LA MUERTE DE LA ESPERANZA. Eduardo de Guzmán. Primera Parte: NUESTRO DIA MAS LARGO (Así comenzó la guerra de España) Capítulo II: SÁBADO, 18 DE JULIO eBook £1.50 (see eBookshelf)

MuertedeEsperanza1LA MUERTE DE LA ESPERANZA. Primera parte: NUESTRO DIA MAS LARGO (Así comenzó la guerra de España) por Eduardo de Guzmán. eBook £1.50 (see eBookshelf)  Also available from Kobo    Check out other Christiebooks titles HERE 

II: SÁBADO, 18 DE JULIO

A medida que avanza la noche, va disminuyendo la animación en el periódico. Los amigos que han acudido en busca de noticias se van un poco decepcionados. También aquellos redactores o colaboradores que otros días no aparecen por la redacción, y que hoy han hecho una excepción, trasnochando más que de costumbre. A las dos de la madrugada sólo quedamos los mismos que cualquier otra noche. De cuando en cuando, llamamos a uno u otro lado o nos llaman los compañeros destacados en la Dirección General de Seguridad. La impresión continúa siendo la misma. A las tres, el propio director decide irse a dormir.

Gobernacion
Ministero de la Gobernación/Dirección General de Seguridad

—Me parece una tontería seguir esperando —dice—. Avisadme si ocurre algo esta noche, cosa que ya no creo.

Lezama, que se marcha con él, ha conseguido disipar de momento su pesimismo respecto al porvenir inmediato. Acerca de lo que haya de publicar el periódico unas horas después, no existen dudas ni problemas: cumpliendo las enérgicas órdenes de Casares, la censura no autoriza la más ligera alusión a lo que está sucediendo en Marruecos.

—Quienes nos lean hoy —comenta Haro al cerrar la edición —, creerán que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Pero por absoluto que sea el mutismo obligado de los periódicos, únicamente los deficientes mentales pueden compartir en España tan desaforado optimismo. A la falta de noticias del Gobierno, responde la gente lanzando rumores, siempre más graves y alarmantes que la realidad misma por grave que ésta sea.

Aunque el periódico se cierra a las cuatro de la madrugada, todavía aguardamos un rato por si a última hora llegase alguna de las noticias que esperamos o Casares cambiara de opinión acerca del silencio impuesto a los diarios. Al final, cuando ya la rotativa está en marcha, nos vamos defraudados y aburridos.

En pleno estío, la Puerta del Sol no pierde animación en las últimas horas de la madrugada. A las cuatro y media continúan abiertos casi todos los cafés; algunos entornan sus puertas o bajan los cierres de una manera simbólica durante quince o veinte minutos, pero sin que los clientes abandonen sus mesas y divanes. En las aceras, grupos de trasnochadores forman corrillos o pasean despacio. La concurrencia es, desde luego, inferior a la del anochecer y de muy diferente composición. Los huelguistas de la construcción, los agitadores políticos y los simples curiosos han sido sustituidos por bohemios, cómicos, músicos y artistas —que se califican a sí mismas de frívolas con un amable eufemismo para su verdadera profesión—, que se concentran en la gran plaza a medida que van cerrándose los centros de diversión nocturna. Por aquí pasan —o pasean— también la mayoría de los redactores de los periódicos de la mañana, que, una vez cerrada la edición de sus respectivos diarios, aún tienen ganas de acudir a tomar café y charlar un rato en cualquiera de las infinitas tertulias.

La gravedad de la situación política, la lucha armada que ya se ha iniciado en Marruecos, todavía no altera la fisonomía peculiar de la Puerta del Sol en las altas horas le la madrugada. Haro y yo, que desde la redacción de La Libertad bajamos como todas las noches por la calle de Preciados, luego de atravesar la Gran Vía y la plaza de Callao —que por contraste con la Puerta del Sol parecen totalmente desiertas—, lo comprobamos con una simple ojeada. Quizá sean más numerosos los guardias que vigilan en torno a Gobernación; acaso algunos de los automóviles que circulan rápidos no vayan ocupados como otras nóches por juerguistas alborozados o parejitas amorosas; es probable, incluso, que en muchos de los grupitos se hable de armas y acciones revolucionarias en lugar de discutir sobre contratos y rivalidades artísticas. Pero, en apariencia al menos, la Puerta del Sol ofrece el mismo cuadro que las demás amanecidas. Incluso las camionetas que esperan pacientemente a que el sueño vaya ganando a los trasnochadores de Chamberí, Goya, Cuatro Caminos o Ventas.

Entre los cafés Universal y Colonial —rebosantes de público igual que cualquier noche — se encuentra Teléfonos. Es un viejo y destartalado edificio de dos plantas, construido a comienzos de siglo para albergar una de las primeras centrales telefónicas de Madrid. Tiene en la planta superior una amplia sala destinada a los corresponsales de los periódicos provincianos con diez o doce cabinas, grandes mesas y muchas sillas. La sala se encuentra concurrida a cualquier hora. Como hay diarios de la mañana y de la tarde en casi todas las ciudades de la Península, así como en Canarias, Baleares y Marruecos, y cada uno tiene una hora diferente para que su representante en la capital le transmita las informaciones más importantes, Teléfonos es prácticamente la única redacción madrileña que no interrumpe su actividad un solo segundo en el transcurso de la jornada.

Esta madrugada es mayor la afluencia de periodistas que otras veces, pero no el trabajo. Lo único que importa es lo que sucede en Melilla, Ceuta, Tetuán o Larache, y las comunicaciones con Africa están interrumpidas y nadie tiene noticias exactas y concretas de lo que esté ocurriendo. En los demás sitios hay tranquilidad relativa en un clima de general nerviosismo e inquietud. Todos los reporteros han pasado la noche esperando acontecimientos que no llegaron a producirse. Algunos, vencidos por el cansancio y el aburrimiento, descabezan un sueñecito, retrepados en los sillones o echados de bruces sobre las mesas. El resto entretiene la espera enfrascado en amistosas partidas de póker o monte.

— Creíamos que sería una noche de mucho jaleo y yaveis: ¡nada de nada! De haberlo sabido, llevaría ya cinco o seis horas en la cama.

Eduardo Castro, redactor del «Heraldo» y corresponsal de numerosos periódicos de provincias, apenas puede mantener abiertos los ojos. Hombre pequeño, simpático, bonachón y cordial, sin ninguna significación política, no tiene un sólo enemigo ni antes ni después de la guerra. Tras muchos días de no descansar lo suficiente, ha aguantado hoy hasta las cinco, pero ya no puede más.

Tengo tanto sueño —afirma—, que no me enteraría aunque empezasen ahora a cañonear la Puerta del Sol.

Se marcha con paso cansino, convencido de que nada hay que hacer de momento en Teléfonos. Yo le imito y Haro se viene conmigo. Entramos un rato en el café Colonial, que acaba de abrir de nuevo sus puertas, luego del cuarto de hora de cierre simbólico con todos los clientes dentro. Ofrece el mismo espectáculo que todas las amanecidas: peripatéticas de Peligros, Aduana y Jardines, que intentan sus últimas conquistas sin conseguir que nadie les haga caso; taurinos que discuten a voces las consecuencias del pleito con los toreros mejicanos; artistas y músicos de «cabarets», que no tienen prisa por irse a dormir; un grupo de «letristas», que se pelean por enésima vez discutiendo la reorganización de la Sociedad de Autores y los derechos de los fabricantes del género frívolo; algunas tertulias —las menos—, que hablan de política, propalando los bulos más tremebundos.

—¡La escuadra está bombardeando Barcelona…!

—¡Ni hablar! Es la aviación la que arrasa Melilla. Me lo acaba de decir…

En el cielo van apagándose las últimas estrellas y la claridad lechosa de la amanecida envuelve la ciudad, dando a los edificios un cierto aire fantasmal. Tras tomar un último café y hablar con algunos amigos —que saben todavía menos que nosotros—, volvemos a la plaza y nos despedimos. Haro toma un taxi para dirigirse a su casa; yo vivo más cerca y prefiero ir andando, disfrutando del relativo frescor de la hora. Los barrenderos están regando las calles casi desiertas, donde la tranquilidad es completa.

En Antón Martín me adelanta un coche que baja rápido hacia el Pacífico. Aunque no se detiene, alguien saluda al pasar, agitando una mano por la ventanilla. Al fijarme, veo que el chófer es un viejo militante de la C. N. T. y que a su lado, en el baquet, va Isabelo Romero; detrás, tres hombres. Tras el primer automóvil pasan dos más. Pese a que no aflojan la marcha al llegar a mi altura, reconozco a varios de sus ocupantes como elementos de los grupos confederales de defensa. ¿Dónde van a las cinco y cuarto de la madrugada? Dada la dirección que llevan, a la Estación del Mediodía o a los cuarteles de María Cristina y el Pacífico. ¿Habrá llegado algún tren con elementos sublevados de Alcalá, Getafe o cualquiera de los cantones próximos? ¿Ha estallado tal vez la rebelión entre las tropas de guarnición en el propio Madrid?

