EL AÑO DE LA VICTORIA. Memorias de la Guerra Civil Española 1936-39 Eduardo de Guzmán. eBook £1.50 (see eBookshelf)

AnodelaVictoriaEL ANO DE LA VICTORIA. Memorias de la Guerra Civil Española 1936-39 por Eduardo de Guzmán. 

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Nacido en Villada (Palencia) en 1909 pero residente en Madrid hace medio siglo, Eduardo de Guzmán inicía muy joven sus actividades profesionales trabajando en diversos periódicos. En 1930 es nombrado redactor jefe del diario madrileño «La Tierra», cargo que desempeña durante cinco años. En 1935 pasa a «La Libertad» como editorialista y redactor político. En febrero de 1937 se le designa director del periódico matutino «Castilla Libre», órgano de la C.N T en la capital de España.

THE YEAR OF VICTORY is the second volume (in Spanish) of Eduardo de Guzmán’s riveting memoir, telling the story of Spain’s social revolution and Civil War, and the aftermath of the Francoist victory. It gives an unputdownable first-hand account of the tragic fate of defeated republican prisoners detained at the port of Alicante on 1 April 1939. Guzmán’s richly descriptive story of their gruelling three-month odyssey which took them, from Alicante, through the horrors of the Los Almendros and Albatera concentration camps, to their ultimate destination, a sinister Falangist building in Madrid’s Calle de Almargo. The book exposes the entire repressive apparatus of Francoist bloodlust in the aftermath of ‘victory’.

The author was editor of the Madrid-based Castilla Libre, the daily newspaper of the revolutionary workers’ union, the National Confederation of Labour (CNT), between February 1937 and March 1939. For me he is the Spanish Solzhenitsyn – the chronicler and indicter of one of Europe’s most enduring and bloodsoaked fascist regimes, one that killed more Spaniards than Hitler killed Germans. Guzmán’s insights and painstaking descriptions of his fellow prisoners, guards, conditions of confinement – the whole world of captivity – had me gripped all the way, from the fall of Alicante until the moment he and his comrades are delivered into the hands of the triumphalist, spiteful secret police and Falangist captors. My personal memories date from 24 years after the events described here — and are nowhere near as dramatic — but all the same I recognise each and every one of the situations and characters — oppressors and victims — and empathise with the latter every step of the way. One Day in the Life of Ivan Denisovich exposed the brutalities of Stalin’s faraway prison system, Guzmán’s The Year of Victory does the same for Franco’s ignored gulag archipelago just the other side of the Pyrenees. The pity is that this three-volume Civil War masterpiece — La muerte de la esperanza (1973); El año de la victoria (1974) and Nosotros los asesinos: memorias de la guerra de España (1976) — remains more or less unrecognised in the very country whose history, vast areas of which still remain suppressed today — albeit more subtly — he tells so movingly.

I: EL CAMPO DE LOS ALMENDROS

los almendros 3
Memorial plaque to the prisoners of Los Almendros concentration camp, Alicante

Atrás, en los muelles, dejamos los cuerpos de cuantos no quisieron o no pudieron sobreponerse al dolor y vergüenza de la derrota. Junto a ellos, con ellos, tan muertos como ellos, quedan nuestras ilusiones de treinta y dos meses de lucha; más aún, las esperanzas acariciadas amorosamente durante toda la vida por millones de liberales, republicanos, marxistas y libertarios españoles.

Abandonamos el puerto entre una doble fila de soldados enemigos. Caminamos despacio y en silencio. No tenemos prisa por llegar a ningún sitio ni ganas de pronunciar una sola palabra. Cada uno carga con lo poco que pudo salvar del general naufragio, con lo que hace días pretendía llevarse para iniciar una nueva vida en tierras lejanas y extrañas: una maleta, un macuto, unos papeles o unas mantas. Muchos van con las manos tan vacías como su propio espíritu en esta hora de hundimiento moral y material. Sobre todos pesa, con mayor carga que los livianos equipajes, la abrumadora convicción de haber sido vencidos.

—Pronto envidiaremos a los muertos.

La amarga frase, escuchada momentos antes, continúa resonando en mis oídos. Empieza ya a ser realidad para mí. Envidio en este segundo a quienes, como Mariano Viñuales y Máximo Franco, se quitaron la vida de un pistoletazo como última protesta contra el fascismo triunfante. Envidio con mayor fuerza aún a cuantos murieron luchando durante los años precedentes, con un arma en las manos, alentados por una fe inquebrantable en el triunfo próximo de las ideas regadas con su propia sangre, seguros de que su sacrificio no resultaría estéril.

— Nosotros no tendremos ni siquiera ese consuelo.

