Al final de la conversación, Melchor Rodríguez besó la imagen. Descansó en paz en 1973. Su entierro, sencillo, tuvo rango de funeral de Estado, con presencia de ministros, anarquistas, jerarcas, expresos de varias ideologías y supervivientes de las cárceles del 36. Sobre su ataúd cubierto con la bandera anarquista y con un crucifijo, se rezó un Padrenuestro multitudinario y se cantó el himno anarquista, con la hermosa música de la Varsoviana: “Negras tormentas agitan los aires…”