Trato de comprobarlo, pese a los lógicos y apremiantes deseos de tumbarme a dormir unas horas. Por fortuna, la estación se halla tan cerca que puedo llegar andando cuesta abajo en seis o siete minutos; tampoco me llevará más de veinte o veinticinco ver lo que sucede en las cercanías de los cuarteles. Sin pensarlo dos veces, desciendo a buen paso por la calle de Atocha. En la enorme y destartalada glorieta que se abre al final y en la que si por un lado desemboca el Paseo del Prado, por el contrario tienen su arranque las Rondas y lós paseos de Santa María de la Cabeza y Delicias —que conducen a los barrios obreros de las márgenes del Manzanares y a la zona industrial de Villaverde—, reina una absoluta calma. Los carros de los traperos que se encaminan hacia el centro de la ciudad se cruzan con los camiones cargados de frutas y verduras procedentes de Valencia, Murcia y Alicante, que, tras pasar toda la noche en la carretera, van a descargar al mercado central de Legazpi.

Frente al ministerio de Fomento, una camioneta de guardias de asalto; un par de ellos pasean con aire aburrido y miran displicentes en todas las direcciones; la mayoría, recostados en sus asientos, duermen o sueñan. Lo mismo hace un grupo numeroso de segadores tirados en la acera de uno de los accesos a la estación del Mediodía. Con las hoces envueltas en haces de paja y la cabeza recostada en el menguado equipaje, descansan unas horas en espera del tren que ha de llevarles a algún pueblo próximo para participar en la recolección.

En las bocas del «metro», grupos de obreros que de pie o sentados hablan y comentan en espera de que abra sus puertas el ferrocarril subterráneo y les conduzca a sus puesto de trabajo, seguramente en el otro extremo de la ciudad. De la estación sale de cuando cuando algún obrero; en ocasiones lo hacen juntos en pequeños grupos. Ha amanecido ya y pasa chirriante el primer tranvía. Miro en dirección a los cuarteles del Pacífico y María Cristina, que apenas si distan medio kilómetro de aquí. No descubro el menor síntoma de anormalidad. Las calles empiezan a poblarse a medida que pasan los minutos, pero con las mismas gentes y en actitud idéntica a cualquier otra mañana de no importa que día.

—¡Eh, Guzmán! Espera un momento.

Me vuelvo y reconozco a quien me llama. Es Valentín, un destacado militante del sindicato ferroviario que antes de ocho días morirá destrozado por una granada en el puerto de Somosierra. Me ha visto de lejos y me llama. Busca lo mismo que yo espero de él al acercarme: noticias. Ninguno de los dos las tenemos. Mi interlocutor ha pasado toda la noche de vigilancia en la estación de Atocha. De acuerdo con los elementos de la U. G. T. tienen establecidos un sistema de comunicación rápida con todas las líneas de la Compañía. M. Z. A. extiende sus redes ferroviarias por más de la mitad de la nación. Si algo sucede en cualquier punto de Andalucía, Levante, Aragón o Cataluña, lo sabrán un minuto después los telegrafistas de la estación madrileña.

— Contra lo que temíamos, no ha pasado nada esta noche. Sin embargo, habrá que continuar vigilantes por- que tiene que suceder algo, y muy gordo, sin tardar mucho.

Pienso lo mismo. Sería un milagro que la rebelión iniciada ayer en Marruecos no tuviera hoy mismo repercusiones en distintos puntos de la Península y jamás confíe en milagros de ninguna clase. No obstante, son ya las seis y media de la mañana y me caigo de sueño. Aunque me gustaría permanecer en la calle atento a cuanto sucede, es forzoso descansar por lo menos un rato. Llego a mi casa cuando ya está abierto el portal. Vivo en un piso alto y antes de tumbarme me asomo un momento al balcón, desde el que se domina toda la calle de Atocha, Antón Martín, el comienzo de Santa Isabel y el final de Magdalena. Funcionan ya el «metro», los tranvías y los autobuses con entera normalidad; han salido los periódicos de la mañana, que nada dicen de la sublevación marroquí, grupos de obreros con la tartera debajo del brazo caminan presurosos hacia fábricas, talleres y obras. En las primeras horas de la mañana del 18 de julio, Madrid no registra la menor alteración de su ritmo habitual.

¿Será cierto lo de Melilla o habré soñado despierto? Estoy tan adormilado que no acierto a responderme a mí mismo.

Apenas me tiro encima de la cama, caigo en un sueño profundo. Alguien me sacude de un brazo cuando tengo la impresión de que no llevo acostado ni cinco minutos. Al abrir los ojos malhumorado y refunfuñante, descubro la cara seria y alarmada de mi madre. Tiene que ser algo importante para lo que me despierta tan temprano. Lo es, en efecto.

—La radio acaba de decir —anuncia con gesto preocupado — que ha estallado una rebelión militar en Marruecos.

No me sorprende la noticia, que conozco desde la víspera, aunque sí mirar el reloj colocado sobre la mesilla y comprobar que son más de las once. Abandono la cama y corro al teléfono. Llamo a Unión Radio, donde tengo algunos amigos. Confirman lo anticipado por mi madre e incluso me leen el texto de la breve nota que, rompiendo su obstinado silencio de la noche anterior, ha hecho pública Casares Quiroga. En ella, tras admitir que una parte del Ejército se ha sublevado en Africa, el Gobierno asegura. «El movimiento está limitado a ciertas zonas del Protectorado y nadie, absolutamente nadie, se ha sumado en la Península a tan absurda empresa.»

—¿Qué te parece? —pregunta Medina, el locutor de Unión Radio, que es precisamente quien me habla.

—Que la nota llega con mucho retraso —contesto sincero — y que con toda seguridad no refleja más que una parte mínima de la verdad.

Me reafirmo en esta impresión en tanto me lavo y afeito precipitadamente. Anoche, cuando efectivamente se combatía en Marruecos, Casares prohibió que se dijese una sola palabra de lo que ocurría, al cambiar hoy de opinión y no atreverse a decir que el movimiento insurreccional ha sido aplastado, resulta lógico pensar que ha triunfado no sólo en Melilla, sino también en Tetuán y Ceuta. En cuanto a que nadie secunda a los sublevados en el territorio peninsular, era verdad hace seis horas, pero probablemente habrá dejado de serlo en estos momentos.

Mi pesimismo tiene confirmación tan pronto como vuelvo a Teléfonos. Aparte de Marruecos, se sabe ya de una manera positiva que la rebelión se ha propagado como mínimo a Canarias, cuyas comunicaciones han quedado interrumpidas a primera hora de la mañana. De Marruecos se habla de un manifiesto divulgado por Radio Ceuta y firmado por el general Franco, cuyo texto íntegro se desconoce aún, pero que no ofrece dudas respecto al enfrentamiento del firmante con el Gobierno de la República. Unos telegramas transmitidos por Reuter y Havas hablan en términos bastantes confusos de la situación en la zona española del Protectorado. Parece, no obstante, que los rebeldes son dueños de Melilla, Tetuán y Ceuta y que se lucha con encarnizamiento en Larache.

—Según Havas —dice Barrado, que forma parte de la redacción de la agencia francesa en Madrid—, uno o dos aviones bombardearon Tetuán esta madrugada.

No hay, en cambio, la menor noticia de la flotilla que salió de Cartagena la tarde anterior con rumbo a Melilla. Como los destructores tuvieron tiempo sobrado de llegar a su punto de destino, se impone la conclusión de que los buques de guerra en vez de cumplir las instrucciones recibidas de Madrid, han debido hacer causa común con los militares sublevados.

—De todas formas —arguye Ayensa, redactor de «El Liberal», aferrándose a una última esperanza—, lo decisivo es lo que ocurra en la Península. Y aquí, como afirma Casares, continúa sin pasar absolutamente nada.

Pero contra el empecinado optimismo de algunos parece que también pasan cosas desagradables en la España metropolitana. Ayer mismo, en Burgos, Batet tuvo que ordenar el arresto de un general y de varios oficiales de la guarnición que preparaban un alzamiento. La situación en varias provincias no está muy clara y son cada vez más difíciles las comunicaciones telefónicas.

—El capitán general del Departamento Marítimo de San Fernando anuncia uno, saliendo de la cabina donde acaban de darle la noticia— ha proclamado hace media hora la ley marcial.

—¿ En apoyo del Gobierno?

—En contra.

Jesús Izcaray, redactor de «Claridad», que conversó hace un rato con el general Pozas, habla de su honda preocupación. Pozas, militar de absoluta confianza del régimen, ocupa en estas horas críticas la Inspección General de la Guardia Civil y se ha pasado toda la noche sin dormir, colgado materialmente del teléfono.

