LA MUERTE DE LA ESPERANZA. Eduardo de Guzmán. Primera Parte: NUESTRO DIA MAS LARGO (Así comenzó la guerra de España) Capítulo I: VIERNES, 17 DE JULIO eBook £1.50 (see eBookshelf)

MuertedeEsperanza1LA MUERTE DE LA ESPERANZA. Primera parte: NUESTRO DIA MAS LARGO (Así comenzó la guerra de España) por Eduardo de Guzmán.  eBook £1.50 (see eBookshelf)  Also available from Kobo    Check out other Christiebooks titles HERE 

 

«LA MUERTE DE LA ESPERANZA» recoge las memorias personales del autor en los primeros y los últimos días de la guerra de España. Dividida en dos partes, la primera —«Nuestro día más largo>>— es un relato vivido y dramático de la cambiante situación de Madrid durante las jornadas febriles y azarosas del 17 al 20 de julio de 1936; una narración de los comienzos de la trágica contienda en los centros oficiales, las redacciones de los periódicos, las sedes de los sindicatos obreros y especialmente en la calle donde millares de luchadores anónimos se aprestaban a combatir a morir de ser preciso, en defensa de sus respectivos ideales.

Guzman

Eduardo de Guzmán (1909 – 1991) Nacido en Villada (Palencia) en 1909 pero residente en Madrid hace medio siglo, inicía muy joven sus actividades profesionales trabajando en diversos periódicos. En 1930 es nombrado redactor jefe del diario madrileño La Tierra, cargo que desempeña durante cinco años. En 1935 pasa a La Libertad como editorialista y redactor político hasta comienzos de la guerra en que se integró en las redacciones de CNT y Frente Libertario.  En febrero de 1937 se le designa director del periódico matutino Castilla Libre, órgano de la C.N.T en la capital de España, que mantuvo hasta el fin de la contienda (ultimo numero de 28 de marzo). Apresado en Alicante (1-4-39), conoció los campos de concentración y la cárcel (Yeserías), fue condenado a muerte en enero de 1940, indultado en mayo de 1941 y liberado en 1944. Formó en el Comité Nacional de Amil en 1944 (secretario general). Tiró un año de cárcel en Oviedo en 1951, acusado de espionaje …

BREVE ACLARACION PRELIMINAR

Aunque no publicado hasta ahora, el relato que sigue fue escrito hace muchos años. Tantos, que el autor no había cumplido todavía la mitad de los que ahora tiene y no necesitó forzar su memoria para reconstruir hechos y sucesos que estaban grabados en su mente con la frescura de haberlos vivido pocas horas antes.

Esta crónica de unos días excepcionales fue redactada sin propósito firme de publicarla; apuntes tomados para si mismo de unos acontecimientos decisivos en la vida del país, no tenían otra finalidad que servir de base y apoyo a unos trabajos futuros de mayor amplitud. Las circunstancias hicieron que las cuartillas quedasen arrinconadas, olvidadas en la vorágine de la guerra primero y, después, en las dolorosas incertidumbres que la posguerra representó para cuantos no lograron triunfar en la sangrienta contienda.

Al releer ahora lo que escribió un día ya remoto, el autor lo ha encontrado —no sin cierta sorpresa por su parte— sugestivo e interesante, juzgando que su divulgación puede ser más oportuna que nunca. No para satisfacer vanidades literarias o personales, que el tiempo le curó de ellas si alguna vez llegó a padecerlas, sino por entender que el relato evoca —cree que con fiel exactitud— el clima tenso de Madrid en un momento crucial de su historia, el ambiente enrarecido y violento que se respiraba y el generoso desinterés con que jóvenes de todos los matices ideológicos asumían voluntaria y gozosamente su papel de protagonistas y mártires de una guerra fratricida, prólogo indudable y directo de una conflagración de mayores dimensiones que habría de decidir los destinos de la Humanidad durante varias generaciones.

Se trata en resumen, como comprobará quien siga leyendo, de un amplio reportaje directo y veraz de cuanto aconteció en la capital de España‘ durante las febriles jornadas de julio de 1936. El autor cuenta con sencillez, sin adornos retóricos, lo que vio, oyó y vivió en los centros oficiales, las redacciones de los periódicos, las barriadas obreras, la sede de las organizaciones sindicales y la calle. Sobre todo la calle, escenario incomparable en estos días de explosiones de júbilo o desesperanza, manifestaciones tumultuosas, combates encarnizados, gestas heroicas y sacrificios anónimos. Lejos de ella, en despachos ministeriales o puestos de mando, había hombres que trataban de dirigir y encauzar, con mayor o menor acierto, los trascendentales acontecimientos. Pero el factor decisivo — aquí como en el resto de España— estaba en las calles y en los campos, en millares y millares de luchadores que se disponían a combatir —a morir si era preciso— en defensa de causas que consideraban justas, merecedoras de afrontartodos los riesgos imaginables por conseguir hacerlas triunfar.

Por encima de los acontecimientos históricos que se desarrollan y aun siendo hechos de capital repercusión en la vida de millones de españoles —incluso en la de muchos que todavía no habían nacido—, está el interés fascinante del retablo grandioso y bárbaro a un tiempo de una gran ciudad aprestándose para intervenir en la contienda que se inicia o participando de lleno en ella. El cuadro alucinante en que luchan, triunfan, fracasan o mueren muchos millares de personas, cuyos nombres, hazañas, heroísmos o cobardías no recogerá nadie, tiene mayor importancia que los sucesos que son consecuencia lógica de su manera de pensar y sentir en una hora critica. La narración de un episodio o suceso resulta relativamente fácil, aunque haya transcurrido mucho tiempo desde que se produjo. Mucho más arduo y trabajoso, pero también más trascendente, resulta pintar el clima de general exaltación que.hizo que lo excepcional llegase a parecernos enteramente natural.

Sin habérsílo propuesto de antemano, el autor cree haber conseguido resucitar en su reportaje —memorias personales de hechos que adquieren mayor volumen histórico con el transcurso del tiempo — el ambiente y el pulso de Madrid en aquellas dramáticas jornadas. Lo hace con toda la imparcialidad posible en quien se siente implicado en las consecuencias de la lucha entablada. Fácilmente se descubre que el autor no niega sus sentimientos porque seria pueril y absurdo, escribiendo para si mismo, pretender engañarse. Ha dejado hoy el relato en la forma en que fue escrito —sin más modificación que algunas precisiones acerca de la suerte corrida por varios de los personajes que cruzan por la escena— porquenada más lejos de su ánimo que pretender confundir o equivocar a nadie respecto a la forma en que hace treinta y siete años interpretaba los acontecimientos que se desarrollaban ante sus ojos.— (1973)

 

Capítulo I: VIERNES, 17 DE JULIO

Son las cuatro de la tarde y el sol implacable de julio deja caer sobre la ciudad una lluvia de plomo derretido. En las calles desiertas, el asfalto reblandecido se pega a las suelas de los zapatos y una ligera neblina hace oscilar los edificios ante los ojos somnolientos. Cansado, sudo-roso, desabrochado el cuello de la camisa, camino despacio, buscando la protección de la escasa sombra. Igual hacen las pocas personas con quienes me cruzo. Tras las puertas entornadas, los balcones medio cerrados y las persianas corridas, millares y millares de madrileños duermen la siesta. Otros, menores en número pero superiores en fortuna, disfrutan ya en las playas cantábricas de un veraneo reparador.