Inevitablemente recuerdo la discusión sostenida hace una hora escasa entre adversarios y defensores del suicidio. Sesenta minutos atrás estaba convencido de la razón de los primeros y de la fuerza irrefutable de unos argumentos que en gran parte coincidían con los míos. Empezando por reconocer y proclamar que no teníamos salvación posible y que los días, semanas o meses que durasen nuestras vidas habrían de ser una ininterrumpida sucesión de dolorosas torturas, afrontábamos el seguro calvario como un servicio —último y definitivo— a la causa que todos habíamos defendido con uñas y dientes.

— Yo no les ahorro crímenes —resumía su postura Manuel Amil—. Si me quieren muerto, tendrán que matarme.

Era, en apariencia al menos, un argumento de peso: un suicidio colectivo despejaría de obstáculos el camino que nuestros adversarios se disponían a recorrer, al no tener que cargar con nuestra sangre sobre su conciencia. Como lo tenía el esgrimido por Juan Ortega, que aspiraba, con su entereza en el sacrificio y dignidad para afrontar la muerte, a convertirse en lección y ejemplo para quienes —menos formados ideológicamente— sufrieran y muriesen a su lado. Aunque más claramente político, nadie podía negar valor al razonamiento de muchos —Rubiera, Antona, Zabalza, Mayoral, Molina y Acero, entre otros — de que nuestra estancia, por breve que fuese, en campos, comisarías y cárceles refutaría la propaganda adversaria de la huida en masa de cuantos desempeñaron algún cargo, dejando abandonados a los simples soldados. Incluso la opinión de los militares profesionales —Burillo, Fernández Navarro u Ortega— de que sus fusilamientos demostrarían al mundo que el fascismo violaba todas las leyes de la guerra — empezando por la famosa Convención de Ginebra— al ejecutar a sus prisioneros, revestía o podía revestir excepcional importancia.

Pero esto, todo esto en que creía firmemente, que se me antojaba evidente e incuestionable, empieza a parecérmelo menos. Yo, como todos, hablaba hace una hora sin reservas mentales, íntima y firmemente convencido de que al intentar prolongar mi existencia un corto período de tiempo, lo hacía única y exclusivamente para continuar luchando por las mismas ideas de siempre con los escasos recursos que la derrota dejaba a nuestro alcance. Repentinamente, en el instante mismo en que traspasamos los límites del puerto, una duda lacerante se abre paso en mi ánimo. ¿No habrá sido el simple instinto de conservación, el miedo inconfesado a la completa desaparición, el ansia puramente física —animal— de seguir alentando, aunque sólo sea unos minutos más, lo que ha determinado mi postura y la de muchos que me rodean? ¿No será nuestro estoicismo el disfraz de una esperanza que se niega a morir incluso en circunstancias tan desoladoras? La sospecha de que así sea basta para sumirme en una nueva y angustiosa inquietud.

—Sería espantoso volver a caer en el infierno de la esperanza.

Es, como acaba de probarme la más reciente experiencia, la mayor de las torturas imaginables. A mi mente acude de nuevo, igual que en los días de pesadilla que vivimos en los muelles, un cuento alucinante de Villiers de l’Isle Adam, que describe los tormentos a que la Inquisición somete a una de sus víctimas. Con cuidadosa delectación, convencidos los inquisidores de que los sufrimientos físicos no son castigo suficiente para sus culpas, añaden a sus dolores materiales los morales de la esperanza. La noche que precede a su ejecución, el preso puede escapar del calabozo, aprovechando la aparente negligencia del carcelero y recorre diversos pasillos y estancias donde sus guardianes duermen plácidamente. Se considera libre y salvado cuando gana la calle, para descubrir en el postrer instante la terrible verdad. Arde ya la pira en que han de quemarle vivo y junto a las puertas de la prisión le aguardan pacientemente los verdugos que van a conducirle a ella.

— En cierto modo y manera —murmuro — es lo que nos ha sucedido a todos nosotros.

Lo es, en efecto. Hundidos los frentes entre el 26 y el 28 de marzo, pudimos salir de Madrid cuando el enemigo estaba dentro porque dejó abierto un portillo que alimentase nuestras esperanzas. Unas horas después, en Valencia ya, nos dieron seguridades verbales de rápida evacuación y nos encaminaron a Alicante quienes sabían que un barco de guerra inglés, anclado en Gandía, garantizaba la salvación de unos cuantos y les libraba de correr nuestra suerte. Luego, en los muelles de Alicante, donde llegan a reunirse más de veinte mil personas, vivimos durante tres días interminables una dantesca peripecia. Amontonados en el puerto, sin dormir, sin comer y casi sin respirar, ateridos de frío por las noches, empapados por la lluvia a todas horas, aguardamos con la mirada fija en el mar unos barcos que no llegan. Nuestras ilusiones se desvanecen, destrozadas por una serie interminable de decepciones; pero a cada instante alguien trata de hacerlas resucitar en nuestro pecho con una mentira compasiva o burlona. Por espacio de sesenta y dos largas horas todos —Consejo Nacional de Defensa, organizaciones internacionales de evacuación, cónsules alicantinos y militares italianos que a partir de la tarde del 30 ocupan la ciudad se esfuerzan y compiten — como los inquisidores del cuento francés — por mantener vivas nuestras últimas esperanzas.