Trata de averiguar quién ha ordenado la concentración de los guardias de algunas provincias en la capital, como ocurre en Albacete, Toledo y Guadalajara, y no parece haber conseguido aclarar nada.

En Teléfonos, donde esta mañana hay mayor número de periodistas que nunca, circulan toda clase de noticias y rumores. Unos pueden ser desmentidos con rapidez y seguridad; respecto a otros, cabe temer que sean rigurosamente ciertos. Se habla de Baleares, de Málaga, de Barcelona, de Cartagena y Zaragoza. Un corresponsal, que habla con un periódico de Pamplona, ve interrumpida bruscamente la conferencia que celebra y son inútiles todos sus esfuerzos por reanudarla. No cuesta trabajo imaginarse por qué y casi todos coincidimos en los motivos de la repentina interrupción.

—¡Seguro que se ha sublevado Mola!

El general Mola, antiguo director general de Seguridad con la monarquía, jefe de las fuerzas militares en Marruecos durante el segundo bienio republicano, fue trasladado a Pamplona apenas triunfante el Frente Popular. Se ha rumoreado muchas veces no sólo que está de acuerdo con los requetés navarros para sublevarse contra el régimen, sino que encabeza la conspiración militar que extiende sus redes por todo el país. Militares republicanos le han acusado en diversas ocasiones de dirigir la preparación del alzamiento, pero Casares Quiroga ha rechazado con airada indignación la especie.

—Bueno, ¿a qué esperamos para hablar con el ministro?

Es ya cerca de la una de la tarde, hora en que el ministro de la Gobernación recibe todos los días a los periodistas. Generalmente no suelen ir a verle más que cinco o seis informadores, que se encargan luego de comunicar a los demás las noticias o los comentarios del titular del departamento. Pero hoy es un día excepcional y vamos muchos más, acuciados todos por idéntica impaciencia por conocer la referencia oficial de lo que sucede.

En la planta principal del edificio se abre el llamado Salón Canalejas; es la estancia más amplia y lujosa del viejo caserón con tres balcones que dominan la Puerta del Sol, desde los cuales se han anunciado al pueblo los cambios de régimen durante los últimos ciento cincuenta años. Es aquí precisamente donde los informadores aguardan todos los días hasta que un ordenanza les avisa que el ministro puede recibirles, abriendo seguidamente las puertas de su despacho.

Sin embargo, en este mediodía del 18 de julio, don Juan Moles está demasiado atareado — o demasiado desconcertado— para recibir a los periodistas. Lo hace en su lugar el subsecretario, que sale a nuestro encuentro en el Salón Canalejas, cerrando a su espalda la puerta que comunica con el despacho del ministro. Ossorio Tafall es un hombre joven aún, de mediana estatura, palabra fácil y aire socarrón; amigo y correligionario de Casares, gallego y diputado de Izquierda Republicana, por Pontevedra, lleva una brillante carrera y muchos le aseguran un magnífico futuro político.

Ni siquiera lo dramático de las circunstancias borra de sus labios la sonrisa ligeramente irónica que, como de costumbre, entreabre sus labios. Como de costumbre también, habla mucho y dice poco. Se limita en fin de cuentas a repetir el contenido de la nota gubernamental hecha pública dos horas antes: la subversión ha quedado circunscrita a Marruecos y no tardará muchas horas en ser definitivamente aplastada.

—Se trata de una intentona descabellada —asegura—, que no ha tenido ni tendrá repercusión en ningún punto de la Península.

—¿Ni siquiera en Navarra? —pregunta intencionado uno de los reporteros.

—¿Por qué en Navarra precisamente? —se sorprende Ossorio Tafall.

—Porque en Madrid circula con insistencia el rumor de que no sólo se ha sublevado Mola, sino que es quien dirige la conspiración en toda España.

La untuosa sonrisa del subsecretario desaparece de golpe; un relámpago de ira cruza por sus pupilas, mientras niega indignado, con una repentina cólera que contrasta con su anterior mesura:

—¡Mentira! —vocifera descompuesto—. ¡Nieguen rotundamente esa monstruosa falacia! El general Mola es absolutamente leal a la República. ¿Lo duda alguien? Pues sepa ese alguien que hace sólo una hora, hablando por teléfono con el señor ministro …

Nos miramos boquiabiertos y confusos. El incomprensible optimismo de Ossorio Tafall, su plena confianza en el republicanismo del general Mola, supera con mucho nuestra capacidad de comprensión. Pero ¿podemos convencerle de que está equivocado? ¿Vale la pena perder el tiempo discutiendo con un caballero que trata de engañarnos deliberadamente o que vive en la más rosada de las nubes?

—El Gobierno es dueño absoluto de la situación —asegura con envidiable desparpajo al dar por terminada la entrevista; pero antes de regresar al despacho del ministro, aún se permite hacer una advertencia amenazadora—: Y cuidado con los bulos, señores! Si los rebeldes serán castigados, quienes les hacen el juego propalando infundios alarmistas, tampoco gozarán de una impunidad inadmisible en estos instantes.

Con sólo cruzar de nuevo la Puerta del Sol y volver a Teléfonos tenemos el mejor mentís de todo lo dicho por Ossorio Tafall. Durante la media hora que duró nuestra ausencia, han llovido las noticias, ninguna de las cuales tiene nada de tranquilizadora. Se lucha en las calles de Cádiz, donde ha estallado la huelga general como réplica a la declaración del estado de‘ guerra, algo parecido ocurre en Málaga y Córdoba; en Jerez parece que ha triunfado el movimiento. Contra todos los anuncios oficiales, la rebelión comienza a extenderse como una mancha de aceite por toda la geografía peninsular.

¡Una nueva nota del Gobierno!

Acaba de ser facilitada en la Presidencia y será leída dentro de cinco minutos por los micrófonos de Unión Radio y Radio España de Madrid. ¿Confesará Casares su fracaso y apelará al pueblo para que se lance en defensa de la República? ¡En absoluto! Una vez más se presenta a sí mismo como el salvador del régimen, afirmando con impresionante cinismo: «Gracias a las medidas preventivas tomadas por el Gobierno, un vasto movimiento anti-republicano ha sido aplastado. No ha encontrado ayuda alguna en la Península y solamente consiguió reclutar algunos partidarios en una fracción del Ejército.»

—¡Qué cara! —vocifera indignado uno de los reporteros—. ¡Decir eso cuando están sublevadas la mitad de las guarniciones …!

Pero la nota añade algo más que entraña todavía mayor gravedad. Tras saludar «a las fuerzas que en Marrue cos luchan por dominar la subversión», afirma: «El Gobierno toma nota de los ofrecimientos de ayuda recibidos y, agradeciéndolos, declara que el mejor medio de ayudarle es garantizar la normalidad de la vida ciudadana dando un alto ejemplo de serenidad y de plena confianza en la fuerza militar del Estado. La acción del Gobierno será suficiente para restablecer el orden.»

—¿Qué te parece?

— Que si Casares no fuera un megalómano insensato, tendríamos que considerarle un traidor.

—¿Por qué se niega a armar a los trabajadores para que hagan su revolución?

—Porque con sus desplantes verbales unidos a su falta de energía real hace inevitable un choque sangriento, en el que si no triunfan los obreros se impondrá la reacción.

—Y en cualquiera de los dos casos, la primera víctima

será la República.

(En Teléfonos hay, en esta primera hora de la tarde del 18 de julio, medio centenar de periodistas. Los hay de todas las tendencias y matices: republicanos y monárquicos, de izquierdas y derecha, católicos, socialistas, requetés, sindicalistas y comunistas. Unos esperan que el movimiento militar sea aplastado con rapidez; otros anhelan y desean su triunfo. Pero salvo raras y afortunadas excepciones, todos ellos sufrirán en su carne las consecuencias de la lucha que ahora comienza. Perecen muchos durante la guerra; mueren otros tantos cuando ya las hostilidades han cesado oficialmente. Antes o después, casi ninguno se libra de persecuciones, torturas y presidios. En realidad, aun siendo grande en todas el número de bajas, no existe profesión alguna que sufra un tanto por ciento de víctimas más elevado que la periodística en la dramática peripecia que vive España.)

Es la hora de comer, pero no hay tiempo para desplazarse a casa ni aun para sentarse un rato en cualquier restaurante próximo. Tenemos que contentarnos como otros muchos con bajar al Colonial e ingerir a toda prisa un bocadillo. Apenas si tardo diez minutos en hacerlo, pero cuando de nuevo penetro en la sala de prensa de Teléfonos encuentro a todos los compañeros agitados y revueltos. El nombre de Sevilla está ahora en todos los labios. Parece que grupos armados están atacando en este momento mismo la central telefónica de la gran ciudad andaluza defendida por una sección de guardias de asalto. ¿Quiénes son los atacantes? Nadie lo sabe, y su verdadera identidad provoca entre los periodistas madrileños las más encendidas polémicas.