Pienso en ellos con envidia. Por desgracia, ni este año habrá veraneo ni esta tarde siesta. Tengo sueño atrasado como consecuencia obligada del ajetreo de estos días en que he de permanecer levantado hasta bien entrada la mañana y volver a incorporarme antes del mediodía, por si durante las pocas horas de sueño agitado y nervioso ha sucedido lo que todos esperamos y tememos a un tiempo. Llevo así no sé ya cuántas noches; igual le sucede, como mínimo, a otro medio millón de españoles de todas las creencias e ideologías. Supongo que todos sentirán en este instante lo mismo que yo: un deseo vehemente de tumbarse a dormir y permanecer un par de días sin moverse de la cama.

Envuelto en el bochorno de la tarde estival, encamino mis pasos al Congreso. Lo hago maquinalmente, por una especie de inercia, obediente a la costumbre de ir allí cada tarde en busca de noticias, aunque de sobra sé que hoy no las encontraré. El Parlamento ha aplazado sus psesiones y anteayer, luego de la borrascosa y dramática reunión de la Diputación Permanente, casi todos los diputados salieron a toda prisa con rumbo a sus respectivas provincias. Sin embargo, y por si surgieran de pronto graves sucesos, conviene darse una vuelta por el viejo caserón. Igual harán, otros compañeros; probablemente los mismos que unas horas antes, alrededor de la una, visitaron —también como todos los días— al ministro de la Gobernación para oír de sus labios la tranquilizadora noticia de que en toda España reina una paz octaviana.

Experimento una clara sensación de alivio al entrar. En contraste con el calor asfixiante de la calle, la temperatura del interior resulta agradable. Porteros, ujieres y ordenanzas aparecen en sus puestos, pese a que apenas hay vida esta tarde en el Congreso. El salón de sesiones permanece sumido en profundas tinieblas; las tribunas están vacías y en los anchos pasillos y las amplias salas decoradas aparatosamente al gusto isabelino, reina un completo silencio, extraño y un poco deprimente, recordando la animación y el bullicio de sólo una semana atrás.

En el bar del Congreso, envuelto en una suave penumbra, encuentro a un grupo de compañeros. Son informadores políticos de diversos periódicos madrileños, para ninguno de los cuales constituye una sorpresa el abandono y la calma que impera en el viejo palacio esta tarde estival. Todos sabemos que España vive un instante crítico eneste 17 de julio de 1936; una hora tensa, angustiada, víspera de algo trascendental y decisivo, aunque nadie acierte a profetizar exactamente de qué. Sucesos de extrema gravedad pueden producirse —tienen que producirse, mejor— en cualquier momento. De eso, que es lo único que importa y cuenta eneste día, hablamos inevitablemente los periodistas reunidos en el bar, tratando cada uno de defender sus puntos de vista, que casi siempre coinciden con los del periódico a que pertenece y en todos los casos con los del partido político o la organización sindical en que milita.

Pero, en contra del lógico y natural apasionamiento, hablamos en un tono apagado y mortecino. El calor sofocante invita a la siesta; el monótono ronroneo de los ventiladores que agitan el aire, sin conseguir refrescarlo, acentúa el sopor, y todos llevamos varias noches en vela. Desde que al atardecer del domingo fue asesinado el teniente Castillo y en la madrugada del lunes corrió Calvo Sotelo la misma trágica suerte, ninguno de nosotros ha logrado descansar un solo día lo suficiente.

Cada tarde se anuncia,. con mayor insistencia que la víspera, una sublevación militar inminente y es preciso pasarse la noche pendiente de los teléfonos, atento a los más diversos rumores, corriendo de un lado para otro, a fin de confirmarlos o desmentirlos con la máxima rapidez. Aun cuando no pase nada en la noche que termina, todo puede ocurrir en el día que alborea, y quien se tumbe despreocupado a dormir ocho o nueve horas, puede encontrarse al despertar con un cambio completo ‘en el panorama nacional.

Cinco jornadas así, en una constante guerra de nervios y amenazas, están a punto de terminar con nuestra resistencia física. Interesados, más interesados que nadie — por sumar a los motivos de índole profesional otros políticos y personales—, las noches sin dormir acumulan grandes cantidades de sueño en nuestros párpados e impregnan las palabras de un ‘suave escepticismo.

— Convenceos, muchachos — dice uno — , de que las revoluciones no se anuncian a hora fija, como las corridas de toros. Ya veréis cómo al final no pasa nada.

—¡Hum! —replica otro, con aire somnoliento—. Esta vez va en serio. Lo que anteayer dijeron Gil Robles, Vallellano e incluso Ventosa..

—¡Palabras, palabras y palabras…! Tendrían que estar locos de remate para echarse a la calle, haciendo inevitable la revolución que temen.

— La revolución está ya en la calle —sostiene un tercero, con momentáneo acaloramiento—. Si los militares no la atajan pronto…

—¿Otra «sanjurjada»? —le interrumpe alguien, burlón—: ¡Bah! Cuatro guardias de asalto bastan para terminar con ella.

—¡Estáis listos..! Lo del 10 de agosto no volverá a repetirse. Ahora no será un general aislado el que se levante, mientras los demás esperan cruzados de brazos a que les saque las castañas del fuego.

—¡Peor para ellos! Los trabajadores están alerta y la lección de Asturias …

— Lo úni-co que hace falta —sentencia otro, silencioso hasta este momento — es que Casares se líe la manta a la cabeza y meta en cintura a todo Cristo.

La charla se anima unos minutos, pero no tarda en languidecer Son muchos días de hablar de lo mismo, hacer idénticas conjeturas y emplear iguales razonamientos. Aunque en el grupo hay periodistas de las más diversas tendencias, cada uno sabe lo que van a decir los demás y puede anticipar sus palabras. Los argumentos carecen de novedad y la discusión de interés. Vuelve a hacerse el silencio y los ojos de varios se cierran maquinalmente, añorando el placer de una buena siesta.