— En Alicante hay barcos para evacuar a cuantos deseen expatriarse—dicen los «capitanes Araña» que rodean a Casado y se irán con él.

— Les doy mi palabra de honor — asegura solemne y serio el general Gambara— que no entraremos en el puerto. Podrán permanecer en los muelles todo el tiempo preciso para que lleguen los barcos necesarios para marcharse todos.

—Esta noche, apenas oscurecido, entrarán los dos pri- meros barcos—anuncia la Comisión de Evacuación.

—No corren ustedes el menor peligro —declaran los cónsules— porque el puerto ha sido declarado zona internacional. ‘

— Para garantizar la libertad de navegación el gobierno francés ha mandado un crucero que anclará en los muelles a media noche y en el que podrán marcharse los que se consideren más comprometidos.

¡Palabras, palabras, palabras.. ! Frases tranquilizantes, seguridades verbales, garantías solemnes que alimentan las más rosadas esperanzas. Pero frente a todas las declaraciones adormecedoras, los hechos concretos y brutales: barcos que viran en redondo al llegar a la bocana del puerto o se mantienen al pairo a media milla de los muelles; lento discurrir del tiempo mientras el hambre se adueña de todos y los nervios de muchos saltan, incapaces de soportar la tensión a que se les somete; casos de locura y epidemia de suicidios; hombres desesperados que se tiran al agua o se levantan la tapa de los sesos y mujeres desoladas que lloran sin lágrimas y se retuercen las manos en expresión de suprema impotencia. Y, al final —ya en la tarde del 31 de marzo — , cuando se ha logrado convencer a las gentes para que entreguen sus armas como condición sine qua non para que los buques franceses entren en el puerto, la aparición del «Vulcano» con la bandera bicolor desplegada al viento, ametralladoras y cañones apuntando a los muelles y el desembarco de los soldados que van a poner final inmediato y dramático a nuestra estancia en el puerto; a escribir el R. I. P definitivo sobre la tumba abierta de la Segunda República española.

La entrada del buque de guerra nacional; la conminación para una entrega inmediata de quienes, apelotonados en los muelles, no tenemos posibilidad alguna de resistencia, las ráfagas que silban sobre nuestras cabezas y abren algunos claros en nuestras filas, significan el angustioso despertar de una pesadilla dantesca. Es, dicho sea en pocas palabras, la muerte de la esperanza para todos nosotros. Pero, sorprendido y desconcertado, advierto entonces un fenómeno inesperado: que la pérdida de la esperanza, el adiós a toda clase de ilusiones personales, la certidumbre de un final próximo y trágico, no aumenta las inquietudes, zozobras y angustias de los días precedentes. Su efecto es diametralmente opuesto. Repentinamente experimento una asombrosa placidez interior un extraño sosiego que ofrece el más duro contraste con la tormentosa agitación padecida desde que muchas horas atrás quedásemos recluidos en el puerto.

No se trata únicamente de una reacción personal. Lo compruebo muchas veces en el curso de la noche —nuestra última noche de hombres libres — que luego pasamos en el puerto, advirtiendo la serenidad y cordura de cuanto sabemos que apenas amanezca empezará para todos la más oscura de las noches. Podemos hablar y discutir, con alteza de miras y absoluto desinterés, sobre las causas de nuestra derrota común y las inevitables consecuencias que nos traerá aparejadas. Es posible que podamos hacerlo, dialogar con tanta calma de un final que tenemos a la vista, porque la tranquilidad que nos conforta a al saberlo todo definitivamente perdido. sea un anticipo de la propia muerte. Tal vez porque todos —una mayoría sin haber oído hablar siquiera de su autor — comprendemos la razón de un hombre que hace dos mil años pasó por trances parecidos a los nuestros y acabó como seguramente terminaremos nosotros, cuando momentss antes de morir dijo a quienes le rodeaban: «Dejareis de temer cuando dejeis de esperar, porque el temor y la esperanza. que parecen irreconciliables, están en realidad perfectamente unidos». Matar la esperanza es matar el temor; ayer, cuando todavía esperábamos podíamos temer las asechanzas del futuro y la lucha entre la ilusión de salvarnos y el miedo a perecer trocarse en las mas insoportables de las agonías, ya que hay circunstancias — las que ahora estamos muriendo los anti-fascistas españoles — en que la esperanza. lejos de sostener la vida, contribuye a su destrucción. (a continuar …)

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