— La telefonista estaba asustada y no sabia o no quería decir quiénes trataban de asaltar la Telefónica —informa el que acaba de hablar con Sevilla—. Unicamente dijo que allí estaba Queipo de Llano dispuesto a defender la República.

La comunicaciónse interrumpió — probablemente porque los atacantes entraron en el edificio— antes de que la telefonista aclarase sus últimas palabras. Entre los reporteros madrileños surgen, como es inevitable, las más diversas interpretaciones. Para unos —los derechistas — es indudable que los obreros sevillanos —C. N.T. y comunistas— se han lanzado a la lucha abierta, iniciando la revolución social. Para otros —los izquierdistas — tienen que ser monárquicos y falangistas los que tratan de adueñarse por la fuerza de Sevilla. No obstante, hay algo que desorienta a todos por igual: la intervención de Queipo de Llano. Nadie duda de su republicanismo; pero no ejerce mando alguno desde la destitución de Alcalá Zamora y resulta sorprendente su presencia en la ciudad de la Giralda.

—Seguramente le ha mandado el Gobierno —sostienen algunos republicanos— para impedir que pueda repetirse lo de Sanjurjo.

La hipótesis resulta verosímil; doblemente cuandovalguno señala que en estos momentos se dirige a Zaragoza —si no ha llegado ya a su punto de destino — el general Núñez de Prado para sostener y respaldar a Cabanellas, impidiendo que sea rebasado por ciertos elementos monárquicos de la guarnición. A los pocos minutos, la suposición recibe una confirmación semioficial. Eduardo Castro, que ahora está en funciones en la Dirección General de Seguridad, llama a Teléfonos para informar a sus compañeros de la noticia que circula en el centro policíaco: Queipo de Llano acaba de terminar con la rebelión iniciada en Sevilla, tomando por asalto los cuarteles donde se habían atrincherado algunos militares alzados en armas.

Dados los antecedentes políticos del general, nada tiene de extraño que haya salido en defensa del régimen. La noticia llega a divulgarse minutos después por los micrófonos de Unión Radio, luego de que se consigue del ministerio de la Guerra autorización para su difusión a los cuatro vientos. Pero apenas ha terminado de radiarse cuando alguien penetra en Teléfonos chillando indignado:

—¡No hagáis caso, porque es precisamente todo lo contrario! Lejos de sofocar la rebelión en Sevilla, Queipo de Llano la encabeza y dirige.

Jesús Izcaray, redactor de sucesos de «Claridad», está en la Dirección General de Seguridad cuando empiezan a circular rumores de lo sucedido en Sevilla. Para saber lo que haya de cierto en la especie, no se le ocurre acudir a ninguna autoridad o Ministerio, convencido de que no le dirán la verdad. Marcha a la Casa del Pueblo y habla precisamente con el redactor-jefe de su propio periódico. Carlos de Baraibar, además de periodista, es figura destacada en la Unión General de Trabajadores y partidario resuelto de Largo Caballero. En vista del cariz de los acontecimientos, hace un par de días que los socialistas establecieron una especie de gabinete de información que dirige Baraibar, que está en comunicación constante con las estaciones ferroviarias y los centros telegráficos de toda España. Conoce, pues, cien veces mejor que el Gobierno lo que sucede en cada sitio y en cada momento.

En plena discusión sobre los acontecimientos de Sevilla, llega a Teléfonos el manifiesto conjunto que socialistas y comunistas acaban de lanzar. Su lectura produce en unos profunda decepción, mientras otros sonríen burlones y satisfechos. La Ejecutiva socialista —controlada por Prieto y los moderados— y el Comité Central del Partido Comunista no anuncian las tajantes determinaciones precisas en esta hora crítica. Su postura sería lógica hace cuatro días, pero no en la tarde del 18 de julio.

Los dos partidos marxistas declaran que han ofrecido toda su ayuda al Gobierno de Casares Quiroga, que cumplirán disciplinadamente sus órdenes y que tienen plena confianza en que sea capaz de restablecer en plazo breve la normalidad.

—¡Aviados estamos. ! Si las centrales sindicales les imitan…

En el Congreso acaban de reunirse las directivas de los diversos partidos republicanos. ¿Una crisis? Es muy probable, aunque siempre llegará con varias semanas —meses, mejor— de retraso. En cualquier caso, no cabe duda de que en este momento las noticias políticas hay que buscarlas en los pasillos del Parlamento.

Teléfonos queda casi vacío en contados minutos. Al abandonarlo, los periodistas se dividen en grupos que toman distintas direcciones. Unos corren hacia el Palacio de Oriente, donde, caso de producirse la crisis, habrán de acudir los consultados por Azaña como presidente de la República; otros se dirigen al Ministerio de la Guerra, en el que alguien afirma que está reunido el Gobierno en sesión permanente; algunos marchan a la Dirección General de Seguridad, y los restantes, encaminamos nuestros pasos hacia el Congreso.

Pese a la gravedad extrema de la situación, el centro de Madrid da la impresión de que todo el mundo duerme apaciblemente la siesta. La Puerta del Sol, convertida en un horno a las cuatro de la tarde de un dia canicular, aparece casi desierta. Los tranvías circulan vacíos y apenas si algún viajero de aire cansino entra o sale por las bocas del «metro». El mismo espectáculo en la Carrera de San Jerónimo: el calor aprieta de firme, muchas tiendas continúan cerradas y escasean los transeuntes. Ni siquiera se ven guardias en las cercaniías del Parlamento ¿Están concentrados como medida de precaución o no se teme que en Madrid pueda suceder nada?

En el interior del Congreso, si el salón de sesiones permanece desierto y a oscuras, los pasíllos, las salas, las secciones y el bar rebosan de animación y bullicio. En violento contraste con la soledad de veinticuatro horas antes, el vetusto caserón conoce hoy la agitación y el nerviosismo de las grandes solemnidades políticas —pese al convencimiento de todos de que el problema planteado en esta hora no se resolverá dentro, sino fuera del edificio —. Periodistas de todos los diarios y matices, diputados que aún se encuentran en Madrid; ex diputados que no han perdido la esperanza de volver a serlo, figuras, figurillas y figurones o simples aspirantes a serlo, forman corros, discuten a voces, lanzan y desmienten noticias o se apartan hacia este o aquel rincón para celebrar rapidos y misteriosos conciliábulos.

Al entrar procedente de Teléfonos, encuentro a la mitad de los redactores de «La Libertad»; lo mismo ocurre con los demás periodistas de los diarios de la mañana. En ninguna redaccioón se empieza a trabajar normalmente hasta las nueve o las diez de la noche e informadores y comentaristas necesitan pulsar antes el ambiente político o enterarse de los acontecimientos maás recientes para tener una orientación al comenzar a escribir. Pero acaso sea mas difícil aqui que en ningún sitio formarse hoy una idea exacta y clara de lo que sucede. Por cada noticia cierta, hay veinte bulos fantásticos en circulación. Van desde un extremo a otro de las posibilidades nacionales; desde el fracaso completo de la sublevación a su triunfo total, según los deseos o temores de sus propaladores.

—¿Qué sabe de la C. N. T.? —pregunta Hermosilla, interesado, apenas me ve.

— Que luchará donde sea y como sea —respondo—.

Igual hará la U. G. T. La única duda es si tendrán armas o habrán de combatir con los puños.

—Largo Caballero sigue pidiéndolas con insistencia y apremio; pero ni Casares ni Azaña están dispuestos a proporcionárselas.

Es el principal tema de discusión y enfrentamiento entre republicanos y socialistas moderados de un lado y el resto de las izquierdas del otro. Los primeros temen que armar al pueblo sea desencadenar una revolución, mucho más difícil de sofocar que el pronunciamiento militar en pleno estallido; los otros consideran que los trabajadores encuadrados en las dos grandes centrales sindicales son los únicos que pueden salvar ya a la República.

—La República la salvará don Diego —afirma Gómez Hidalgo, que acaba de celebrar una reunión con los demás diputados de Unión Republicana—. ¡Y lo conseguirá sin derramamientos de sangre!

Su confianza no la comparte más que un número escaso de correligionarios. Martínez Barrio forma el ala más conservadora del Frente Popular, en oposición nada disimulada a todos los proyectos socialistas y socializantes. Resulta muy dudoso, sin embargo, que los militares sublevados le acepten como solución, aunque sea con carácter transitorio y provisional.

—Sólo servirá para perder tiempo, dividir a los defensores del régimen y envalentonar a sus enemigos.