Pero no habrá descanso para ninguno. Mientras subsista la gravedad de la situación tendremos que permanecer en plena actividad. En el mejor de los casos, cuando la tormenta se disipe y vuelvan la política y la vida nacional a sus cauces normales, estaremos ya en el otoño. En el peor nadie sabe lo que puede ocurrir

— Bueno —masculla uno, encogiéndose de hombros—, ya dijo Larra que en España nunca pasa nada.

— Sí — respondo—. Es ella siempre la que pasa por todo.

(Somos diez los periodistas que esta tarde estival nos encontramos en el Congreso. Ninguno se muestra optimista al enjuiciar la situación, pero ni el más pesimista del grupo puede imaginar siquiera la trágica suerte que nos espera. De los diez, la mitad morirán violentamente antes de concluir el año; uno de ellos será mi hermano Angel —redactor de «La Libertad» lo mismo que yo—, que pierde la vida en el Alberche el 15 de octubre de 1936. Suerte igual correrá el 1 de mayo de 1940, una vez terminada la contienda, Manuel Navarro Ballesteros, de «Mundo Obrero». De los cuatro restantes, tres —Gutiérrez de Miguel de «El Sol», Pérez Merino de «Claridad» y yo— seremos condenados a muerte en consejos de guerra sumarísimos y pasaremos en presidio los años de nuestra juventud. Sólo uno de los presentes escapará relativamente bien. Roncero, de «Ahora», que cruzará la frontera para iniciar en Francia un prolongado exilio.)

Un hombre de mediana estatura, cuya rapidez de movimientos contrasta con su corpulencia, asoma un momento la cabeza buscando a alguien con la mirada. Al no encontrarlo en el bar, da media vuelta y se aleja sin pronunciar palabra. Pero uno de los periodistas le ha visto de refilón y reconocido en el acto. Toda su somnolencia desaparece de golpe y se pone en pie dispuesto a darle alcance, mientras exclama, sorprendido:

—¡ Qué raro…! ¡Prieto aquí a estas horas. !

Todos salimos tras él. Segundos después rodeamos a Prieto en uno de los pasillos. Don Indalecio — cara redonda, párpados carnosos, ojos de miope — tiene un gesto de honda preocupación en el semblante. Nos conoce a todos y se anticipa a las preguntas que tenemos en la punta de la lengua.

— Vengo —dice— a reunirme con la Ejecutiva del Parttido Socialista.

Hace una pausa, como si necesitara tomar aliento; luego, dejando caer con lentitud las palabras, añade:

—La guarnición de Melilla se ha sublevado esta tarde. Los trabajadores están siendo pasados a cuchillo.

Mientras habla llegan, jadeantes por el calor y las prisas, diversos miembros de la Ejecutiva. A Prieto le urge reunirse con sus compañeros para decidir rápidos las medidas a tomar en vista de la grave situación planteada. No se molesta en darnos detalles de lo sucedido en la población marroquí. Es posible que los ignore aún; también que prefiera reservárselos por el momento. Ninguno de nosotros le apremia. Los detalles son cuestión secundaria y vendrán más tarde; lo fundamental ahora es la noticia en sí.

Corremos hacia las cabinas telefónicas. Cada uno habla con su periódico para comunicar lo que sucede, que no por esperado resulta menos sensacional. Luego, sin salir del Congreso, tratar de conseguir confirmación y, a ser posible, ampliación, de lo dicho por don «Inda». Varios pedimos a un tiempo conferencia telefónica con Melilla. Hemos de aguardar impacientes unos minutos que se nos antojan siglos; al final…

—Lo siento, señor; la linea está averiada.

Tampoco resulta posible hablar con Ceuta, Tetuán o Larache, porque todos los cables se han estropeado de repente. Como es lógico, todos sabemos que la presunta avería no pasa de ser una excusa. Confirma en cierto modo lo anunciado por Prieto. Sin embargo, una duda se abre paso en nuestro ánimo: ¿se ha extendido la rebelión a toda la zona española de Marruecos o ha cortado las comunicaciones el propio gobierno?

—Quizá si hablásemos con Málaga y Algeciras…

Lo hacemos sin conseguir aclarar nada. En Algeciras y Málaga saben todavía menos que nosotros. Circulan los mismos rumores que en Madrid y los ánimos están muy excitados. Sin embargo, carecen de noticias concretas del otro lado del Estrecho. Los barcos de Ceuta, Tánger y Melilla llegaron sin novedad a la hora acostumbrada.

—Cuando salieron había tranquilidad. Claro que después.

Lo sucedido después, lo que esté ocurriendo en este mismo instante, es lo único que verdaderamente interesa e importa. Pero de eso, de todo eso, no pueden decirnos una sola palabra las personas con quienes hablamos por teléfono en las ciudades más meridionales de España.

—Bueno, alguien tiene que estar enterado en Madrid.

Todos tenemos amigos y conocidos en los lugares donde pueden informarnos ——ministerios de Guerra y Gobernación y Dirección General de Seguridad— y cada uno procura localizar por teléfono a quienes en situaciones normales y en un terreno confidencial le desmienten o confirman los rumores circulantes. En esta ocasión, sin embargo, fallamos estrepitosamente en los primeros intentos. Por una extraña y sospechosa coincidencia, una mayoría de nuestros posibles informantes no están en sus despachos ni nadie acierta a decirnos dónde encontrarles. Logramos, no obstante, localizar a un par de ellos; ninguno aclara nuestras dudas o disipan nuestros temores.

—No hagáis casos de bulos —es la respuesta unánime—. Si ocurriese realmente algo importante, el gobierno se lo comunicaría al país. Mientras no diga nada, es que no sucede nada.

— Pero la incomunicación telefónica con Marruecos…

— Una simple avería que estará arreglada dentro de media hora. Entonces podréis hablar con Melilla y convenceros de que todo son fantasías.

Pese a las rotundas negativas de nuestros interlocutores telefónicos, es fácil advertir un tono de ansiedad y nerviosismo en sus voces. Si alguno de nosotros hubiera puesto en cuarentena el sensacional anuncio de Prieto, la pretendida avería telefónica y las denegaciones oficiales habrían sido suficientes para convencerle. A la media hora nadie abriga la más remota duda. La rebelión militar podrá tener mayor o menor alcance, pero es indudable que ha comenzado.

El bar los pasillos y las salas del Congreso empiezan a llenarse. Llegan apresuradamente políticos, periodistas y curiosos. Todos los que tienen acceso al edificio del Parlamento y que por un lado u otro han oído rumores de lo que sucede, acuden ansiosos por enterarse de algo más. Se forman corrillos en los que se habla y discute a voces. Todo el mundo está plenamente convencido de que la lucha — tantas veces anunciada y desmentida durante la última semana — es ya una trágica realidad, aunque nadie conozca todavía las exactas proporciones del movimiento.