Varios prohombres de Izquierda Republicana abogan —todavía— por la continuación de Casares Quiroga. Lezama está a su lado, convencido de que aún puede dominar la sublevación. Pero si la tarde anterior eran mayoría quienes le apoyaban, ahora van quedándose solos. La opinión predominante, incluso entre los miembros de su partido, es francamente hostil.

—Lleva veinticuatro horas sin hacer nada y estropeandolo todo. Cuanto antes desaparezca, mejor

El fracaso de Casares como presidente del Consejo y ministro de la Guerra, corre parejas con el de Moles, ministro de la Gobernación, y Alonso Mallol, director general de Seguridad. Ninguno de los tres ha dado muestras de previsión para impedir los graves acontecimientos ni de energía para aplastarlos una vez iniciados.

— El único que responde en Gobernación es el general Pozas. De no ser por él, toda la Guardia Civil estaría ya sublevada de acuerdo con los militares.

Desmoralizado anoche, hundido totalmente esta mañana, no es posible que Casares Quiroga continúe al frente del Gobierno. ¿Quién le sucederá? Nadie lo sabe, porque la decisión depende de Azaña, que hasta ahora no ha exteriorizado su pensamiento. Se sabe, sí, que ha consultado por teléfono con buen número de personalidades republicanas durante las últimas horas, pero nada más. Sin embargo, gana terreno por momentos la idea de que Martínez Barrio será el designado por el presidente de la República.

—Acaba de reunirse en Gobernación todo el Gobierno.

La noticia no tarda muchos minutos en tener confirmación. Los ministros, reunidos durante buena parte de la jornada en el palacio de Buenavista, se han trasladado al edificio de la Puerta del Sol, acaso por considerarse más seguros en él. Es muy significativo que don Diego asista —tal vez presida — la reunión ministerial; equivale a reconocer y proclamar que ha recibido, en efecto, el encargo presidencial de encabezar al nuevo gabinete.

—Pudiera ser —discrepa un diputado socialista —.Pero también han acudido a Gobernación Prieto y Caballero. ¿Por qué no puede ser don Indalecio el designado por Azaña?

Resulta perfectamente viable. Ya hace unos meses, al ser elegido presidente de la República, Azaña pretende que Prieto ocupe la jefatura del Gobierno; lo impide entonces la hostilidad del sector caballerista de su propio partido, que entiende que deben gobernar los republicanos solos. Es muy probable que ahora, a la vista de los acontecimientos, hayan cambiado todos de parecer.

—En cualquier caso, lo efectivo es que Casares es ya, políticamente, un cadáver insepulto.

De pronto se extiende rápida por los pasillos del Congreso una noticia inesperada y sorprendente. La transmiten desde Palacio los informadores que allí montan guardia durante toda la agitada jornada.

—Sánchez Román —anuncian— está conferenciando en estos momentos con el presidente. Al entrar dijo que acudía llamado urgentemente por Azaña.

Felipe Sánchez Román, jurista famoso, acaudilla el Partido Nacional Republicano, situado en la derecha del régimen. Aun siendo moderado el programa del Frente Popular —redactado en su mayor parte por él mismo—, Sánchez Román se negó a suscribirlo por no admitir ninguna alianza con los comunistas, prefiriendo acudir solo a las urnas el 16 de febrero, pese a estar convencido de antemano de la derrota. ¿Qué puede significar la consulta presidencial en esta hora angustiosa?

—No creo que existan posibles dudas —se indigna Vicente Uribe, diputado comunista que será ministro dentro de unos meses—. Asustado por el movimiento militar, Azaña se inclina decidido hacia la derecha.

Confiar el poder a Sánchez Román puede ser, más que una inclinación, una claudicación. Significa doblegarse a las exigencias de quienes empuñan las armas contra el régimen. Tanta gravedad entraña que son muchos en el Congreso los que se resisten a creerlo y pretenden quitar importancia a la entrevista.

— Es lógico que Azaña quiera conocer la opinión de todos los elementos republicanos, y Sánchez Román es uno de ellos. Don Manuel ha hablado, por teléfono al menos, con otros políticos, sin que eso quiera indicar, naturalmente, que a todos vaya a encargarles de formar Gobierno.

Es un argumento de fuerza. No obstante, aunque se sabe que Azaña ha consultado por teléfono con distintas personalidades, las únicas a quienes parece haber visito en los dos últimos días son, aparte de Casares Quiroga, Martínez Barrio y Sánchez Román. La consulta de don Diego resulta enteramente lógica, por cuanto es presidente de las Cortes y vicepresidente de la República; la llamada de Sánchez Román, en cambio, sólo revestirá los mismos caracteres si va seguida de otras a los jefes de los diferentes partidos republicanos e incluso de socialistas y comunistas que apoyan con sus votos parlamentarios al Gobierno todavía en funciones.

— Seguro que Prieto y Largo Caballero van a Palacio en cuanto termine la reunión de Gobernación.

Importa mucho comprobar este extremo; importa es- pecialmente cuando la situación se agrava a cada instante. A estas horas parece que la rebelión militar no sólo ha triunfado en Marruecos y Canarias, sino que va imponiéndose con rapidez en Andalucía. Córdoba está ya en manos de los rebeldes, mientras continúa luchándose con redoblada violencia en Málaga, Sevilla y Cádiz; también parece que las tropas están acuarteladas —y no por orden del Gobierno— en la mayoría de las poblaciones castellanas, aragonesas y levantinas. De Pamplona sólo se sabe que el comandante Medel —jefe de la Guardia Civil de Navarra y hombre de probada lealtad al régimen— ha sido acribillado a balazos. por sus propios subordinados.

En cierto modo y sentido las consultas presidenciales, la composición del futuro Gobierno y los hombres que lo integren, tiene tanta importancia en este momento crucial como el triunfo o fracaso del movimiento insurreccional en cualquier capital de provincia. Somos muchos los que pensamos así y varios los periodistas que abandonamos precipitadamente el Congreso para dirigirnos a la Puerta del Sol y a la Plaza de Oriente.

Cuando salimos del Parlamento, ya están en la calle los periódicos de la tarde. La mayoría se limitan a publicar las notas oficiales y algunas noticias más o menos vagas y confusas de la rebelión en algunas ciudades peninsulares. Derechistas o izquierdistas se atienen en su casi totalidad a las instrucciones de la censura, suprimiendo cuanto el lápiz rojo tacha. «Claridad» no, y «Claridad» es órgano oficial de la Unión General de Trabajadores y portavoz del sector caballerista del socialismo español.

«¡Libertad o muerte!», pregona en gruesos caracteres el titular que encabeza la primera página del periódico. «Claridad» anuncia que los trabajadores lucharán en defensa de la República, exige que el pueblo sea armado inmediatamente y ordena a los obreros sindicados pelear contra el fascismo y la reacción con todos los medios a su alcance y sin esperar nuevas órdenes o consignas. La batalla que se libra en Sevilla y la sublevación de distin- tas guarniciones demuestra toda la gravedad del peligro; para conjurarlo, los mineros asturianos, que están en pie de guerra, se disponen a salir con rumbo a Madrid para combatir al lado de sus hermanos de la capital de España.

En sólo dos horas, las calles céntricas han experimentado un cambio tan radical como increíble. Hay racimos de gente en torno a cada vendedor de periódicos, arrebatándole materialmente los ejemplares. En las aceras y aun en medio de la calzada, grupos nutridos que comentan o discuten a voces. Muchas tiendas de la Carrera de San Jerónimo echan precipitadamente los cierres y sus dependientes forman corrillos en las aceras, devorando con avidez las informaciones periodísticas.

Impresiona el aspecto de la Puerta del Sol. Vacía, adormilada bajo el calor bochornoso a las cuatro de la tarde, se ha convertido a las seis en un hervidero humano. De Ventas, del Pacífico, de Chamberí, de los barrios de Extremadura y Toledo, llegan los tranvías abarrotados de trabajadores excitados y vociferantes; las bocas del «metro» arrojan una tras otra incesantes oleadas de obreros nerviosos y airados. La multitud no cabe ya en las amplias aceras y empieza a invadir las calzadas, dificultando la circulación. Millares y millares de personas acuden desde todas las barriadas a pedir armas en tono cada vez más imperioso y amenazante.

—¡Debíamos empezar —gritan algunos- por colgar a los traidores que nos las niegan!

La rotunda negativa de Casares a facilitar elementos de combate a los trabajadores mientras la rebelión militar salta de una ciudad a otra, se les antoja una traición. Equivale a entregarles inermes a merced de sus enemigos tradicionales. Con la llegada de cada nueva bandada de gentes crecen los gritos y la indignación. Muchos oradores improvisados arengan aquí y allá a la muchedumbre. Todos miran hacia el Ministerio y levantan los puños crispados.

Gobernación ha cerrado sus puertas. Ante ellas, una doble fila de guardias de seguridad y asalto. Otros grupos, más numerosos aún, de hombres uniformados, vigilan en la calle de Carretas, en la de Correos y en la plaza de Pontejos, junto al antiguo edificio de Telégrafos que les sirve de cuartel. Pero, o han recibido órdenes de no enfrentarse con la multitud, o han decidido no hacerlo por iniciativa propia. En cualquier caso, ni carga contra la manifestación popular que tienen ante los ojos ni hacen el menor gesto de hostilidad. Por el contrario, muchos guardias dialogan con los manifestantes, cuyos sentimientos comparten evidentemente, y se limitan a impedir, sin violencias, que la gente derribe las puertas y penetre en el Ministerio por la fuerza.

— No pierdas el tiempo intentando entrar. Dentro no conseguirás nada.

El consejo procede de Ignacio Barrado —calvo, cincuentón, con una pronunciada cojera—, con quien me tropiezo a la entrada del café Levante. Barrado, redactor de la Agencia Havas, acaba de salir de Gobernación, donde ha estado desde las cuatro en misión informativa. Sabe lo poco que se puede saber y desconfía de que nadie logre averiguar nada más. El Consejo de Ministros, al que han asistido Martínez Barrio, Prieto y Largo Caballero, concluyó hace rato, aunque los periodistas no vieron salir ni pudieron hablar más que con uno de los asistentes: el secretario de la Unión General de Trabajadores.

—Largo Caballero salía echando chispas. Fue a pedir armas para los obreros y recibió la más rotunda de las negativas.

A la pretensión caballerista se opone en términos enérgicos Martínez Barrio, al que apoyan sin vacilaciones todos los demás asistentes a la reunión, incluido Indalecio Prieto. La escena resulta violenta, borrascosa y dramática. El secretario de la U.G.T la pone término abandonando el Consejo.

—¿ Para ir a Palacio llamado por Azaña?

—Es probable que alguien vaya a Palacio desde Gobernación, pero con toda seguridad no será Largo Caballero.

Resulta inútil tratar de ver en este momento a los ministros que puedan quedar en el Ministerio de la Puerta del Sol, caso de que no lo hayan abandonado todos ya.

Por otro lado, la crisis está planteada, aunque se prescinda de una. comunicación oficial dadas las circunstancias. Es indudable que Casares está dimitido.

—El sucesor no tardará en ir a ver al presidente, caso de que todavía no haya ido.

En la Puerta del Sol sigue en aumento la afluencia de público y la indignación general. Sin embargo, las noticias fundamentales no están ahora en la vieja plaza —«rompeolas de todas las Españas»—, sino en el Palacio Nacional; aunque acaso sería más exacto decir que se hallan en los cuarteles prestos a sublevarse y en los centros obreros donde los trabajadores sindicados se preparan a toda prisa para la batalla inminente.

Las tiendas de la calle del Arenal han cerrado sus puertas. Grupos nutridos y amenazantes van y vienen entre la Puerta del Sol y la plaza de Oriente. En la plaza del Celenque, una veintena de obreros meten apresuradamente en dos taxis los rifles y escopetas sacados de una armería cercana, mientras otros cargan los revólveres y pistolas de que acaban de apoderarse.

— Como Casares no quiere darnos armas —explica-» uno en medio de un corrillo de curiosos—, tenemos que cogerlas donde las haya.

La plaza de Oriente es más grande que la Puerta del Sol y hay menos gente. Tan sólo unos centenares de personas que forman grupos en los jardines o en torno a las estatuas y comentan con animación los sucesos de la jornada. Por otro lado, aquí se han tomado superiores medidas de precaución. Aparte de la guardia habitual de Palacio, soldados de la escolta presidencial ocupan posiciones de combate dentro y alrededor del edificio, dispuestos para rechazar a tiros cualquier ataque. Junto a los jardines de Caballerizas aparecen estacionados unos camiones de asalto; otros más numerosos aún, mantienen una tensa vigilancia en la plaza de España, formando una especie de barrera entre el cuartel de la Montaña y la residencia oficial del presidente de la República.

Un grupo de periodistas aguardan expectantes en la puerta de la calle de Bailén; otros tantos hacen lo mismo en la plaza de la Armería. Llevan muchas horas allí y es poco lo que han podido ver o averiguar. Rehuyendo la curiosidad de los informadores, las personalidades políticas llamadas por Azaña pueden entrar y salir de Palacio sin ser vistas utilizando la salida del Campo del Moro.

—Estamos perdiendo lastimosamente el tiempo — gruñe uno malhumorado—. Cuando sepamos quién es el nuevo jefe de Gobierno, ya lo sabrá media España.

Apenas si en toda la tarde ha habido nada noticiable excepto la visita de Sánchez Román. ¿Para encabezar el futuro ministerio? Contra lo que una hora antes se da por seguro en el Congreso, a las puertas de Palacio y a las siete de la tarde, son pocos los periodistas que lo creen. Pese a todas las precauciones y reservas, hasta ellos se han filtrado algunas noticias cuya absoluta cer- tidumbre nadie puede garantizar, pero que parecen ciertas. Aunque los informadores no hayan llegado a verles, son varios los políticos republicanos de cierta importancia que han conferenciado o están conferenciando en este mismo instante con el presidente de la República.

Entre ellos figuran, además de Sánchez Román, Ossorio y Gallardo, Albornoz y Lluhí Vallescá.

—Pero será Martínez Barrio con toda seguridad quien reciba el encargo presidencial. Los demás habrán de prestarle todo su apoyo personal y político.

De manera inevitable comenzamos a discutir las posibilidades de Martínez Barrio para formar Gobierno y las consecuencias que el hecho puede traer aparejadas.

No llegamos a ningún acuerdo, naturalmente. Pertenecemos a las más diversas tendencias políticas y cada uno opina de acuerdo con sus ideas y deseo. Reproducimos casi con las mismas palabras una disputa cien veces repetida entre nosotros mismos durante los últimos ocho días:

—¿Qué sabéis de la Montaña? —pregunto, para cambiar de tema.

— Nada, excepto que los soldados están acuartelados.

—¿Por el Gobierno?

—Di que contra el Gobierno y no te equivocarás.

Se hace de noche y aumentan con rapidez los grupos concentrados en la inmensa plaza. Pero a diferencia de lo que sucede en la Puerta del Sol, aquí permanecen en actitud expectante, sin pretender siquiera acercarse a las puertas de Palacio. Entre los periodistas empieza a cundir el aburrimiento y el cansancio de una larga e infructuosa espera.

—Me voy al periódico —decido—. ¡Cualquiera sabe lo que estará pasando, mientras aquí seguimos en las nubes…!

Son las ocho de la noche. Subo hacia la Gran Vía por Santo Domingo. En todas partes el mismo espectáculo. Ni un solo guardia o soldado a la vista; por doquier, grupos agitados y nerviosos que van y vienen o discuten a voces formando grandes corros. De cuando en cuando, cruzan veloces coches llenos de individuos silenciosos, de aire serio y gesto preocupado. Probablemente van armados, aunque sería difícil precisar a cuál de los bandos en pugna pertenecen.

Pasada la Gran Vía, la estrecha calle de Silva aparece totalmente ocupada por un inmenso gentío. No tardo en ver lo que sucede, que no me causa la menor sorpresa. En un enorme caserón de la calle de la Luna, con vueltas a las de Tudescos y Silva, está instalada hace más de un año la sede madrileña de la Confederación Nacional del Trabajo. A finales de junio, cuando Casares declaró ilegal la huega de la construcción, los locales fueron clausurados, al tiempo que se procedía a la detención de varias decenas de militantes. Cerradas y selladas las puertas de los diversos sindicatos y comités confederales, varias parejas de seguridad y asalto vigilaron día y noche durante tres semanas para que no fuesen abiertas por la fuerza.

Esta tarde la clausura ha terminado; puertas y balcones aparecen abiertos de par en par y varios millares de trabajadores se agolpan en el interior del edificio o en la calle pugnando por entrar.

Abriéndome paso a empujones y codazos, logro ganar el portal del caserón. Centenares de personas se apretujan hasta lo inverosímil en la señorial escalera de piedra y en todos los salones del piso alto. Una obsesión que nada hacen por ocultar, que muchos expresan constantemente a gritos, domina y agita a todos: ¡armas! No hay uno solo que no esté dispuesto a luchar en la calle contra el movimiento derechista, pero quieren pistolas o fusiles con que batirse. Los militantes más conocidos, los secretarios de los sindicatos, de los comités y de las juventudes se ven asaltados por grupos que les aturden con sus voces en demanda de elementos de combate.

—¡No hay más armas, compañeros! Esperamos tener las pronto y las repartiremos en cuanto lleguen. ¡Esperad!