— Triunfará sin dificultad en todo Marruecos — afirma, convencido, el comandante Ristori, un marino republicano que morirá tres meses después peleando en Torrejón—, porque están comprometidos los jefes de Regulares y el Tercio. Hace quince días se lo dije al ministro, que no me hizo el menor caso. Ahora.

—Casares sabe perfectamente lo que hace —salta en defensa del ministro un diputado de Izquierda Republicana—. Me consta que el gobierno ha tomado las medidas precisas y puedo asegurarles que la subversión quedará aplastada en menos de cuarenta y ocho horas.

Carentes todos de información exacta y directa, cada uno tiene una opinión diferente acerca de la importancia del alzamiento. No faltan los optimistas que, dando por descontado que el gobierno tiene en sus manos todos los resortes, confían en una repetición de lo sucedido el 10 de agosto. En general, los elementos gubernamentales temen, más que a los militares sublevados, a las organizaciones obreras.

—¡Habrá que tener mucho cuidado — advierten seriamente— con la C. N. T y los comunistas, que pretenderán aprovecharse del río revuelto!

Para muchos de los seguidores entusiastas de Azaña, Martínez Barrio, Casares, Sánchez Román o Maura, el verdadero peligro para el régimen está a la izquierda. La República puede defenderse de los generales levantiscos sin grandes dificultades; con los guardias de Asalto y la Guardia civil —en cuya tradicional fidelidad y disciplina tienen una fe ciega- habrá más que suficiente para ahogar cualquier intentona descabellada.

—En la península no se moverá nadie y lo de Marruecos quedará liquidado en tres o cuatro días.

Es la opinión predominante entre los elementos republicanos. Sin embargo, algunos que no pertenecen a las minorías gubernamentales no son tan optimistas; tampoco lo son, en general, los socialistas. Unos y otros saben que la energía verbal de Casares no tiene traducción exacta en los hechos; que lleva tres meses amenazando a diestro y siniestro, pero dejando que fascistas y antifascistas diriman sus diferencias en mitad de la calle a balazo limpio. ¿Habilidad maquiavélica para que sus enemigos se destrocen mutuamente?

—¡ Claro que sí! El Gobierno tiene sus fuerzas intactas mientras se debilitan los enemigos de la República.

—Pero lo de Melilla.

—¡Fuego de virutas! Casares controla la situación.

¿O le cree tan insensato como para estar todo este tiempo cruzado de brazos? ¡Ni pensarlo! Conoce la conspiración hasta en sus menores detalles y la aplastará sin tardanza ni contemplaciones.

Los ugetistas tienen dudas más que fundadas; los comunistas creen que el gobierno debe apelar al pueblo y apoyarse en el Frente Popular; los hombres de la C. N. T. desconfían de Casares y dan por descontado que habrán de ser los trabajadores armados quienes en última instancia derroten a la subversión militar Pero la C. N. T no tiene representación parlamentaria, los comunistas’ son muy escasos y los socialistas se hallan profundamente divididos. Si los caballeristas exigen una rápida distribución de armas, los seguidores de Prieto y Besteiro se oponen en redondo.

—Nuestra obligación — afirman— es secundar al gobierno y mantener a todo trance la legalidad republicana.

No es preciso en su opinión recurrir a medidas extremas para vencer la rebelión. Armar a las masas obreras podría resultar contraproducente. Por atajar un peligro relativo, se crearía otro cien veces mayor. Al poder público le sobra con sus recursos normales para hacer morder el polvo a todos sus enemigos.

— No perdamos la cabeza, amigo —aconsejan algunos con ademán tranquilo y gesto sonriente—. Los cuartelazos nada tienen que hacer en pleno siglo XX.

Los socialistas moderados y los republicanos históricos distan mucho de ser mayoría en el país; no obstante, lo son en las redacciones de los periódicos madrileños y en los llamados círculos políticos de la capital de España. En cualquier caso, tienen una indudable mayoría entre las personas que al atardecer del 17 de julio hablan y discuten en los salones y pasillos del Congreso. Si no logran contagiar a los demás su panglosiano optimismo, consiguen cuando menos llevar la voz cantante, profetizando unánimes e incansables el inmediato fracaso de la sublevación.

— Tengo el coche a la puerta —dice Sánchez Monreal, director de la Agencia Febus, a un grupo de compañeros—. Si salimos después de cenar, de madrugada estaremos en Córdoba y a mediodía en Málaga o Algeciras.

Quiere cruzar el Estrecho y llegar a Marruecos tan pronto como se restablezcan las comunicaciones. Díaz Carreño, redactor de «La Voz», va con él. Yo pretendo acompañarles, pero el director del periódico en que trabajo, que acaba de llegar al Congreso, considera mucho más conveniente para «La Libertad» mi presencia en Madrid.

—Nadie sabe lo que puede pasar aquí esta noche o mañana — argumenta—. Por grave que sea lo de Marruecos, la batalla decisiva habrá de librarse en Madrid.

Antonio Hermosilla es un hombre alto, delgado, con el pelo casi blanco y un ligero tic nervioso. No es un escritor brillante, pero tiene un magnífico sentido periodístico y sabe rodearse de los hombres que necesita. En sólo tres años ha cuadruplicado la tirada de «La Libertad», ahora uno de los diarios de mayor circulación de todo el país. Políticamente es, como su periódico, republicano de izquierda; con un izquierdismo moderado que no sobrepasa los límites de un socialismo reformista y gubernamental. Colaboradores asiduos de «La Libertad» son, entre otros muchos, Albornoz, Prieto, Barcia y Martínez Barrio, y de manera más excepcional Sánchez Román y el propio Azaña. No obstante, Hermosilla no comparte en modo alguno el optimismo de otros republicanos, acaso porque desconfía de la decisión y acierto de Casares Quiroga.

—¡Ojalá todo quede reducido a lo de Melilla! —exclama, nada convencido de que así pueda ser.

Teme mucho que el pronunciamiento melillense sea el comienzo de una sublevación que se extienda en pocas horas a todas las guarniciones peninsulares, desencade- nando una auténtica catástrofe nacional. De cualquier forma entiende que es un poco pueril marchar ahora a Marruecos. Habrá tiempo de hacerlo si la lucha se limita y circunscribe a las plazas de soberanía o a la zona del Protectorado; de no ser así, lo que suceda en otros lugares, esencialmente en Madrid, habrá de ser más importante y trascendental.

Termina entre tanto la reunión de la Ejecutiva socialista. Prieto se escabulle habilidoso sin que los periodistas podamos abordarle de nuevo. Sobran, no obstante, personas que nos informen de lo acordado. El Partido, que no forma parte del Gobierno, apoyará a éste, urgiéndole al propio tiempo para tomar las medidas necesarias a fin de aplastar el levantamiento. En cuanto a los sindicatos socialistas.

—La Unión General de Trabajadores responderá a cualquier tentativa fascista con la huelga general revolucionaria.