Las conseguidas hasta ahora están repartidas ya. Los que han logrado una simple escopeta de caza, suscitan la envidia de sus compañeros. Llueven sobre ellos peticiones y ofrecimientos; pero nadie quiere desprenderse del revólver o la pistola alcanzada y rechazan desdeñosos súplicas y demandas. Hay treinta hombres por cada arma, sin contar los millares que aguardan impacientes en las calles inmediatas o los centros de las barriadas. La mayoría de los trabajadores tendrán que afrontar con las manos vacías una pelea que todos consideramos inevitable e inminente.

—Hacemos lo que podemos y más —se disculpan los elementos responsables—. ¡Qué pena no disponer de un arsenal completo…!

En una habitación apartada, unos hombres llenan botellas de gasolina a fin de utilizarlas como bombas incendiarias; en otra, un grupo de metalúrgicos manipula con cartuchos de dinamita, fabricando rudimentarias granadas de mano. Es difícil en medio de la barahunda reinante localizar a una persona determinada y no consigo dar con Isabelo y Val, que son quienes de momento me interesan más. Ninguno de los dos se halla al parecer en la calle de la Luna. Andan por ahí, al frente de grupos de acción, buscando y requisando armas y organizando la vigilancia en las entrañas de Madrid y las cercanías de los cuarteles. En cambio, encuentro a otros miembros de los comités confederales que me informan de cuanto deseo saber.

—¡Claro que hemos abierto los locales por nuestra cuenta! —dice Inestal—. ¿El Gobierno? ¡Bah! Es un cadáver que apesta y cuanto antes le entierren mejor.

Los guardias, que esta tarde vigilaban el caserón cerrado, pretendieron oponerse a su reapertura; arrollados por la multitud, optaron al final por marcharse. Nadie teme que puedan volver para intentar clausurar de nuevo los sindicatos. En cualquier caso, no lo conseguirán, por- que la C. N. T. está preparada para impedirlo, aunque sea a tiros.

Encuentro muchos amigos y conocidos febrilmente atareados. Nobruzan, Salgado, Padilla, Puertas, Amor Nuño, Sañudo, Ibars, Cascales, Pradas, Ortega, Orobón y Villar son militantes destacados de la organización que ocupan cargos en los distintos comités y sindicatos. Otros muchos han salido precipitadamente con rumbo a diversas provincias o se encuentran en la cárcel. Pero en un sitio u otro todos se aprestan a luchar sin vacilaciones ni desmayos.

Antonio Moreno es un hombre alto, corpulento, de palabra fácil y gesto tranquilo. Ocupa de manera provisional la secretaría del Comité Nacional, porque el designado por la organización —David Antona— se halla preso como consecuencia de la huelga de la construcción, en la que ha participado de una manera activa y directa. Bonderado, sensato, sin exaltaciones ni extremismos, Moreno confirma la firme voluntad confederal de aceptar la lucha en el terreno que se plantea y llevarla hasta un final victorioso.

—Esta misma tarde han salido delegados del Comité Nacional con instrucciones concretas para las distintas regionales. Todos los militantes, afiliados o simpatizantes de la organización confederal, deben armarse como sea, contestando con la huelga general revolucionaria a la menor tentativa fascista y hacerse matar antes de consentir su triunfo.

De pronto se produce un terrible alboroto en el enorme edificio. Son muchos los que hablan y gritan a un tiempo y es difícil enterarse de lo que sucede, aunque juzgando por la actitud de los que se encuentran en la calle, y han sido los primeros en enterarse, debe ser alguna buena noticia. Lo es en cierto modo y manera como compruebo cuando al final consigo averiguarlo. Se trata de la llegada de varios militantes del Ateneo Libertario de Barrios Bajos. Uno de ellos, llamado Barreiro, trae en la mano un fusil nuevo y bien engrasado que muestra con visible satisfacción y orgullo. Pero lo fundamental no es aquel arma, ni las que exhiben sus tres acompañantes, sino dónde y cómo las han conseguido.

—Hace media hora llegó un camión cargado de fusiles —explica— al Círculo Socialista de la calle de Valencia. Luego de mucho hablar y razonar, logramos que nos cedieran una docena para el Ateneo. Pero todavía quedan en Barrios Bajos más de doscientos compañeros con las manos vacías.

Lo mismo que en Lavapies, sucede en todas las barriadas madrileñas. Hay millares de hombres buscando un arma para participar en una pelea que todos consideramos tan próxima como inevitable. Parece que los socialistas han encontrado en algún parque o cuartel quien les facilite fusiles, pese a la rotunda oposición de Casares Quiroga. La C.N.T tropieza, desde luego, con mucho mayores dificultades para armarse.

—Confiamos en que la U.G.T. nos ceda algunos fusiles. En todo caso, lucharemos con armas o sin ellas.

—¿Solos?

—No. Confiamos en que los demás partidos y organizaciones hagan lo mismo que nosotros. Decualquier forma, aunque nos quedásemos solos, no vacilaríamos un solo segundo.

Junto a la obsesión de las armas, hay una grave preocupación en cuantos llenan en este momento los locales confederales: los presos. Como consecuencia de la huelga de la construcción, varios centenares de militantes se encuentran encerrados en la Cárcel Modelo madrileña. Entre ellos se encuentran algunos de los hombres más conocidos de la organización, como David Antona, secretario del Comité Nacional; Cipriano Mera y Teodoro Mora.

—Si por la mañana no han salido, iremos a sacarlos por la fuerza.

Muchos querrían ir ahora mismo. Les contiene la seguridad de que esta noche —dentro de una hora, de dos o de cinco— los militares se lanzarán a la calle en Madrid, igual que se están lanzando en todos los puntos de España, y es preciso concentrar un máximo de fuerzas en los precipitados preparativos para hacerles frente.

—Si Casares no estuviera en contra del pueblo, hace días que todos nuestros hombres estarían en libertad. Pero cuando llegue el momento de jugarse el todo por el todo en contra del fascismo, muchos de los que ahora se encuentran presos darán la cara con las armas en la mano mientras escapan por las alcantarillas quienes les metieron en la cárcel.

Alrededor de las diez de la noche llego a la redacción de «La Libertad». No hace falta hablar con nadie —basta ver las caras de redactores, colaboradores y amigos para descubrir que en todos impera la preocupación y el pesimismo. Son malas todas las noticias que se reciben. Como obedeciendo a un plan meticulosamente trazado, la rebelión salta de una ciudad a otra, de un extremo de la nación al opuesto. Esta mañana estaba circunscrita a Marruecos y Canarias; doce horas después arde ya en Navarra, Burgos, Aragón, Andalucía y puntos aislados del Norte, las dos Castillas y Extremadura.

—Otras doce horas y se habrá extendido al resto de la nación.

—Y lo peor de todo —sostiene Haro malhumorado— es la sensación de estupidez e impotencia del propio Gobierno.

Aun siendo extremadamente grave la situación, cabría confiar en una solución si en la hora decisiva Casares Quiroga estuviese a la altura de sus bravatas y desplantes. Por desgracia para la República, la beligerancia contra el fascismo anunciada a bombo y platillo desde el banco azul no aparece por ninguna parte. Anoche todavía parece dueño de sus nervios y de los resortes del mando; ahora se encuentra hundido, incapaz de reaccionar con la necesaria energía ni de hacer nada práctico.

— Para lo único que sirve —comenta Carbonell, un redactor que llega en este momento de la Casa del Pueblo y se hace eco del ambiente reinante allí— es para impedir que los trabajadores se armen.

—Armarles —se asusta Somoza Silva— sería la revolución.

— Y no armarles, el fascismo.

Hay que elegir de prisa entre dos graves riesgos, y el Gobierno, superado por los acontecimientos, lleva treinta horas inhibiéndose. Perder día y medio en circunstancias tan dramáticas constituye un auténtico suicidio. Ni siquiera el repentino y completo hundimiento del presidente del Consejo y ministro de la Guerra puede servir de explicación y disculpa de la completa inactividad gubernamental.

—Hasta ayer —se queja dolorido Luis de Tapia—, Casares se burlaba de todos nosotros cuando le advertíamos una y otra vez del peligro; hoy, al estallar la sublevación que afirmaba haber abortado con sus enérgicas medidas, resulta un pobre diablo que no sabe qué hacer ni dónde meterse.

Pero mucho más que el propio Casares —que políticamente está ya definitivamente muerto—, importa el futuro inmediato del régimen. ¿A quién designará Azaña como nuevo jefe de Gobierno? Todos los informes recogidos por los redactores del periódico en las fuentes más diversas apuntan unánimes al presidente de las Cortes.

—Será un error más, acaso irreparable —sostiene Tapia—. Hace falta un hombre decidido y enérgico, no un vulgar pastelero con pretensiones de Maquiavelo andaluz.