No será, claro está, una huelga que estorbe o paralice la acción del Gobierno y se limitará a las poblaciones en que los militares sublevados pretendan declarar el estado de guerra. ¿Qué hará la C.N.T.? Para la mayoría la respuesta no ofrece duda posible. Aunque la Confederación no firmó el pacto del Frente Popular, contribuyó decisivamente a su triunfo; está enfrentada con el gobierno de Casares que apoya a la patronal en la huelga de la construcción, que ya dura muchas semanas, pero luchará con todas sus fuerzas contra el movimiento derechista.

—De todas formas —insiste Hermosilla—, convendría conocer su reacción frente a lo sucedido en Melilla.

Se la anticipo yo, seguro de no equivocarme. Pero la mía es una opinión personal y al periódico le interesa conocer y divulgar la postura oficial de la organización confederal en este momento crítico y decisivo. Bien. Buscaré a los militantes más conocidos y responsables, a los miembros de los Comités que dirigen la C. N. T y dentro de una hora, de dos como máximo, «La Libertad» estará en condiciones de hacer públicas las decisiones tomadas por los sindicatos revolucionarios.

Abandono el Congreso, donde la animación empieza a disminuir convencidos todos de que la información y las noticias están ahora en otros sitios. Salgo del edificio al mismo tiempo que Hermosilla, Gómez Hidalgo y Lezama. Los dos últimos forman parte también de la redacción de «La Libertad». Hidalgo, diputado de Unión Republicana, va en busca de su jefe político —Martínez Barrio—, que es al mismo tiempo presidente de las Cortes y vicepresidente de la República; Lezama encamina sus pasos hacia el ministerio de la Guerra para ver a Casares.

Yo buscaré a Riquelme —dice Hermosilla—. Es probable que sea quien más noticias tenga.

Riquelme y Hermosilla son amigos hace muchos años y viven en dos hotelitos contiguos de la colonia del Viso. Riquelme, famoso por sus campañas africanas, es uno de los pocos generales abiertamente republicano.

En la calle de Fernanflor, Monreal y Carreño se disponen a subir al coche del primero y enfilar la carretera de Andalucía. Sonrientes, se despiden de algunos compañeros.

— Mañana estaremos en Málaga, tal vez en Melilla, y sentiréis no habernos acompañado. (No llegan tan lejos, por desgracia. Su viaje se interrumpe en Córdoba. Es gobernador de Córdoba un redactor de «El Sol» — Antonio Rodríguez de León—, que les recibe con los brazos abiertos. Cuando se presentan en la mañana del 18 de julio, la situación en la ciudad de los califas es muy tirante. Las tropas están acuarteladas y los trabajadores piden armas. Cumpliendo instrucciones de Madrid, el gobernador se las niega, se las sigue negando cuando los militares sublevados penetran en el Gobierno civil y le detienen. También son detenidos los otros dos periodistas madrileños. Tras unas semanas de encierro, Monreal y Carreño son puestos en libertad. No pueden volver a Madrid, pero sí reunirse con sus familias, que veraneaban en San Rafael y han sido trasladadas a Valladolid. Superando enormes dificultades. logran llegar a su punto de destino.)

Cerca de la Puerta del Sol, en el primer tramo de la Carrera de San Jerónimo, está el Café Rex. En él suelen reunirse por las tardes algunos militares republicanos, esencialmente aviadores. Junto a Ramón Franco, frecuentan la tertulia el teniente coronel Ortiz, los comandantes Camacho y Romero, los capitanes Bayo y Rexach y el antiguo mecánico Pablo Rada. El piloto del «Plus Ultra» no está en Madrid porque el gobierno le ha nombrado agregado militar a la embajada de España en Washington, pero sí muchos de sus compañeros.

— No te molestes en entrar porque no encontrarás a nadie. Cada uno está ya en el puesto que le corresponde.

Habla el capitán Rexach, con quien me cruzo en la entrada. Rexach —uno de los sublevados de Cuatro Vientos, en unión de Queipo de Llano, Franco, Collar e Hidalgo de Cisneros— es un hombre alto, de complexión atlética y gesto decidido. Acaba de enterarse de lo sucedido en Melilla, que no le ha cogido «de sorpresa.

—Llevábamos muchos días esperando algo por el estilo. Ni en Getafe ni en Cuatro Vientos nos pillarán dormidos. Seremos nosotros, probablemente esta misma noche, quienes despertemos a más de cuatro.

Mientras habla, sube al coche que le espera junto a la acera y pisa a fondo el acelerador. Le sigo con la vista mientras atraviesa como un loco la Puerta del Sol. (Dentro de unas horas, Rexach estará en Sevilla dispuesto a bombardear Tetuán; el próximo lunes él y un grupo de aviadores amigos influirán decisivamente en el desenlace de la lucha en Madrid).

Como todos los anocheceres, grupos nutridos llenan por completo las amplias aceras de la Puerta del Sol. Aquí y allá se forman corrillos en los que se discute con apasionada vehemencia y que se disgregan al acercarse alguna pareja de guardias. Abundan, desde luego, los transeúntes más o menos apresurados y los simples curiosos, pero los elementos políticos están en aplastante mayoría. Los huelguistas de la construcción cambian impresiones o reciben consignas delante mismo del ministerio de la Gobernación, que ha declarado ilegal el paro. Algunos agitadores comunistas alzan de vez en cuando su voz en un grupo de obreros en un improvisado mitín-relámpago. En los múltiples cafés se propalan y comentan las últimas noticias, que casi siempre tienen más de fantásticas que reales. En las bocacalles, retenes de asalto montan guardia para impedir alborotos y manifestaciones.

—¿Dónde puedo encontrar a Val?

Conozco a los individuos a quienes me dirijo y ellos me conocen a mí. Eduardo Val es el secretario del Comité de Defensa de la C. N. T. madrileña. Dirige la lucha de los obreros de la construcción y encabeza los grupos confederales de acción. Hombre dinámico, largo en hechos y corto en palabras, va de un lado para otro silencioso como una sombra, escabulléndose una y otra vez de la policía que hace meses sigue sus pasos. Se mueve en la clandestinidad como pez en el agua y es difícil saber dónde encontrarle en un momento determinado, aunque quienes le conocen saben que estará siempre en el sitio conveniente y preciso.

—Habla con Isabelo; él te podrá decir lo que quieras saber.

Isabelo Romero, un metalúrgico de veinticinco años, inteligente y decidido, forma parte también del Comité de Defensa. Es al mismo tiempo secretario del Comité Regional del Centro. Como el Comité Nacional está detenido y la policía clausuró hace varias semanas los locales de los sindicatos, lleva prácticamente todo el peso de la organización. Ninguno más autorizado para exponer en estos momentos la postura de la Confederación Nacional del Trabajo.

—Ya sabemos lo de Mélilla —dice en cuanto nos vemos, antes de que tenga tiempo de hacer la menor pregunta—. También sabemos que esta noche o mañana empezará el bollo en toda España. La lucha será dura, sangrienta, desesperada, pero los trabajadores vencerán.

Hijo de campesinos andaluces, nacido en la cuenca de Riotinto, Isabelo se ha forjado en la lucha y la clandestinidad. Conoce las cárceles por dentro y sabe de sindicalismo, de huelgas, de combates callejeros en defensa de las reivindicaciones obreras. Valiente, infatigable y austero, quedándose muchos días sin comer y no pocas noches sin dormir, cuenta con la confianza incondicional de sus compañeros. Aunque su nombre sea casi desconocido fuera de los medios confederales, millares -de metalúrgicos y todos los militantes de las barriadas extremas de Madrid, secundan sin la menor vacilación sus indicaciones.

— Con un poco de decisión y buena voluntad por parte de Casares —afirma—, no habría peligro de golpe militar. Le han sobrado tiempo y oportunidades para aplastar un complot que todos conocemos; pero ese tipo no ha hecho ni hará nada mientras continúe en el poder.

Tiene ideas claras y concretas sobre la situación planteada — ideas que reflejan y sintetizan las «de toda la organización confederal—, y las expone sin eufemismo ni veladuras. Desde hace meses —sostiene—, Casares realiza un juego tan peligroso que casi equivale a un suicidio.

—Es un doble chantaje en que utiliza el fantasma de la revolución social para amedrentar a las derechas y la amenaza de un golpe fascista apoyado por los militares para asustar a los trabajadores.

En el fondo, Casares no cree en ninguno de los dos peligros, pero los utiliza como contrapesos de un balancín que le permite seguir en el gobierno y hasta considerarse la única persona capaz de evitar una catástrofe nacional. Y no es lo malo que se lo haya creído hasta ayer sino que lo siga creyendo en este momento.

— Casares espera que se repita lo del 10 de agosto y le baste con una compañía de guardias de asalto. Cuando quiera darse cuenta de la realidad —si llega a dársela en algún momento—, ya resultará demasiado tarde.

La C. N. T está convencida de que las derechas lucharán estrechamente unidas y que la pelea será a muerte. También que sólo los trabajadores combatiendo heroicamente en las calles podrán impedir su triunfo. La lucha podría decidirse en pocas horas si el gobierno entregase armas al pueblo.

—Pero eso no lo hará Casares ni con el agua al cuello.

Es posible que otro jefe de gobierno —nombrado apresuradamente cuando ya está todo a punto de perderse— acceda a proporcionar armas a republicanos y socialistas.

—A la C.N. T. no se las dará nadie. Tendremos que tomarlas nosotros donde estén. Bueno —añade con una sonrisa—, ya hemos empezado a cogerlas.

Es cierto. Desde el lunes los militantes confederales están movilizados, en cualquier lugar de España los grupos de choque —armados con pistolas unas veces, con cartuchos de dinamita otras, con simples escopetas de caza en la mayoría de los pueblos— pasan las noches en vela, vigilando las carreteras, los puntos estratégicos de las ciudades y las proximidades de los cuarteles. Tienen, además, instrucciones concretas: huelga general revolucionaria como réplica inmediata a un levantamiento militar y lucha calle por calle y casa por casa con todos los medios a su alcance.

— Esperamos que la U G. T haga lo mismo y en muchos puntos está funcionando de hecho la Alianza Obrera Revolucionaria. Como en Asturias hace dos años, todos los trabajadores pelearemos ahora codo con codo.

— Lo malo —arguyo — es si la sublevación os pilla desprevenidos.

Mi interlocutor sonríe, mientras niega con repetidos movimientos de cabeza. La Confederación ha pensado en esa posibilidad y tomado las medidas oportunas para salvarla. Isabelo responde con energia, aunque, como es logico, sin dar nombres ni entrar en detalles minuciosos. La organizacion tiene enlaces dentro de los cuarteles, porque los trabajadores movilizados contintlan fieles a sus respectivos sindicatos y en estos momentos pueden serles mas útiles que nunca. En algunos sitios son tantos que, puestos de acuerdo entre si, resultan suficientes para ahogar la subversion antes de que trascienda a la calle; en otros tienen previstos medios eficaces para avisar a sus compañeros de la intentona; en algunos escapando del cuartel a tiro limpio para dar la voz de alerta a quienes aguardan fuera.

—Estamos mejor informados de lo que nadie supone —concluye— y no somos tan confiados ni tan estúpidos como Casares.

Asiento convencido. Me consta de una manera positiva que los elementos confederales ejercen una vigilancia permanente y discreta en determina dos lugares durante las veinticuatro horas del dia. También algo que pocos sospechan y tiene tanta o mayor importancia: que sus servicios de informacion funcionan con increible rapidez y eficacia. Sus muchos afiliados en los servicios de comunicaciones —teléfonos, telégrafos, ferrocarriles, etc.— explican que las noticias o los objetos — libros, manifiestos, pasquines de propaganda o pequeños paquetes de armas y explosivos— lleguen con prontitud y sin tardanza a sus puntos de destino. Respecto a las fuentes informativas, resultan mucho mas extensas, variadas y sorprendentes de lo que pueden imaginar quienes no integran los cuadros defensivos confederales. Al millon largo de cenetistas hay que sumar otro millon como minimo de simpatizantes, amigos y familiares de cualquiera de ellos, distribuidos por toda la nacion.

—Sera muy dificil que nadie dé un solo paso perjudicial o arnenazante para la organización sin que nos enteremos a tiempo.

Hablo largo rato con Isabelo y con otros compañeros que interrumpen nuestra charla para traerle noticias o recibir instrucciones. Como consecuencia, son ya más de las diez de la noche cuando llego al periódico. «La Libertad» ocupa un edificio de tres plantas en la calle de la Madera, muy cerca de la Gran Vía. En la planta superior está la redacción; en la intermedia la administración; abajo los talleres.

Las linotipias han empezado a funcionar, y tanto en la redacción como en los despachos del director y subdirector del periódico hay más animación que nunca. Están todos los que habitualmente participamos en la confección del diario e incluso muchos redactores y colaboradores que la mayoría de las noches no hacen acto de presencia, limitándose a mandar sus cuartillas o comunicar por teléfono las noticias; también abundan los amigos, casi todos políticos, ansiosos por conocer las últimas noticias.

Pero, si hay mucha gente, no parece que nadie tenga la menor prisa en escribir nada. Todo el mundo prefiere comentar y discutir los acontecimientos de la jornada y sus inevitables consecuencias. En realidad, es lo único que se puede hacer; nada de lo que se publique mañana tendrá la menor importancia, puesto que no podrá rozarse siquiera el problema fundamental del momento.