—Sólo Martínez Barrio puede lograr que los militares desistan de su actitud —protesta, acalorado, Gómez Hidalgo—. Les bastará saber que don Diego ha sustituido a Casares para que la mayoría de los sublevados depongan las armas.

—Ocurrirá todo lo contrario. Su nombramiento en estas circunstancias equivale a una confesión de impotencia del régimen que envalentonará a sus enemigos.

Aunque en la redacción de «La Libertad» están en abrumadora mayoría los elementos republicanos, sólo hay dos personas, ambas pertenecientes a Unión Republicana —Gómez Hidalgo y Somoza Silva—, que confíen en el éxito del presidente de las Cortes. Los demás, todos los demás, tememos que su intervención resulte contraproducente y catastrófica.

— Quizá la mayor equivocación fue elegir presidente a Azaña —dice Hermosilla—. Aunque sólo fuera porque su sucesor a la cabeza del banco azul y en el Ministerio de la Guerra hubo de ser Casares Quiroga.

(Son muchos los que en el periódico piensan lo mismo. No es una opinión nacida ahora, en vista de lo sucedido en los últimos días. Ya al ser destituido Alcalá Zamora, «La Libertad» lanza y sostiene la candidatura de Alvaro de Albornoz. Pequeño de estatura, pero de grandes arrestos y energías. Albornoz está a punto de triunfar respaldado por buen número de republicanos y socialistas. Fracasa en el último momento merced a una maniobra dirigida por Prieto, que aspira a convertirse en jefe de Gobierno, y no lo consigue, en mayo de 1936 por la oposición resuelta del ala izquierda —caballerista— de su propio partido.)

—Sí —le apoya Haro—. Albornoz no entregaría el poder en estos momentos a Martínez Barrio. Ni menos aún lo dejaría abandonado en mitad de la calle.

Hermosilla y Lezama han hablado esta tarde de nuevo con Riquelme. Aunque con una limpia historia militar y lealtad que nadie discute hacia el régimen, el general no ocupa ningún puesto de mando importante o resolutivo; ahora mismo, cuando la República corre el máximo peligro, continúa en un cargo burocrático y honorífico. ,

—Casares le consultó esta mañana, pero le despidió de mala manera cuando se mostró partidario de armar al pueblo. Sin embargo, Riquelme sigue convencido de que sólo se puede vencer la insurrección con la ayuda popular y de que aún es tiempo de hacerlo.

Es posible que el general tenga razón en todo. En cualquier caso, las horas perdidas en cabildeos y vacilaciones hacen doblemente peligrosa la situación y el mismo Riquelme tiene que ser ahora mucho más pesimista que a las seis de la tarde.

— Porque son más de las once y Casares continúa sin hacer ni dejar hacer nada.

Confirmando todos los pesimismos, Alejandro de la Villa llega procedente de la Dirección General de Seguridad. Piensa volver allá inmediatamente y viene al periódico tan sólo para comunicar a sus compañeros una impresión deprimente y desoladora.

—La Dirección es un caos —asegura—. Nadie está en su puesto ni nadie se fía de los demás. Se dan muchas órdenes, pero no se cumple ninguna. Alonso Mallol ha desaparecido prácticamente y reina el desbarajuste más espantoso. Si la salvación de la República depende de la Dirección de Seguridad, ¡estamos aviados…!

A cada momento son más alarmantes las noticias. Se sabe ya que en Algeciras han desembarcado fuerzas marroquíes; que se lucha en las calles de Almería; que en Huesca, el general Benito ha proclamado la ley marcial; que en Córdoba los militares dominan la situación, y que el gobernador civil está prisionero; que en Cáceres, Zamora y Salamanca existe la sublevación, y que en Zaragoza esperan —y temen- que las tropas salgan a la calle de un momento a otro.

—Pero ¡si Cabanellas es republicano…!

—¡ Bah! ¡También lo era esta mañana Queipo de Llano!

Es lógica y obligada la desconfianza. Aparte del antecedente aleccionador de lo sucedido en Sevilla, están la edad avanzada y la falta de energías físicas de Cabanellas. Una de las pocas decisiones tomadas en las últimas horas por Casares ha sido enviar a Zaragoza al general Núñez de Prado, jefe de la aviación militar Se sabe que el general llegó a media tarde a la ciudad aragonesa; desde entonces no se tiene la menor noticia de lo que haya hecho o de lo que sea de él personalmente. (Pasarán muchos días antes de conocerse con exactitud la suerte que corre Núñez de Prado; para entonces, el general lleva ya algún tiempo fusilado.)

Antes de la medianoche la redacción del periódico se queda casi desierta. La mayoría de los redactores se reparten por donde pueden surgir noticias de interés en estas horas decisivas y dramáticas. Van a Gobernación, al Ministerio de la Guerra, al Palacio Nacional, a la Casa del Pueblo y a los locales de los diferentes partidos políticos. Las llamadas telefónicas se suceden con ritmo acelerado.

—Martínez Barrio tiene ultimadas las gestiones para formar Gobierno —informa Gómez Hidalgo desde Gobernación—. Cuenta con Sánchez Román, Izquierda Republicana, y la Esquerra. Prieto, por su parte, le ha prometido el apoyo socialista.

—¿Y Largo Caballero?

—Insiste en la locura de armar a la U.G.T., pretensión que don Diego rechaza de plano.

—Entonces no habrá Gobierno.

—Te equivocas. Lo habrá antes de dos horas.

En las calles aumenta el nerviosismo de las gentes y abundan los alborotos y manifestaciones que nadie obstaculiza, porque los guardias parecen haber desaparecido. En la Casa del Pueblo, con los alrededores invadidos por grandes masas trabajadoras, es general la indignación contra la actitud de Casares y la que se atribuye a Martínez Barrio.

—Acaba de llegar un camión con fusiles. Nadie quiere decir de dónde los han sacado, pero esperan recibir muchos más esta misma noche.

En la calle Mayor, a un paso de la Puerta del Sol, tiene su centro social Izquierda Republicana. La gente discute a voces y protesta colérica armando una terrible algarabía que hace difícil entender lo que Antonio de Lezama telefonea desde la sede del partido de Azaña y Casares.

— Circula la noticia —dice rabioso — de que Martínez Barrio trata de llegar a un acuerdo con los militares sublevados y ha hablado con Mola ofreciéndole la cartera de Guerra. Si se confirma esta traición…

Los gritos impiden oír el final. Lezama, optimista y confiado veinticuatro horas antes, se expresa ahora en tono de violenta indignación. Duda aún que sea cierta la gestión de don Diego; pero de serlo, no creo que su partido le ayude.

—¡ Ni aunque lo mande, que no lo mandará, el propio Azaña…!

Una llamada de la Censura viene a confirmar, en cierto modo, lo que Lezama se niega a admitir. Aunque el Gobierno de Casares ha desaparecido prácticamente y no se sabe si podrá formarse otros, los censores continúan en sus puestos y tienen órdenes e instrucciones concretas. Queda rigurosamente prohibido lanzar ninguna edición especial ni anticipar una sola palabra sobre las gestiones de Martínez Barrio. Tampoco se debe retrasar el cierre del periódico en espera de noticias ni publicar ninguna que no haya sido previamente autorizada.

—¡Mandadles a la porra…! Si en estos momentos vamos a seguir amordazados…

Casi todos los que se hallan en la redacción son —somos — partidarios de imitar a «Claridad» y saltar por encima de la censura para publicar con todo detalle la verdad de lo que sucede. Hermosilla y Haro sienten ciertos escrúpulos. «La Libertad» es un periódico republicano que debe defender al régimen en todo momento y ocasión, cumpliendo disciplinadamente las órdenes del Gobierno.

—¿Qué Gobierno? ¿El de Mola y Queipo de Llano?

Eduardo Haro apunta una solución: consultar con los otros periódicos de orientación política similar —concretamente «El Liberal», «El Socialista» y «Política»— y proceder todos de acuerdo en la misma forma. Hermosilla acepta rápido la sugerencia y se dispone a telefonear.

En este momento se lee por los micrófonos de Unión Radio un manifiesto conciso y enérgico de la Confederación Nacional del Trabajo. Está en abierta contradición con todas las instrucciones de la Censura. Aunque no nombra siquiera a Martínez Barrio, sale al paso de sus maniobras, ordenando la declaración en toda España de la huelga general revolucionaria y la movilización inmediata de los trabajadores para luchar con las armas en la mano contra la amenaza fascista.

—¿Cómo lo habrá autorizado la Censura? — pregunta, sorprendido, Hermosilla.

—De ninguna manera — respondo, seguro de no equivocarme—, porque la C. N. T. no cuenta para nada con el Gobierno. ¡Como no cuenta la U.G.T. para repartir fusiles entre sus hombres! Casares es un cadáver que no sirve ya más que para seguir fastidiándonos con la Censura…

Continuará

Capitulo I: Viernes, 17 de Julio