—Orden tajante de la censura: ¡ni la más pequeña alusión a Marruecos!

—¡La táctica del avestruz! ¡Como si a estas alturas el silencio sirviera de nada…!

La indignación es general entre los redactores. Casares cree, por lo visto, que con no hablar del peligro, el peligro desaparece. La radio ha seguido toda la tarde con sus programas habituales; en sus noticiarios no se ha mencionado siquiera el nombre de Melilla. Algún periódico que pretendió lanzar una edición extraordinaria tuvo que desistir ante la invasión policíaca de sus talleres. Ya que son incapaces de evitar la sublevación, los ministros están decididos a hacer cumplir a rajatabla su consigna de silenciar los hechos.

—El gobierno hace bien — sostiene Somoza Silva—. Divulgar la noticia del pronunciamiento antes de haberlo aplastado, sembraría una alarma innecesaria y peligrosa para el país.

Lázaro Somoza Silva es diputado provincial en representación de Unión Republicana y se considera obligado a aplaudir todas las medidas gubernamentales. Son varios los redactores del periódico que comparten su opinión, que no en balde la inmensa mayoría pertenece a uno u otro de los partidos que integran la coalición ahora ‘en el poder

— Habrá tiempo sobrado de hablar mañana o pasado cuando la intentona muera por consunción al ver sus promotores que no tiene repercusión alguna en la Península.

Como por la tarde en el Congreso, una mayoría de republicanos cifra su esperanza en que lo sucedido en Melilla sea un chispazo aislado que pueda apagarse con la misma facilidad y rapidez que el de Sevilla hace cuatro años. Gómez Hidalgo, que viene de hablar con Martínez Barrio y parece enterado de muchas cosas que una elemental discreción le impide revelar afirma.

— No hay que echar leña al fuego ni excitar los ánimos. Con calma y sensatez, aún puede solucionarse el problema sin dolorosos derramamientos de sangre.

Fernández Evangelista, que hace información en la Dirección General de Seguridad y aparece un momento por el periódico, comparte el optimismo de muchos. Piensa volver por el caserón de la calle de las Infantas y permanecer allí toda la noche, igual que Alejandro de la Villa, sin embargo sostiene, convencido:

—No haremos más que perder el tiempo. Desde Alonso Mallol para abajo, todo ‘el mundo tiene la plena seguridad de que no pasará nada. Por lo menos esta noche.

En el centro policiaco no existe inquietud ni nerviosismo de ninguna clase. Estan tomadas, como es logico, las necesarias medidas de precaucion; pero son las mismas de la vispera y de todos los dias desde que los asesinatos de Castillo y Calvo Sotelo elevaron la tension politica a su grado maximo.

— Quisiera compartir vuestro optimismo, pero no puedo — disiente rotundo uno de sus oyentes—. Debio hacerse inucho en estos dias y no se hizo nada para evitar que las cosas llegaran a este extremo. Temo lo peor y creo quesi el pueblo se duerme estamos perdidos.

Luis de Tapia tiene ya sesenta y cinco afios, no anda sobrado de salud y no suele trasnochar. Escribe sus coplas por la tarde en cualquier café o en el mismo Congreso, y las lleva o las manda al periodico. Por excepcion, esta noche hace acto de presencia en la redaccion con gesto preocupado. Le asustan, mucho mas que los posibles riesgos personales, advertir que la falta de resolucion y energia de sus gobernantes pone a la Republica en el mas grave de todos los trances. Durante muchos lustros —desde que publico sus primeros versos en <<El Imparcial» antes de terminar el siglo XIX— ha puesto su gracia e inteligencia al servicio de un ideal que ahora — esta noche, mafiana o pasado— eorre grave peligro de perecer.

—Si Casares no es capaz de defender la Republica, debe dejar que la defiendan los trabajadores.

Republicanode toda la vida, sin ser ni pretender en ningun momento ser otra cosa, Luis de Tapia coincide en este punto con Largo Caballero y con quienes, libertarios o comunistas, estan a la izquierda del lider de la U. G. T. Hace semanas que Caballero aboga por el armamento de las milicias socialistas y esta tarde lo ha hecho con redoblado vigor en la reunion de la Ejecutiva de su partido. Pero el posible reparto de armas a los trabajadores constituye por el momento la manzana de la discordia entre republicanos y socialistas moderados de una parte y el proletariado revolucionario de la otra.

—Armar al pueblo —arguye, asustado, Gómez Hidalgo— significaría el caos. La revolución sería la muerte de la República.

—¿Prefieres que la entierren sin lucha los militares monárquicos?

Se discute con pasión y vehemencia. Hay todavía quienes se niegan a creer que el régimen se halle en peligro de muerte. Aducen que no todos los generales son monárquicos y que incluso quienes lo son pondrán el cumplimiento de su deber y el mantenimiento de la legalidad y la disciplina por encima de sus ideales políticos. Que se haya sublevado en Melilla un tábor de Regulares o una bandera del Tercio no implica que el Ejército entero se ha de sumar a la rebelión.

— Batet y López Ochoa son republicanos —añade—, y ni el primero en Cataluña ni el segundo en Asturias dudaron un solo segundo en cumplir al pie de la letra las órdenes del gobierno de Lerroux y Gil Robles.

Igual se comportarán ahora todos los jefes militares; aunque tengan que retorcerse el corazón, harán honor a sus promesas de lealtad hacia el régimen, como hubieron de hacerlo quienes el año treinta y dos marcharon con sus tropas sobre Sevilla o se negaron a secundar a Sanjurjo.

—¡Y para qué hablar de otros, como Queipo de Llano y Cabanellas….! —concluyen con aire triunfal.

(Todo el mundo sabe que Queipo de Llano, sublevado en favor de la República el 15 de diciembre de 1930, ha sido jefe militar de la Presidencia durante todo el mandato de Alcalá Zamora. Respecto a Cabanellas, cuyos entusiasmos republicanos y antecedentes masónicos no constituyen un secreto para nadie, se recuerda una frase dirigida a Largo Caballero en los pasillos del Congreso, delante de numerosos diputados y periodistas: «Si hace falta lanzarse al campo para defender la República, cuente conmigo».)

Eduardo Haro, subdirector de «La Libertad», no se muestra muy convencido. Antiguo marino ganado por el periodismo, conoce la mentalidad de sus viejos compañeros de armas y no se forja excesivas ilusiones. Entre la oficialidad de la Armada predominan los elementos aristocráticos y monarquizantes. Para los pocos ‘de ideología republicana, el ambiente es tan hostil que una mayoría ha tenido que pedir el retiro.

— Las guarniciones marroquíes —indica — no se habrían sublevado ‘sin contar de antemano con la escuadra; de no tener el apoyo incondicional de la Marina su intentona estaría condenada a un fracaso irremediable y son los primeros en saberlo.

Contra el desaforado optimismo de algunos, es de temer que la conspiración tenga las extensas ramificaciones que se han denunciado cien veces durante las semanas precedentes sin conseguir que Casares la tomase una sola vez en serio. Para Haro será decisiva la actitud que adopten los marinos de guerra en las próximas horas.

—La Escuadra está disciplinadamente al lado del gobierno —asegura Gómez Hidalgo—, y me consta de una manera positiva. Los marinos fueron siempre ejemplo de caballerosidad y no faltarán ahora a la palabra empeñada.

Ante el marcado escepticismo de quienes le escuchan, Gómez Hidalgo, tras mirar receloso en tomo suyo como si temiera que algún enemigo de la República pudiera oír sus palabras para divulgarlas luego, ‘decide comunicarnos una noticia sensacional, no sin exigir antes la máxima discreción y reserva.

—A primera hora de la noche —asegura— ha salido de Cartagena una flotilla de destructores con rumbo a Melilla. Llegará de madrugada, y si los rebeldes no se entregan en el acto, les hará entrar en razón a cañonazos.

—¿Crees, de verdad, que los marinos bombardearán a los militares sublevados en Melilla? —pregunta Haro, dubitativo.

—¡ Naturalmente! La mejor prueba es que los barcos se han hecho a la mar en cumplimiento de las órdenes dadas por el ministro.

El argumento parece definitivo. Lo es para aquellos de sus oyentes que están convencidos de antemano de que lo sucedido en la ciudad africana es una locura de un grupo de exaltados, sin posibles repercusiones en otros puntos del país. Pero no para los demás; sobre todo para quienes recordamos los brindis pronunciados en fecha reciente al final de un banquete celebrado en Ceuta y al que asistieron numerosos marinos.

—Eso no fue más que la fantasía de una mente calenturienta — contesta Hidalgo con gesto malhumorado—. El Gobierno hizo las correspondientes averiguaciones y comprobó que no había nada de cierto en lo que se rumoreaba.

Somos varios los que seguimos sin convencernos. Entre los escépticos está el propio director del periódico. Hermosilla no ha visto, como proponía al dejar el Congreso, al general Riquelme, aunque ha logrado hablar por teléfono con él. Como es natural dadas las circunstancias, el general se mostró reservado; no obstante.

—Estaba en el Ministerio y de tener plena confianza en la escuadra me habría hablado con un poco más de optimismo.

Le conoce lo suficiente para poder interpretar sus medias palabras en un sentido que nada tiene de halagüeño para la causa republicana. Por el contrario, Antonio de Lezama, que llega en este momento a la redacción y viene del Ministerio de la Guerra, opina de manera opuesta. Admite que, en efecto, Riquelme se muestra francamente pesimista; en cambio, en las demás personas con quienes ha hablado predomina la euforia.

—La rebelión de Marruecos —afirma— está siendo ya eficazmente combatida. No sólo en tierra, donde únicamente se ha sublevado una minoría, sino desde el mar y el aire.

Ha estado con muchos amigos desde que abandonó a última hora de la tarde el palacio de las Cortes; la mayoría pertenecen a su mismo partido —Izquierda Republicana— y desempeñan carteras ministeriales o cargos de fundamental importancia en estos momentos críticos. Todos le han hablado con absoluta sinceridad y puede confirmar no sólo la salida de Cartagena con rumbo a Melilla de una parte de la escuadra, sino que la aviación leal al Gobierno no tardará muchas horas en entrar en acción, caso de que no haya entrado ya.

—A Casares no le ha sorprendido ni alarmado lo de Melilla. Cuando se lo dijeron se echó a reír y contestó en tono burlón. «¿Dicen ustedes que se han levantado los militares? ¡Pues yo me voy a acostar tranquilamente!»

La frase, claro está, constituye una broma del jefe del Gobierno; pero, también, el mejor indicio de su tranquilidad y de la confianza absoluta en que no pasará nada que ponga en verdadero peligro al régimen. Esto, que es lo fundamental, se lo han ratificado entre otros amigos Augusto Barcia y Marcelino Domingo, con quienes acaba de charlar en plan confidencial. ’

—Es desagradable y triste lo sucedido en Melilla —concluye —, pero es lo menos que podía pasar dada la tensión reinante. Porque, aunque otra cosa piensen algunos, lo ocurrido no es el comienzo de una sublevación general, sino el aborto de una conjura y el paladino reconocimiento de su fracaso.

— Pero las repercusiones…

— No habrá repercusión alguna en la Península. El Gobierno tiene en este punto concreto una seguridad absoluta. Las severas medidas de precaución tomadas han hecho desistir a los comprometidos. Los de Marruecos tendrán que darse por vencidos cuando comprueben que se han quedado solos.

Algunos de sus oyentes asienten complacidos y satisfechos; otros, en cambio, persistimos en nuestra desconfianza. Hermosilla quisiera creer lo que dice Lezama, pero no puede, escarmentado por la completa ineficacia de Casares durante las semanas precedentes; igual exactamente le sucede a Luis de Tapia. Haro, por su parte, duda mucho de que la marina de guerra se enfrente con los sublevados. Por mi parte, yo estoy convencido de que la lucha iniciada será larga y sangrienta.

—Bueno —masculla Lezama, disgustado y molesto—. Por lo menos no podréis negarme que son las doce de la noche y todavía no ha repercutido en ningún lugar de la Península el alzamiento de Melilla.

Tiene razón en este punto concreto. Marruecos sigue incomunicado y debe seguirse luchando en diversos lugares con mayor o menor encarnizamiento, pero es el único sitio en que hasta ahora se lucha. Muchas horas después de haber comenzado la sublevación melillense, la normalidad no se ha alterado en todo el territorio peninsular Cada poco rato los informadores destacados en la Dirección General de Seguridad aseguran que no pasa nada. Al mismo tiempo van celebrándose en la forma acostumbrada las habituales conferencias con los diversos corresponsales en provincias y ninguno denuncia —¡todavía!— la menor perturbación del orden público.

En Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y Bilbao circulan los mismos rumores que en Madrid y existe parecido nerviosismo. Sin embargo, ni los soldados han salido a la calle ni en parte alguna se ha intentado siquiera declarar el estado de guerra. Las autoridades gubernativas desempeñan sus funciones exactamente igual que la víspera y los numerosos bulos que se lanzan a cada momento no tardan en ser desmentidos rotundamente.

—Está bien. Reconozcamos que en este diecisiete de julio no se han sublevado más que algunas guarniciones marroquíes. Pero ¿qué ocurrirá en el diía dieciocho, que comienza en estos momentos?

— Que los sublevados tendrán que rendirse — afirma Gómez Hidalgo, convencido y seguro.

Continuará